Bancarrota del Estado y Europa como contexto, de Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes.

Si hay un libro que el blog ¿Hay Derecho? esté obligado a comentar es, sin duda, el citado en el título del post. Aunque sólo fuese porque bajo la atenta e ilustrada lupa de los autores desfilan muchos de los temas que durante el último año hemos venido tratando aquí gracias al esfuerzo de nuestros colaboradores: el despilfarro público, la desorganización territorial, la irresponsabilidad fiscal, las cajas de ahorro, los aeropuertos, la energía, el urbanismo, etc.

Pero el que hoy lo traigamos a colación no se debe únicamente a que nos preocupen las mismas cosas (¿a qué inconsciente no le preocupan hoy en España?), ni siquiera al rigor y detalle que se utiliza para analizarlas y mostrarlas al lector con toda su crudeza, sino, especialmente, al sabio hilo conductor en relación al cual se contextualizan y explican. Un hilo que desde las primeras páginas amenaza con perturbar el escaso equilibrio interior que a estas alturas del incipiente siglo haya podido conservar el lector, provocándole la más profunda melancolía, pero que culmina de manera muy diferente, como deben hacer los grandes libros: señalando al menos una puerta por la que, si nosotros queremos, podríamos encontrar algo de esperanza.

Efectivamente, en su introducción los autores nos demuestran lo pertinaz que ha sido el endeudamiento desmadrado a lo largo de nuestra historia, y cómo se pretende salir siempre del paso de la misma manera irresponsable. No sólo es que las clases pudientes prefieren dar prestado a la comunidad antes de pagar impuestos para contribuir a las necesidades colectivas (lo que resulta bastante lógico, ya que al margen de aspirar a que le devuelvan el dinero el acreedor siempre tiene más recursos para influir en el gobierno que el contribuyente), es que para el político le resulta mucho más cómodo endeudar al Estado que subir los impuestos, pese a que es bastante más peligroso e injusto desde todo punto de vista, incluido el generacional. El resultado es una larga historia de desequilibrio presupuestario crónico y bancarrotas periódicas.

Pero, con todo, eso casi no es lo peor. Lo peor es constatar cómo los políticos pretenden reaccionar siempre de la misma manera ante la inminencia del desastre que ellos mismos han causado: malvendiendo el patrimonio o apaciguando a los acreedores a costa del interés general. Desde la venta de cargos públicos y la desamortización de tierras a precios irrisorios por motivos presupuestarios (y no precisamente para mejorar su gestión) hasta los intentos de venta de loterías y AENA, hay que reconocer que no hay nada nuevo bajo el sol. Pero tampoco es nuevo la forma en que los acreedores, podríamos llamarles «sofisticados» o «significativos», se aprovechan de la situación en su particular beneficio. Entonces eran los Rothschild, los Péreire, los Guilhou, que sacaron buenas tajadas del patrimonio español, en las minas, en los bancos o en los ferrocarriles. Ahora son los que al informado lector le vengan en este momento a la cabeza. Con la particularidad de que en la actualidad no es sólo el Estado el que incurre en estos vicios, sino todas nuestras variadas administraciones territoriales, las mismas que gracias al boom inmobiliario, esa «gallina de los huevos de cemento», se creían invulnerables.

Efectivamente, no sólo incurrimos en los mismos vicios, como si la historia no nos hubiese enseñado nada, sino que lo hacemos, como diría Les Luthiers, apasionadamente, con loco ardor, sin pararnos en barras. Pero lo que suele traer el apasionamiento es que resulta muy gratificante mientras se padece, aunque luego de dolor… normalmente a otros. Los autores explican detalladamente cómo en esta venta de servicios públicos para obtener dinero, que no para mejorar su gestión, hay muchos que pagan las consecuencias -la mayoría de los ciudadanos- y unos pocos que obtienen extraordinarios beneficios, entre ellos más de un gestor público.

Un factor determinante que ha contribuido hoy a agravar la situación es nuestro marco normativo de organización territorial, que tiende a fomentar la ineficiencia y la irresponsabilidad fiscal. Los autores analizan sus carencias y apuntan soluciones, entre las que destaca la propuesta de una reorganización compleja y ambiciosa de nuestra estructura autonómica. Por esta vía se enlaza de manera natural con la parte final del libro: el nuevo escenario europeo.

Resulta sorprendente comprobar cómo muchos de los problemas que afronta hoy Europa nos suenan a los españoles tan a conocido. Puede que por eso mismo los entendamos tan bien. Es cierto que si nos suenan tanto es porque lamentablemente nos los hemos creados solitos, en apenas un plazo de décadas, a diferencia del origen secular de los problemas europeos, pero una cosa no quita la otra. Quizá por padecerlos doblemente intuimos mejor que nadie la única vía de solución, que pasa necesariamente por asumir un nuevo concepto de soberanía, a la vez compartida y unitaria, abandonando definitivamente los clichés nacionales. En apenas treinta páginas los autores desgranan el diagnóstico y la solución. Y es entonces cuando comprendemos que la fortísima crisis que estamos pasando, tanto a nivel nacional como continental, no nos condena necesariamente a la desesperanza, sino que más bien puede ser una oportunidad, siempre que nosotros queramos, eso sí. Otros países que hoy son grandes pasaron por momentos peores y aprendieron de ellos. Al final resulta relativamente esperanzador constatar que no hay nada escrito, que las cosas siempre dependen de uno mismo y que el desastre absoluto no es inevitable. Una vez aprendida la lección, cada uno debe preguntarse qué puede hacer para ayudar. Lo que han hecho Francisco Sosa y Mercedes Fuertes es, desde luego, escribir un magnífico libro.

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