Humillados y ofendidos (7 pasos para evitar partir España)

En su famosa novela “Humillados y ofendidos”, Fiódor Dostoyevski expone la trágica situación de unos personajes que, pese a la penosa injusticia de que la sociedad les hace acreedores, resisten los embates de la vida con amor, pacifismo y admirable sacrificio. Muchos pensarán que ésta pretende ser una analogía con el llamado poble català, pero no: los que nos sentimos humillados y ofendidos somos los españoles, no a causa de los catalanes, sino del movimiento independentista y, muy especialmente, del Govern, su principal instigador, y, en segunda instancia (aquí el orden es muy importante), del Gobierno, su cómplice por omisión.

Seamos claros: España es una nación envidiada por la enorme mayoría de países del mundo. En casi todos los sentidos. Aquí no hay represión, dictadura, odio, ni una conspiración política para cargar sobre Cataluña el peso del sistema fiscal. Al contrario, éste es un país con una democracia bien consolidada y una sociedad enormemente tolerante con la diversidad. Hasta tal punto es tolerante, de hecho, que ha acabado albergando un movimiento que desafía frontalmente todos sus valores democráticos.

El independentismo es un movimiento excluyente, de tintes totalitarios, xenófobos y fascistas, que promueve el odio y la desigualdad (negativa) de los españoles ante la ley. Y, pese al ruido, la intolerancia y la radicalidad de sus representantes, no hay que olvidar que es, sobre todo, minoritario. Tanto en Cataluña como, por supuesto, en España.

Aun detestando las mentiras que el Govern ha vertido en la sociedad catalana, la manifiesta injusticia y traición de su deriva y la situación de riesgo y crisis que ha provocado, y ante la pasividad del Gobierno funcionarial español, los Editores de Hay Derecho Joven hemos decidido escribir este artículo juntos.

Como descartamos la violencia y creemos en la política como vía de solución, tras las que ya son muchas horas de vivas charlas debatiendo sobre este asunto, hemos convenido en que el problema español -no es sólo un asunto catalán- pudiera solventarse satisfactoriamente llevando a cabo los siguientes 7 pasos:

1.- Restauración del orden constitucional. Lo primero, y de forma inmediata. Hay ciertos sectores (con Puigdemont e Iglesias a la cabeza) que pretenden que haya una suerte de mediación entre España y Cataluña. Nuestra opinión al respecto es rotunda: no es el momento de mediación alguna. No caigamos en buenismos injustos y contraproducentes: España es un Estado Social y Democrático de Derecho que ya dispone de instrumentos e instituciones válidas para dialogar. Principalmente, el Parlamento autonómico y el Congreso.

Además, en España no hay ningún conflicto pre-bélico entre dos países que necesite mediación internacional. Lo que hay es un gobierno autonómico que ha vulnerado la Constitución y su propia normativa autonómica (Estatuto de Autonomía y Reglamento del Parlament), e incluso su propia -ilegal- Ley del Referéndum.

Por ello, el único objetivo ahora debe ser el restablecimiento del orden constitucional. Solamente una vez se vuelva a la senda constitucional en Cataluña y se celebren elecciones, se podrá negociar.

Y  el orden constitucional se consigue restablecer empleando todos y cada uno de los medios legal y constitucionalmente previstos (con carácter urgente cabe aplicar el artículo 155 de la Constitución y hacerse con el control de los mossos), incluido, si es preciso (y pese a que lo descartemos y a lo mucho que tratemos de evitarlo), el uso de la fuerza con la intensidad y proporcionalidad que las circunstancias requieran en cada caso y, en el hipotético caso (que esperamos nunca se llegue a producir) de que éstas se vieran superadas en su labor, las fuerzas armadas deberían cumplir su papel constitucional (art. 8 CE). Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado son los únicos legitimados en un Estado democrático para el uso de la fuerza, y a ella se tendrá que recurrir de forma proporcionada cuando se cometa un delito y éste no cese de forma pacífica.

2.- Castigo. Consecuencia directa de lo anterior es que el comportamiento de aquéllos que se alzan en contra de las leyes (incluso de las que ellos mismos han aprobado) y de la Constitución no debe quedar impune.

Quien desobedece los pronunciamientos del Poder Judicial, desafía al Estado de Derecho y a la democracia; arroja a sus ciudadanos a dar la cara por una causa ilegal; y obliga al Estado a intervenir con carácter marcadamente excepcional, ha de ser sancionado.

No se trata de venganza, ni de odio ni de fascismo: se trata, ni más ni menos, que de nuestra más elemental obligación de actuar en contra de los que sólo pueden ser calificados como “golpistas”. Todo acto contrario al ordenamiento jurídico debe tener consecuencias para el infractor, por severas que éstas sean. Dura lex sed lex.

Los responsables de la Generalitat (y muchos otros) han cometido de forma flagrante y a sabiendas delitos tipificados en el Código Penal con castigos muy severos, por lo que, de igual modo que queremos y debemos castigar la corrupción, un robo o un asesinato, los actos de sedición (o, en su caso, de rebelión) deben ser castigados con las penas legalmente previstas. En este sentido, es preciso tener en cuenta que ya no hay tiempo para recular e irse de rositas. Muchos ciudadanos (entre los que nos incluimos) quedarían profundamente defraudados si, por alguna sibilina estrategia política, los responsables del actual golpe de Estado consiguieran finalmente eludir su responsabilidad, cosa que, a raíz del discurso del miércoles de Puigdemont, podemos intuir que precisamente se está intentando a través de una campaña de blanqueamiento de los dirigentes de la Generalitat.

La impunidad crearía un precedente inasumible para nuestra democracia. Esperamos que la Fiscalía y los Tribunales (no olvidemos que son los que tienen la última palabra al respecto) hagan su legítimo trabajo.

3.- Elecciones autonómicas. Tras el restablecimiento del orden constitucional, corresponde convocar elecciones autonómicas, tras un periodo de sosiego para tratar de rebajar los caldeados ánimos de la sociedad catalana, con el fin de que ésta elija a sus nuevos interlocutores y pase factura -o no- a los actuales partidos.

Es preciso recordar a aquél que cree ser la voz del poble de Catalunya que los partidos independentistas no lograron ni la mitad de los votos de representación en el Parlament en las anteriores elecciones “plebiscitarias”, y ello pese a tener todo a favor.

Quizás es precisamente ese miedo a fracasar de nuevo, y no otro, la razón por la que Puigdemont no se atreve a convocar nuevas elecciones autonómicas, y es que en muchas ocasiones los pareceres de la mayoría de los votantes de un determinado lugar no coinciden con los de los manifestantes, por muy numerosos e insistentes que éstos sean.

4.- Elecciones generales: La crisis catalana, la mayor desde la restauración de la democracia en nuestro país, está golpeando con crudeza al conjunto de la sociedad española. Por ello, una vez se imponga cierto orden y estabilidad sobre la misma, igual que hiciera De Gaulle tras abordar los hechos revolucionarios de Mayo del 68, es necesario realizar una convocatoria de elecciones generales, que, al igual que en el caso catalán, genere nuevos protagonistas, capaces de ofrecer soluciones constructivas y de probarse a la altura de la situación, a la vez que castigue -o premie- el papel que han desempeñado los partidos y líderes actuales en el asunto catalán ya que, consideramos, muchos no han sido capaces de comprender el momento histórico en el que nos encontramos, primando el tacticismo electoral, en lugar de fomentar la unión de las fuerzas constitucionalistas.

5.- Diálogo con nuevos protagonistas. Como hemos tratado de señalar, estamos de acuerdo en que hay ciertas desafecciones en Cataluña, muchas de las cuales tienen que ver con la forma en la que el Gobierno central “ha vendido” España allí, pero también existen otras reivindicaciones que pueden ser debatidas. Dialogar sí, pero dentro de la Constitución y con otras personas, no con las que nos han llevado hasta aquí.

6.- Construcción de un nuevo relato. Esta fase, aunque la ponemos en sexto lugar porque será en este momento en el que deba ponerse sobre la mesa, debemos emprenderla de forma inmediata y paralela. Llevamos 40 años de retraso y de complejos. Interpelamos, pues, a todos los ciudadanos a hacer pedagogía de España y a los políticos a hacer política, entendida ésta, como decía Piqué durante la presentación de su libro esta semana, como seducción democrática.

Como avanzábamos, el victimismo catalán no ha sido contestado por el Estado español y ello es en gran parte causa del agravamiento de nuestra situación actual. Debemos comenzar de manera urgente a atraer a todos aquellos catalanes que, probablemente con mucha razón (y de la misma forma que nos ha ocurrido a muchos en España), a día de hoy no se sienten representados por el actual proyecto español que, les parece, ha perdido atractivo y sentido.

La clave aquí está en darse cuenta de que el potencial de España es, a todos los niveles, enorme y que no se trata en absoluto de una batalla perdida, sino de todo lo contrario.

7.- Reforma constitucional. Sí, pero para todos los españoles, no sólo con la ocasión y el objeto de contentar (únicamente) a los insurgentes o a los partidos oportunistas que tengan a bien adueñarse de la leña del árbol caído. Y todo ello por una sencilla razón: porque nosotros, sí, los constitucionalistas, lo pedimos primero.

La sociedad española lleva años pidiendo actualizar el marco constitucional a fin de dar cabida a la nueva realidad y a las nuevas demandas de los ciudadanos, no sólo a nivel territorial (el famoso Título VIII), sino también en materia de regeneración democrática (supresión de aforamientos e indultos, incorporación de derechos sociales, independencia judicial y muchas más). De modo que no consentimos que nos adelanten por la derecha (¿o la izquierda?) quienes nos han insultado y desafiado y quienes han arrastrado al país hacia el odio y la división. Además, ignorar este punto acrecentaría en algunos la sensación, tal vez silenciosa pero irritante, de que existen españoles de primera, más rebeldes, que deben ser contentados por los españoles de segunda, más discretos.

Una vez restablecido el orden y disponiendo ya de nuevos actores capaces de contrarrestar el sesgado, manipulado y fascistoide cuento independentista por medio de un nuevo relato y, sobre todo, de un proyecto ilusionante y moderno en el que tenga cabida la gran mayoría de los españoles, entonces la sociedad española estará dispuesta y preparada para reformar la Constitución.

En definitiva, la deslealtad de los golpistas ha demostrado definitivamente que tratar de apaciguar las interminables exigencias del independentismo con “perfil bajo” y concesiones, lejos de contribuir a acercar posturas, sólo acrecienta esa absurda sensación de culpabilidad por parte del Estado.

La atrocidad que estos golpistas han llevado a cabo nos brinda la oportunidad de, reforzados por la legitimidad que respalda a quien reclama la aplicación de la Ley democrática, asumir la iniciativa sin complejos. En este asunto sólo hay unos humillados y ofendidos: 46 millones de españoles.

Pausa, silenci i equanimitat: una petició des de Catalunya. Pausa, silencio y ecuanimidad: una petición desde Cataluña

Equànim: 1) Que obra amb rectitud, justícia e imparcialitat o està dotat d’aquestes.

  1. [persona] Que no sol deixar-se portar per la passió”

(RAE, 2014)

 

“El silenci no és l’absència de soroll sinó d’ego”

(Xavier Melloni)

 

Difícil es poder veure amb claredat en moments com els que vivim ara a Catalunya. Per als que no desitgin seguir el fil de l’argumentació que desenvoluparé en les properes línies, només els hi caldria contemplar aquesta senzilla proposta: a tots els que residim a Catalunya i a la resta d’Espanya ens demano, des d’avui, aturar-nos una estona al dia per a guardar silenci i esperar a que amainin les passions que ens han conduit a aquest escenari. La fórmula també els hi pot servir als dirigents dels principals partits polítics que ens han governatdes de la Transició i als que la governen o aspiren a fer-ho. Si tenen curiositat, els convido a acompanyar-me en la justificació de la meva proposta.

Es podria dir que els humans ens conduïm, originàriament, amb la finalitat última de sobreviure però no de viure bé. Així es pot explicar que sigui tan difícil sostreure’s de l’empenta de les emocions bàsiques (por, ràbia, alegria i tristesa). En la nostra relació amb el mitjà extern i intern, les emocions faciliten l’encès d’unes accions, activades de forma immediata, irreflexiva i peremptòria, sent llur finalitat buscar el plaer i evitar el dolor per a, en darrer termini, garantir la nostra supervivència. Els esquemes mentals amb els que valorem la realitat es van construint a poc a poc, partint de l’aprenentatge dels resultats de les nostres accions, de la informació ràpida que ens aporten les emocions i de la que procedeix del nostre entorn cultural, de la família a l’escola, fins arribar a grups cada cop més amples. Al nostre temps, cal afegir també la informació i opinions oferides pels mitjans de comunicació i les xarxes socials a l’hora de construir la  nostra visió del “món”. Les reaccions immediates, per tant, siguin verbals o no, solen ser automàtiques. La resposta meditada té lloc, i no sempre ho fa, en segon lloc.

D’altra banda, donat que els humans naixem, vivim i morim en societat, necessitem, per a no perir, l’aliança amb els altres. Formant part d’unitats simbòliques majors que el nostre cos, s’amplia, el seu perímetre de defensa i augmenten les garanties de proveïmentde les necessitats bàsiques. Així, l’”ego”, el terme “jo” que fem servir en el llenguatge ordinari, es veu reforçat per la pertinença a un “nosaltres” que, en algunes cultures, és encara més important que el primer. Es pot explicar, així, la tendència automàtica, irreflexiva, a evitar les discrepàncies amb els semblants, la defensa ferma de les pròpies conviccions i de les insígnies de cada grup (ètnia, territori, religió, llengua i bandera), la maximització dels defectes dels altres i la minimització dels propis, la necessitat de comunió amb altres com jo i la denigració o eliminació dels potencials adversaris que amenacen la pervivència del grup. Les emocions bàsiques s’activen, també, en aquest cas, en benefici de la supervivència de la horda. Ràbia i por s’activen davant l’amenaça (real o imaginària) a la mateixa. Alegria, quan ens sentim part del grup, tristesa quan s’experimenta la pèrdua. La il·lusió de supervivència individual i de grups’oculta també als somnis utòpics i en els d’immortalitat.

Els fenòmens d’adhesió grupal incondicional, en línia amb el plantejat des d’una perspectiva psico-biològica per Adolf Tobeña, en el seu recent llibre “La pasiónsecesionista”, prenen la forma d’un enamorament, Es produeix, doncs, una revolució dels afectes que comporta un biaix atencional. Ortega i Gasset descrivia l’enamorament com una “malaltia de l’atenció”. Podríem dir, més aviat, que es tracta d’un estretament del camp atencional que implica la suspensió del judici distanciat i l’activació del entusiasme afectiu necessari per a la fusió amb el grup. No es tracta, no obstant això, d’un fenomen patològic, malgrat l’expressió emprada per Ortega, sinó propi de la nostra naturalesa. La història ens ha permès constatar-lo. Els moviments totalitaris, gràcies al control de l’educació i al ús sistemàtic de la propaganda, permeten els conductors de masses, un cop agitat el còctel emocional abans descrit, comptar amb l’adhesió infrangible dels seus apassionants creients. En línia amb el que s’ha descrit sobre els fenòmens grupals, els principis fonamentals que s’activen en tots els “ismes” són: 1) exaltació del que és propi com a òptim, sense taca; 2) denigració i, si cal, eliminació del grup que s’oposa a l’auto-afirmació; i, 3) fe cega en els herois immaculats disposat a guiar el grup darrera la seva salvació immediata i remota.

Podem afegir, també, que, per defecte, els éssers humans tenim la tendència a la denominada auto-referencialitat que té a veure amb donar be “normal” o “natural” el que sanciona l’hàbit de pensar, sentir i actuar de cada individu i de cada grup. Per dir-ho d’alguna manera, emocional i cognitivament a considerar-nos el centre de l’Univers. Fer explícites i qüestionar les narratives implícites de cada persona és un dels exercicis que pretenia Sòcrates quan feia referència a la “mayèutica” com a mètode d’auto-coneixement. El que és habitual, malgrat això, és moure’s en aquesta narrativa donant-la per bona i sense posar-la en qüestió.

L’avidesa o anhel de que tot sigui a la nostra mesura i ens pertanyi també ens caracteritza. Al llarg de la vida, el reclam ““I wantit all, I wantitnow” (“Ho vull tot, ho vull ara”) va trobant-se amb els diferents límits que la realitat ens imposa. No es pot satisfer tot el que anhelem. Els límits provenen, entre d’altres, dels nostres cossos, de la complexitat de la convivència amb els altres, de les circumstàncies socials i econòmiques en que vivim, de la moralitat i de la legalitat vigent. La gestació al llarg de la història del binomi drets-deures té a veure, amb la concreció d’aquests límits en diverses societats. En l’Estat de Dret, el marc legal, signat pels ciutadans, defineix aquest binomi i regula què es pot o no fer i de què manera, establint un equilibri de poders que permet eludir la tirania, la oligarquia o la anarquia. Quan Freud parla del “malestar en la cultura”, apunta que no és del gust d’aquestes poderoses tendències naturals descrites abans, acceptar aquests límits,emperò, és el preu que cal pagar per a que sigui possible la convivència.

¿Hi ha doncs marge per l’optimisme? La bona notícia és que en la nostra naturalesa també contem amb recursos que permeten trascendir la necessitat cega del món passional, el biaix egoic del nostre ésser i la nostra ambició d’aconseguir sense límits tot el que desitgem. Diverses tradicions de pensament i espiritualitat en Orient i Occident ofereixen propostes per a no caure en l’estretor i opacitat a la que ens condueixen aquestes potents forces gravitatòries. La notícia, no tan bona, és que superar aquestes tendències exigeix un esforç continu i que els seus fruits no són immediats.

Per a no deixar-se arrossegar pels automatismes descrits abans cal, primerament, aturar-se i guardar silenci. Si mantenim aquesta pràctica, podrem començar a escoltar, al nostre interior, el intens soroll de les emocions i dels pensaments automàtics així com contemplar les accions a les que ens mouen i les seves conseqüències. Ens adonarem també de com la majoria dels nostres hàbits aspiren a la defensa d’aquest ego (restringit o ampliat) del que parlaven. I que defensar-lo a ultrança, ignorant els límits que la realitat i els altres ens imposen, en lloc d’apropar els éssers humans, els allunya. Quan  minva el fervor emocional i l’ego queda posat entre parèntesi, el cos començar a estar més tranquil i la visió interior es fa més clara, la qual cosa permet arribar, d’alguna manera, a l’equanimitat. Aquesta es pot definir com “ànims o esperit equilibrat”. Es tracta d’un estat, contraposat al que els grecs anomenaven “hybris” o desmesura que facilita l’amplitud de perspectiva i la resposta pausada. Els altres ja no són els meus planetes o satèl·lits sinó altres com jo, amb similars misèries i grandeses. El que dono per “bo” o “dolent” pot no ser-ho. Amb aquest canvi perceptiu i emocional és més fàcil discernir de forma pausada quina és l’acció més justa i prudent.

En línia amb tot l’anterior, crec que és possible plantejar una apropament diferent a la situació actual en Catalunya. Per això, no cal sortir al carrer a clamar en favor del grup, a proclamar unes identitats i a demonitzar d’altres. La petició que faig en aquest escrit es dirigeix als que ens governen i a totes i cadascuna de les persones que vivim tan a Catalunya com a la resta d’Espanya. Des d’avui mateix, dediquem-nos una estona al dia a aturar-nos i guardar silenci. Potser així podrem trobar certa equanimitat per a valorar possibles sortides a la situació actual. Contemplat amb certa distància, el que cada persona diu ser, la “identitat” és, en gran mesura, fruit de circumstàncies atzaroses com poden ser el lloc de naixement, la família on naixem i creixem o la llengua i cultura en la que ens criem. Idolatrar identitats només reporta desunió, com la història de la Humanitat ens ha demostrat repetidament.

Alcem bandera blanca i comencem de nou. Escoltem-nos els uns als altres havent aprés, prèviament, a guardar silenci i a governar les nostres emocions. És la condició prèvia per a que puguem posar-nos d’acord a l’hora de dissenyar, entre tots, un marc de convivència integrador, just i solidari on imperi l’Estat de Dret i que ens permeti viure bé, no merament sobreviure al preu que sigui.

 

Pausa, silencio y ecuanimidad: una petición desde Cataluña

 

Ecuánime: 1) Que obra con rectitud, justicia e imparcialidad o está dotado de ellas

  1. [persona] Que no suele dejarse llevar por la pasión”

(RAE, 2014)

 

“El silencio no es la ausencia de ruido sino de ego”

(Xavier Melloni)

 

Difícil es poder ver con claridad en momentos como los que vivimos ahora en CataluñaPara quienes no deseen seguir el hilo de la argumentación que desarrollo en las próximas líneas, baste considerar esta sencilla propuesta: a todos los que residimos en Cataluña y en el resto de España, nos pido, desde hoy, detenernos un rato a diario para guardar silencio y esperar a que amainen las pasiones que nos han conducido a este escenario. La fórmula también puede servirles a los dirigentes de los principales partidos que nos han gobernado desde la Transición y a quienes la gobiernan o aspiran a hacerlo. Si les puede la curiosidad, les invito a acompañarme en la justificación de mi propuesta.

Podríamos decir que los humanos nos conducimos, originariamente, con la finalidad última de sobrevivir pero no de vivir bien. Así,puede explicarse que sea tan difícil sustraerse al empuje de las emociones básicas (miedo, rabia, alegría y tristeza). En nuestra relación con el medio interno y externo, las emociones facilitan el encendido de unas acciones, activadas de forma inmediata, irreflexiva, perentoria, cuya finalidad es buscar el placer y evitar el dolor para, en último término, garantizar nuestra supervivencia. Los esquemas mentales con los que aprehendemos la realidad se van construyendo paulatinamente partiendo del aprendizaje de los resultados de nuestras acciones, de la información rápida que nos aportan las emociones y de la que procede de nuestro entorno cultural, de la familia a la escuela, hasta llegar a grupos personales cada vez más amplios. En nuestro tiempo, cabe añadir también la contribución del magma de información y de opiniones vertidas por los medios de comunicación ylas redes sociales a la hora de construir nuestra visión del “mundo”. Las reacciones inmediatas, por tanto, sean verbales o no, suelen ser automáticas. La respuesta meditada ocurre, y no siempre lo hace, en segundo lugar.

Por otra parte, dado que los humanos nacemos, vivimos y morimos en sociedad, necesitamos, para no perecer, no sólo la auto-defensa sino la alianza con los otros. Formando parte de unidades simbólicas mayores que nuestro cuerpo se amplía, por decirlo así, su perímetro de defensa y aumentan las garantías de abastecimiento de necesidades básicas. Así, el “ego”, el término “yo” que empleamos en el lenguaje ordinario, se ve reforzado por la pertenencia a un “nosotros” que, en algunas culturas, es incluso más importante que el primero. Se puede explicar, así, la tendencia automática, irreflexiva, a evitar las discrepancias con los semejantes, la defensa a ultranza de las propias convicciones y de las insignias de cada grupo (etnia, territorio, religión, lengua y bandera), la maximización de los defectos ajenos y la minimización de los propios, la necesidad de comunión con otros como yo, y la denigración o eliminación de los potenciales adversarios que amenazan la pervivencia del grupo. Las emociones básicas se activan también en este caso en beneficio de la supervivencia de la horda. Rabia y miedo se activan ante la amenaza (real o imaginaria) ala misma. Alegría, cuando nos sentimos parte de ella, tristeza, cuando se experimenta la pérdida.La ilusión de supervivencia individual y grupal anda también oculta en los sueños utópicos y en los de inmortalidad.

Los fenómenos de adhesión grupal incondicional, en línea con lo planteado desde una perspectiva psico-biológica por Adolf Tobeña en su reciente libro “La pasión secesionista”, toman la forma de un enamoramiento. Se produce, entonces, una revolución de los afectos que comporta un sesgo atencional. No en vano, Ortega y Gasset describía el enamoramiento como una “enfermedad de la atención”. Podríamos hablar, más bien,de un estrechamiento del campo atencional que implica la suspensión del juicio distanciado y la activación del entusiasmo afectivo necesario para la fusión con el grupo. No se trata, aún así, de un fenómeno patológico, pese a la expresión empleada por Ortega, sino propio de nuestra naturaleza. La historia nos ha permitido constatarlo. Los movimientos totalitarios, merced al control de la educación y al uso sistemático de la propaganda, permiten a los conductores de masas, una vez agitado el cóctel emocional antes descrito, contar con la adhesión inquebrantable de sus apasionados creyentes. En línea con lo descrito sobre los fenómenos grupales, los principios fundamentales que se activan en todos los “ismos” son: 1) exaltación de lo propio como lo óptimo, sin tacha; 2)denigración y, si es precisa,eliminación del grupo que se opone a la auto-afirmación; y, 3) fe ciega en los héroes inmaculados dispuestos a guiar al grupo en pos de su salvación inmediata y remota.

Podemos añadir, también, que, por defecto, los seres humanos tendemos a la denominada auto-referencialidad, que tiene que ver con dar por “normal” o “natural” lo que sanciona el hábito de pensar, sentir y actuar de cada individuo o de cada grupo. Tendemos, por decirlo así, emocional y cognitivamente a considerarnos el centro del Universo. Hacer explícitas y cuestionar las narrativas implícitas de cada ser humano y de los grupos de los que formamos parte y con los que nos identificamos, es uno de los ejercicios que pretendía Sócrates cuando hacía referencia a la “mayéutica” como método de auto-conocimiento. Lo habitual, sin embargo, es que nos movamos en esa narrativa dándola por buena y sin ponerla en cuestión.

La avidez o anhelo de que todo sea a nuestra medida y nos pertenezca, también nos caracteriza.A lo largo de la vida, el reclamo “I want it all, I want it now” (“Lo quiero todo, lo quiero ahora”) va topándose con los diferentes límites que la realidad nos impone. No se puede satisfacer todo lo que anhelamos. Los límites provienen, entre otros,de nuestros cuerpos, de la complejidad de la convivencia con los otros, de las circunstancias sociales y económicas en las que vivimos, de la moralidad y de la legalidad vigente. La gestación a lo largo de la historia del binomio derechos-deberes tiene que ver, de alguna manera, con la concreción de esos límites en las distintas sociedades. En el Estado de Derecho, el marco legal, suscrito por los ciudadanos, define ese binomio y regula qué se puede o no hacer y de qué manera, estableciendo un equilibrio de poderes que permite eludir la tiranía, la oligarquía o la anarquía. Cuando Freud habladel “malestar en la cultura”, apunta a que no es plato de gusto, para todas esas poderosas tendencias naturales antes descritas, aceptar esos límites, pero es el precio que hay que pagar para que sea posible la convivencia.

¿Cabe entonces algún margen para el optimismo? La buena noticia es que en nuestra naturaleza también contamos con resortes que permiten trascender la necesidad ciega del mundo pasional, el sesgo egoico de nuestro ser y nuestra ambición de alcanzar sin límites todo lo que deseamos. Distintas tradiciones de pensamiento y espiritualidad en Oriente y Occidente ofrecen propuestas para no caer en la estrechez y opacidad a la que nos arrastran esas potentes fuerzas gravitatorias. La noticia no tan halagüeña es que superar esas tendencias exige un esfuerzo continuado y que sus frutos no son inmediatos.

Para no dejarse llevar por los automatismos antes descritos, hace falta, primeramente, detenerse y guardar silencio. Si mantenemos esa práctica, podremos comenzar a escuchar, en nuestro interior, el ruido intenso de las emociones y delos pensamientos automáticos y contemplar tanto las acciones a las que nos impelen como sus consecuencias. Nos daremos cuenta también de cómo la mayoría de nuestros hábitos aspiran a la defensa de ese ego (restringido o ampliado) del que hablábamos. Y que defenderlo a ultranza, ignorando los límites que la realidad y los otros nos imponen, lejos de acercar a los seres humanos, les desune.Cuando mengua el fervor emocional y el ego queda puesto entre paréntesis, el cuerpo comienza a sosegarse y la visión interior se hace más clara, lo que permite alcanzar, en cierta medida, la ecuanimidad. Ésta puede definirse, etimológicamente, como “ánimo o espíritu equilibrado”. Se trata de un estado, contrapuesto al que los griegos denominaban “hybris” o desmesura que facilitala amplitud de perspectiva y la respuesta pausada. Los otros ya no son mis planetas o satélites sino otros como yo, con similares miserias y grandezas.  Lo que doy por “bueno” o “malo” puede no serlo. De ahí que, en esas condiciones, sea más fácil discernir de forma sosegada cuál es la acción más justa y prudente.

En línea con todo lo anterior, creo que es posible plantear un acercamiento diferente a la situación actual en Cataluña. Para ello, no hace falta salir a la calle a clamar a favor del grupo, a proclamar unas identidades y a demonizar otras. La petición que hago en este escrito se dirige no sólo a quienes nos gobiernan sino a todas y cada una de las personas que vivimos en Cataluña y en el resto de España. A partir de hoy, dediquemos un rato del día a detenernos y guardar silencio. Tal vez así podamos alcanzar cierta ecuanimidad para valorar posibles salidas a la situación actual. Mirado con cierta distancia, lo que cada persona dice ser, la “identidad” es, en gran medida, fruto de circunstancias azarosas como lo son el lugar de nacimiento, la familia en que nacimos y crecimos, o la lengua y la cultura en las que nos criamos. Idolatrarla sólo reporta desunión, como la historia de la Humanidad ha mostrado repetidamente.

Alcemos bandera blanca y empecemos de nuevo. Escuchémonos unos a otros habiendo aprendido, previamente, a guardar silencio y a gobernar nuestras emociones. Es la condición previa para que nos podamos poner de acuerdo a la hora de diseñar, entre todos,un marco de convivencia integrador, justo y solidario, donde impere el Estado de Derecho y que nos permita vivir bien, no meramente sobrevivir al precio que sea.

Urgente moderación (el discurso del Rey)

Coescrito por Ignacio Gomá Lanzón e Ignacio Gomá Garcés, padre e hijo y residentes en Gerona desde 1997 hasta 2005 (y veraneantes hasta el presente), región que amamos y que queremos seguir visitando:

Los hechos de los últimos días han producido en todos –al menos en nosotros, en nuestra familia y nuestros amigos- un verdadero golpe emocional, no por esperado menos doloroso. Al alba del día uno, las primeras noticias informaban de que los mossos no estaban haciendo lo que les correspondía ni previsiblemente lo iban a hacer más adelante. No por probable menos indignante. Sin duda, era tarea ardua y complicada –quizá imposible- pero no cabe duda de que tampoco lo intentaron, lo cual no hace sino alimentar la desesperanza de muchos.

Un poco después, al filo de las ocho, nos enteramos de que Guardia civil y Policía se desplegaban. Vaya, parece que algo se va a hacer. Reconocemos que nuestra reacción fue doble: una primera irracional, de cierta alegría, al constatar que el Estado de derecho recibiría satisfacción y que quizá los insurrectos no conseguirían su propósito, y otra más racional, sobre todo al ver las escenas y constatar que en muchísimos sitios se estaba votando tranquilamente, que consiste en pensar que mal asunto es hacer algo que solo te da mala imagen y que encima no consigue su objetivo.

¿Que las fuerzas de seguridad actuaron porque era su obligación ante un mandato judicial y además lo hicieron, en términos generales, muy profesional y proporcionalmente? Sí, de acuerdo, pero en este lío endiablado lo importante es entender que en política no basta con actuar, sino que hay que hacerlo a tiempo. Ya lo decía Michael Ignatieff en su famoso libro Fuego y cenizas: “El medio natural de un político es el tiempo. Un intelectual puede estar interesado en las ideas y las políticas en sí mismas, pero el interés de un político reside exclusivamente en saber si el tiempo para una determinada idea ha llegado o no”. Como hemos tenido oportunidad de clamar en este blog muchas veces (en modo desierto), el 155 debería haberse aplicado mucho antes y debería haberse encarcelado a unos cuantos para disuadir al resto. Es más fácil reducir a 3 o 300 que a 300.000. Pero no pudo ser, como dicen los locutores deportivos.

Como era de esperar, ante estas escenas de fuerza se produce el fenómeno que tiene lugar en la vida normal en la sociedad del espectáculo en que nos encontramos y que tan bien describe Lipovetski: una lucha en las redes sociales en la quien gana quien nos muestra el video o la foto más dramática y chocante y que nos produzca la impresión más grande, con los correspondientes “me gustas” y retuiteos. Y es que, como decía Josep Borrell durante la presentación de su nuevo libro este martes: “En política, la percepción es la realidad”.

En el lado en el que nos encontramos cunde una sensación de desánimo ante la imagen del voto de los principales gerifaltes insurrectos y las declaraciones del presidente del gobierno, que considera que como el referéndum es nulo, no se ha celebrado y, por tanto, no pasa nada. Vamos, que como si se tratara del artículo 33 de la Ley Hipotecaria, en función del cual la inscripción no convalida los actos nulos. Las abstractas apelaciones a la unidad y a la grandeza del país, leídas en tono frío, no trasmiten serenidad y paz, sino más bien parecen las declaraciones de un capitán de barco que recibe un torpedo y que se limitara a calmar a los viajeros diciendo que el torpedo no ha pasado la ITV de Torpedos. Sánchez comienza a hablar de Estado de Derecho – y eso inicialmente nos tranquiliza-, pero luego se tuerce al hablar de negociación y diálogo, que es la muletilla que suele usar el que no quiere tomar una determinación, porque no le interesa, y cree que apelando al medio puede cambiar el fin, como si tuviéramos que ir a Santiago y uno nos dijera que previamente tenemos que elegir la carretera.

A continuación, un sentimiento de desánimo y preocupación se acrecienta a medida que muchos ciudadanos tenemos la oportunidad de ver imágenes de votaciones en iglesias, canciones, himnos y movilizaciones populares, con un inquietante parecido al Tomorrow belongs to me de Cabaret (ver aquí y fijarse en las últimas palabras: «¿Estás seguro de que podremos pararlos?»). Los que hemos vivido por allí sabemos que en Cataluña convive una gran mayoría de buena gente que quiere vivir en paz, tenga o no sus quejas y reivindicaciones lógicas y atendibles, y una minoría muy movilizada y radicalizada que en los últimos tiempos, de una manera estudiada y planificada, ha ido tomando todos los resortes del poder social y político y ahora está ejerciendo sobre la otra una presión que, a falta de palabras más específicas, cabría denominar totalitarismo nacionalista, con ribetes xenófobos y fascistas. Conviene no olvidar esto. En los últimos días hemos recibido personalmente testimonios de familiares próximos en los que la locura excluyente se ha exacerbado y cuestiones que antes no hubieran generado problema hoy son graves ofensas que justifica cortar relaciones. Familias literalmente rotas; compañeros que abandonan Cataluña; amigos que dejan de serlo… Éstas son, señores, las consecuencias de la depravación moral de la que adolece una buena parte de la población de Cataluña y prácticamente todos sus dirigentes.

La sensación ya no es de preocupación sino de indignación; sobre todo después de ver acoso a policías que son expulsados de hoteles, banderas españolas pisoteadas, comisarias rodeadas, peleas callejeras y puro odio hacia gente con banderas españolas. Estas imágenes nos sulfuran hasta tal punto que nos saca lo peor de nosotros mismos, fabulamos con imágenes de violencia en la que quienes consideramos nuestros enemigos son destruidos, sobre todo cuando constatamos que no hay nadie al otro lado que nos defienda.

Antes de abordar la conclusión de este post, es importante hacer dos matizaciones, porque en situaciones de obnubilación podemos equivocarnos: no se ha insurreccionado Cataluña, sino una parte de ella que no ha conseguido tener más del cincuenta por ciento de los votos en las últimas elecciones, no obstante lo cual se siente legitimada para acabar con todo. Como avanzábamos antes, ayer acudimos juntos a oír a Piqué, Borrell y de Carreras en la presentación de su libro Escucha, Cataluña, Escucha España, que insistían acertadamente en esta idea.

Por eso, debemos resaltar que nosotros no condenamos a Cataluña, sino el extremismo que unos pocos perpetran, y todo ello porque su irracional discordia no conduce sino a todo aquello que aborrecemos y que a tantas tragedias nos ha arrastrado durante la historia. Y es por esa misma razón que nuestra democracia debe condenar y condena un nacionalismo que viola la Constitución, la ley y las reglas más elementales de convivencia democrática. Y ante esto, queridos amigos, no cabe sino ejercer una acción política inteligente y eficaz que restablezca el orden entre los insurgentes.

Segunda matización: somos una gran nación que no puede ser disuelta así por así. No por una regla divina, sino porque es producto de sus instituciones, reglas escritas o no escritas entre las que están también su historia y su tradición. Y no debemos autoflagelarnos por sus defectos, como se decía aquí, porque cabe la evolución. A nadie se le escapa que el ineficiente funcionamiento de nuestras instituciones ha hecho mella en esta crisis territorial de tamañas dimensiones. Tenemos unos gobernantes incompetentes y unas instituciones capturadas en un importante grado y ello es ciertamente parte del problema, porque la ineficiencia de esas instituciones impide la correcta adaptación de los recursos a los retos que nos va poniendo la vida. La crisis económica y la crisis territorial han puesto de manifiesto en toda su crudeza esa crisis de nuestras instituciones y la necesidad no sólo de atender a los problemas urgentes e inmediatos de orden público, sino también a las ineficiencias de fondo. Sin duda habremos de plantear en su día una reforma. Pero ahora urge que el Gobierno se demuestre capaz de afrontar este desafío, porque su insoportable inacción a muchos nos resulta también extremista. Extremadamente torpe, incapaz, molesta y cobarde.

En cambio, en su discurso de esta noche, el Rey ha demostrado un compromiso mucho más firme con la democracia,  con la unidad y con la integridad del país, que agradecemos y cuyo mensaje de esperanza, especialmente en los últimos días, hemos echado en falta en el Presidente del Gobierno. Hoy, igual que en el 23-F, el Rey ha dado valientemente la cara por todos nosotros cuando más se le necesitaba. También nos ha pedido calma, serenidad y determinación ante esta crisis, porque, dice, la superaremos. Convenimos en esto, pero con un inciso: nosotros, además, apelamos a la urgencia. A la urgencia de emprender una acción moderada en defensa de lo más digno que puede ser objeto de defensa: la igualdad de los españoles, la democracia, el Estado de Derecho y la unidad de España.

Y no lo pedimos por prisa o por capricho (o no sólo por eso), sino que porque estamos convencidos de que, si no somos capaces de ofrecer una pronta respuesta a este desafío, otros lo harán. Una vez llevada a cabo esta acción moderada, pero determinada y firme, en defensa de lo anterior, hablaremos de generosidad y diálogo. Pero nunca antes, pues la decepción y la indignación que, hoy por hoy, sufrimos muchos debe ser satisfecha aunque sea por una razón ulteriormente práctica: evitar que éstas sean alimentadas por los sentimientos equivocados. Y es que, si la moderación democrática demuestra no funcionar ante el desafío antidemocrático, las consecuencias serán nefastas e imposibles de imaginar. Evitémoslo. Evitémoslo, pero ya.

¿Por qué te vas de Cataluña?

(3 de Octubre, escribo con rapidez porque en cualquier momento entran piquetes en la notaría).

Domingo 1-O, diez de la noche. He tomado la decisión de irme de Cataluña. Todo ha sucedido muy rápido, lo he decidido al bajarme de la moto, y es que no he sabido controlarme.  Ese ha sido el punto de inflexión.

Acabo  de salir de un restaurante donde he ido a cenar con la familia. Subo a la moto con mi hija Catalina, síndrome de down, y en el camino de vuelta a casa, en la calle Amigó, zona pija de Barcelona (no imagino lo que será en otros barrios por debajo de Diagonal), nos envuelve el ruido de las cacerolas. ¡No aguanto más… y grito! Un grito ridículo de “Viva España”, levantando al tiempo el puño del manillar. La gente se vuelve aún más enloquecida, y nos empieza a insultar desde los balcones, mientras avanzamos lentamente. Grito más fuerte. Mi hija se parte de risa. Vive este drama de forma feliz e inconsciente. Igual de inconsciente soy yo, que la estoy poniendo en peligro… en cualquier momento nos cae una piedra en el casco, pues yo, -que hasta hace unos días no era más que un vecino-,  ahora soy su enemigo. Ellos deciden que el ruido de la cacerola es “libertad de expresión” y  mi grito es “una provocación”. De repente un soniquete me da cierta vida: es el “Que viva España” de Manolo Escobar; casposo y enrojecedor, pero me da aliento para seguir gritando.

Me he dado cuenta de que, hasta hoy, me he estado escondiendo, al igual que la mitad de mis conciudadanos, por temor, por desidia, por esperar que el Estado resuelva “el problema”. Pero llega tarde porque lo que siento ahora es que me odian.

Cuando me bajo de la moto, estoy convencido de que, esta etapa sensacional, en esta maravillosa tierra donde he hecho grandes amigos, ha llegado a su fin. Afortunadamente mi profesión me permite trasladarme. Soy la envidia de muchos por ello.

Sin embargo, no me puedo librar de lo que está por llegar: Lo peor. No tardará en llegar toda la artillería pesada de ese Estado de Derecho que me protege. Sucede que ese “mal necesario” resolverá el problema político, pero habrá mucho dolor y llanto, y dejará una atmósfera irrespirable.

Mi mujer y mi hijo de once años ya no podrán llevar en la muñeca la banderita de mi país, porque tendrán miedo. El Domingo tendremos que elegir parroquia en la que el cura no nos sermonee a favor del Procés. El sábado no iré a ver al Barça por temor a verme envuelto en un asalto al campo. Pero lo que peor llevo es la cena que tendremos con unos amigos “que piensan de forma distinta”. Cuando les cuente que acabo de colgar en el balcón de mi recién comprada casa  el cartel de “Se vende”, me dirán que qué locura es ésta, ¿Por qué te vas? Preguntarán.

“Porque no quiero que mis hijos convivan con el odio entre dos bandos”. Eso le diré y añadiré: “Todos hemos dejado que así sea y tardaremos años en reponerlo”.

 

Creced, multiplicaos

¿Procrear compulsivamente para así dejar de pagar alimentos?

Llama mucho la atención la manera de presentarse algunas noticias judiciales ante los medios de comunicación. Se ha podido leer en los últimos meses este titular: «El Supremo rebaja la pensión a un padre divorciado porque ha tenido más hijos». Y como única explicación, en letra más pequeña: «El tribunal considera que no hay distinción entre unos y otros hijos».

La sentencia del Tribunal Supremo es de 1 de febrero de 2017, y trata de un tema ya recurrente en materia de crisis matrimoniales: una vez ha quedado establecida una pensión de alimentos para los hijos menores del matrimonio en cuestión, ¿puede después el progenitor obligado al pago exigir que se vea disminuida la misma por la sola circunstancia de que haya tenido nuevos hijos en una nueva relación de pareja?

Y la respuesta es que no. Tendrán que darse otras circunstancias añadidas, porque lo que no vale es que el nacimiento de nuevos hijos suponga que los hijos primitivos deban comenzar a hacer dieta muy baja en calorías, pues no les queda ahora más remedio que comer menos. Y también vestir de trapillo. Que les quede muy claro a las asociaciones de padres separados y divorciados, que toman de la sentencia solamente lo que les interesa para que parezca que el Supremo dice lo que no dice. Proclaman sin rubor, además, que si los hijos anteriores ya son mayores de edad pero aún no tienen autonomía económica, entonces prevalece el derecho de los nuevos hijos, aún menores, a ser mantenidos, y ello por exigencias de la Declaración Universal de los Derechos del Niño. Es decir, que la ONU dice que sólo los menores constituyen una categoría de hijos que comen, consumen luz y agua, se lavan con jabón y hasta el pelo con champú, y se visten y se calzan, y cogen el autobús y el metro, y su ropa se plancha y su habitación se barre.

Aseguro que no sería capaz de aprobar ni en cien años a un alumno que dijera en un examen, aunque solamente fuera una vez, las mamarrachadas que se leen últimamente en algunos escritos forenses que quieren hacer creer que lo anterior es verdad gracias a las nuevas sentencias.

Se han dado hasta ahora dos tesis que se presentan como enfrentadas, aunque en realidad no lo están tanto. En algunas Audiencia Provinciales se decía que el caballero que deja tras la crisis varios hijos, lo que tiene que hacer es calcular con mucho cuidado si se puede permitir tener más hijos, pues las necesidades de los hijos primitivos no van a ser menos por ser más los hijos a su cargo. Se trata de sentencias que niegan que exista cambio de circunstancias porque el aumento de las necesidades económicas se ha producido de forma voluntaria por el obligado a su pago: si él quiere tener más hijos, que los tenga, pero ello no puede repercutir en detrimento de los hijos anteriores. La nueva situación, en fin, deriva de un acto voluntario y consciente (SSAP de Valencia de 6 de marzo de 2.008 y 19 de junio; Madrid de 3 y 13 de febrero de 2.009; Málaga de 17 de octubre de 2.007; Pontevedra de 15 de febrero de 2.006; Sevilla de 29 de diciembre de 2.003; Cuenca de 28 de junio 2011; Santa Cruz de Tenerife de 16 de febrero 2012, entre otras).

En contra, otras Audiencias Provinciales resuelven sobre la base de que las pensiones se fijan atendiendo al caudal y medios del obligado y a las necesidades del beneficiario, y el nacimiento de un nuevo hijo es un hecho nuevo susceptible de alterar la situación preexistente y, con ello, de reducir las prestaciones establecidas a favor de los hijos de una anterior relación (SSAP de La Coruña de 3 de noviembre de 2.005; Badajoz de 4 de diciembre de 2.002; Cádiz de 22 de enero de 2.002, Las Palmas de 2 de febrero de 2.001; Vizcaya, de 20 de diciembre de 2.006, entre otras).

Pues bien, ¿qué decide el Tribunal Supremo? Trataré de resumirlo de modo casi telegráfico:

1º Lo que dice esta tan cacareada sentencia no es nuevo, pues ella misma cita otras sentencias del Alto Tribunal anteriores y que ya dijeron lo mismo: las SSTS de 30 de abril de 2013 y 21 de septiembre de 2016 (dos sentencias que, por cierto, negaron a un padre el derecho a exigir una rebaja de las pensiones). Nada nuevo bajo el sol.

2º El nacimiento de nuevos hijos determina una redistribución económica de los recursos económicos de quienes están obligados a alimentarlos para hacer frente a sus necesidades, porque no es lo mismo alimentar a uno que a más hijos, pero si es la misma la obligación que se impone en beneficio de todos ellos. Perogrullesca afirmación, pero es del Tribunal Supremo. Nada nuevo tampoco.

3º El hecho de que el nacimiento se produzca por decisión voluntaria o involuntaria del obligado al pago, no excluye que la obligación pueda modificarse a la baja para los hijos anteriores, dado que todos los hijos, antiguos y nuevos, tienen el mismo derecho a ser alimentados.

4º Pero, admitido que el nacimiento de un nuevo hijo pueda suponer una modificación sustancial de las circunstancias que se tuvieron en cuenta en el momento de fijar inicialmente las cantidades, eso no significa que el solo hecho del nuevo nacimiento deba suponer que las prestaciones hayan de modificarse, pues esto no es una operación aritmética y no todo consiste en cambiar el divisor para que cambie el cociente.

5º O lo que es lo mismo, habrán de valorarse todas las circunstancias concurrentes. Para oponerse a quienes están ya utilizando estas sentencias del TS de manera tramposa, habrá que preguntar, por ejemplo, si esos nuevos hijos tienen madre. Es de suponer que alguna tendrán, y si es así, ¿tiene ella ingresos propios? ¿Cuál es la fortuna que tenía el padre que venía pagando 3000 euros por sus tres hijos y pasa a tener otro más con su segunda esposa, pero ella resulta que es miembro de una multinacional farmacéutica de alto copete? ¿O es que ella no ha de contribuir acaso al sustento del hijo común?

5º En definitiva, dice la sentencia, “el nacimiento de un nuevo hijo no basta para reducir la pensión alimenticia del hijo o hijos habidos de una relación anterior, ya fijada previamente, sino que es preciso conocer si la capacidad patrimonial o medios económicos del alimentante es ciertamente insuficiente para hacer frente a esta obligación ya impuesta y a la que resulta de las necesidades de los hijos nacidos con posterioridad, y (…) ponderar no solo las posibilidades económicas del alimentante sino las del otro progenitor que tiene también la obligación de contribuir proporcionalmente a la atención de los alimentos de los descendientes”.

Con todo, hay quien parece dispuesto a decir, sin que se le caiga la cara de vergüenza, que la nueva jurisprudencia se resume con un consejo muy simple, en alguna manera extraído del Libro del Génesis: «¿Queréis dejar de pagar alimentos? Pues creced, multiplicaos, llenad la Tierra».

Como cebras.

Toda gran vergüenza puede ser también una gran oportunidad

Tras la jornada de ayer afirmó Puigdemont que “las cotas de vergüenza a las que ha llegado el Estado le acompañarán para siempre”. En esta ocasión tiene toda la razón. Este espectáculo vergonzoso del que hemos sido testigos desplegado a los ojos de mundo entero ha hecho mucho daño al prestigio de España, incluido al de Cataluña, por supuesto. Estas efervescencias nacional-populistas producen miedo y asco en Europa, por mucho que alguno no quiera todavía darse por enterado. Pero también la producen la incapacidad del Estado español de encontrar un cauce civilizado a estas reivindicaciones. El bochorno ha sido completo.

Pero de puertas adentro el daño es todavía mayor, porque los grandes protagonistas de esta gigantesca irresponsabilidad siguen hoy en sus despachos y no sabemos por cuánto tiempo, aunque sospechamos que demasiado. Los responsables principales, evidentemente, son los líderes políticos catalanes, que con absoluto desprecio a la normas democráticas se han empeñado en orquestar un simulacro de votación absolutamente falto de legitimidad. Le aseguramos que la historia, Sr. Puigdemont, no le le va a tratar con cariño. Esperemos que tampoco el Estado de Derecho, si es digno de ese nombre.

Pero al Sr. Rajoy también le toca la suya. Su incapacidad y su cobardía política se han puesto de manifiesto hasta límites que hasta en España resultan inéditos. Ha presenciado la formación de esta ola con total pasividad, sin oponerle iniciativa política de ningún tipo, delegando en el resto de poderes del Estado el protagonismo que solo a su Gobierno corresponde. Y sospechamos con bastante seguridad que esa va a seguir siendo su actitud en el futuro.

Dentro de lo abiertas que estaban las posibilidades , el ilegal referéndum convocado por la Generalitat se ha desarrollado más o menos como cabía esperar. Se ha votado, aunque de manera caótica, y eso pese a que la única apuesta de Rajoy era que tal votación no se produciría.  Se han producido las escenas de violencia que los independentistas deseaban para dotar de cohesión a los suyos y despertar la simpatía en el extranjero y en parte de la izquierda que empezaba a fallarles a medida que se iba poniendo de manifiesto que su ideología es tan reaccionaria como la de cualquier nacionalismo. En fin, aunque gracias a la limitada intervención de la policía -y a su profesionalidad- se hayan producido un número de heridos relativamente reducido para lo que podría haber ocurrido, lo cierto es que todo ha sido muy lamentable.

A nuestro juicio, decida o no la Generalitat declarar unilateralmente la independencia, al Estado no le queda otra que activar el artículo 155 y quizás también otros instrumentos jurídicos si siguen los desórdenes públicos. El Derecho no es Derecho si no existe la posibilidad de imponerlo. El gran progreso que supone la existencia de un Estado de Derecho y el monopolio de la violencia legítima por parte de aquel desaparece totalmente si no estamos dispuestos a imponer la ley por la fuerza cuando es necesario. No cabe ser ingenuo en esto.  La alternativa a imponer la ley por la fuerza no es la paz, sino la ocupación del poder por otras personas al margen de la legalidad, sin legitimidad para hacerlo y con grave riesgo para los derechos civiles de los ciudadanos.

Esa iniciativa constitucional debe tener como principal finalidad la celebración de unas elecciones autonómicas en las que los catalanes voten de verdad, con todas las garantías y con sujeción a la ley.

Pues bien, si el Sr. Rajoy no quiere asumir el coste político correspondiente debe dejar inmediatamente su puesto, sin pretender echar la culpa al PSOE o a la oposición por no apoyarle en bloque o darle un cheque en blanco. Suya es la prerrogativa constitucional y suya la responsabilidad de concitar los consensos correspondientes. Suyo también el fracaso político de ayer.

Pero obviamente esta no debe ser nuestra única preocupación.  Para encarar el futuro es bueno tener en cuenta lo que nos ha llevado hasta esta triste situación en la cual han fracasado de manera grave tanto la Generalitat como el Estado español.

El primer ámbito sobre el que debemos reflexionar es el político. El partido más votado en Cataluña durante muchísimos años, Convergencia y Unió, utilizo el nacionalismo como un instrumento para mantener su hegemonía.  Era la manera de diferenciarse de los partidos nacionales que dominaban el resto de España y en particular de  desactivar al PSOE como partido que más posibilidades tenía de disputarle el  gobierno.  Para ello utilizó la política pero también los medios de comunicación y la educación, alimentando sin parar un victimismo típico de los nacionalismos. Esto les funcionó bien hasta que la semilla envenenada del nacionalismo empezó a crecer en la sociedad. En ese momento aparecieron nuevos partidos que trataron de ocupar el espacio de convergencia a través de una mayor la radicalidad. Las quejas fundadas y justificadas, que evidentemente siempre existen, no pueden explicar na animadversión de tal calado contra el Estado español más abierto, democrático y dialogante de la Historia y que ha facilitado la mayor cuota de autogobierno jamás conocida en Cataluña.

La lucha contra estos  poderosos instrumentos de comunicación clientelar al servicio de esos intereses era difícil pero el problema es que nunca se planteó. Nunca ha habido un relato desde el Gobierno de turno de porque es mejor para los catalanes estar dentro de España, ni hasta que punto esos agravios eran imaginarios. A los nacionalistas se les ha dejado hacer porque a los gobiernos del PP y el PSOE eso era lo que más les convenía, pues los pactos con aquellos les permitían ocupar el Gobierno de la nación. Es más, sus propias prácticas clientelares probablemente no se alejaban demasiado de las nacionalistas salvo en la intensidad y en el objetivo último.

Pero todo esto no puede hacernos desconocer la existencia de problemas reales. El sistema de financiación y en particular el privilegio que supone el cupo vasco, el fracaso de las políticas de convergencia que suponen la permanencia indefinida de transferencias hacia las regiones más pobres, los beneficios de la capitalidad de Madrid, el estado de las infraestructuras en Cataluña -muchas de ellas responsabilidad del gobierno autonómico- son algunas de los problemas que hay que estudiar seria y desapasionadamente para establecer un diagnóstico certero y las posibles soluciones.

Pero el análisis ha de ser riguroso, para lo cual todos tendremos que hacer un esfuerzo de objetividad. Igual que es innegable que la capitalidad ofrece beneficios económicos qué habría que tratar de dispersar (puede haber organismos públicos estatales en Barcelona, por ejemplo) hay que examinar también como la corrupción y el clientelismo en Cataluña y las opciones políticas identitarias han actuado como freno a su desarrollo.

Y, por último, no cabe rechazar por más tiempo la apertura de un proceso de reforma constitucional que, además de afrontar estos problemas, ofrezca una posibilidad de votar legalmente a los catalanes sobre su continuidad dentro del Estado y a ser posible con ofertas adicionales a la independencia para evitar los problemas que plantean este tipo de referéndums en la linea de lo sugerido por Victor Lapuente en este artículo

Y por supuesto con todos las cautelas y con todos los condicionamientos que imponen los estándares internacionales y una vez transcurrido un tiempo que permita no solo realizar las reformas legales necesarias sino recuperar la necesaria serenidad y la neutralidad de las instituciones públicas. Pero solo así seremos capaces de alejarnos definitivamente de la vergüenza de ayer y recuperar, aunque sea muy lentamente, a la normalidad. Desde Hay Derecho reiteramos nuestro compromiso para contribuir, en la medida de nuestras posibilidades, a un debate sereno, riguroso y abierto sobre esta opción.

1-O. La sociedad española tiene recursos para superarlo.

Coescriben Elisa de la Nuez e Ignacio Gomá.

En el momento de escribir estas lineas todavía no sabemos bien como terminará el día, pero aparentemente los acontecimientos se están desarrollando como era esperable, en forma de movilización o manifestación en favor de la independencia de Cataluña pero ciertamente no en forma de referéndum.  Porque lo de hoy no se parece en nada, ni en el fondo ni en la forma, no ya  a una consulta con garantías legales (a eso se renunció desde el principio por la Generalitat y el Parlament) sino a una consulta a secas.  Estaríamos ante una repetición corregida y aumentada del 9-N del año 2014 pero con una diferencia muy notable: que hay miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado (y en menor medida de los Mossos d’ Esquadra) impidiendo las votaciones dado que, a diferencia de lo ocurrido con el 9-N que se consideró una consulta «alegal» e «informal»,  ahora ya estamos ante «the real thing», es decir, de un referéndum por la independencia convocado como tal y declarado ilegal por los órganos competentes para hacerlo, que son los judiciales.

Y esa es básicamente la diferencia. El Gobierno ha intentado impedirlo atacando la logística que es imprescindible para realizar una consulta en una democracia moderna pero al final ha tenido que mandar a la Guardia Civil y a la Policía Nacional lo que probablemente, como Bartleby en el famoso cuento de Melville, hubiera preferido no tener que hacer. Efectivamente, dado que con o sin  censo electoral, con o sin Sindicatura electoral, con o sin recuento digno de tal nombre, con o sin colegios electorales la voluntad clara del Govern era la de poner las urnas como y donde fuera para que la gente saliera a la calle y gritase «volem votar» no ha habido más remedio que mandar a los miembros y fuerzas de Seguridad del Estado a requisar urnas y cerrar colegios. Una foto soñada por cualquier nacionalista que se precie dado que -al menos en su imaginario- permite identificar el Estado español con un Estado represor y franquista y porque es casi inevitable que alguna persona pueda resultar zarandeada o incluso herida. De hecho, ya ha ocurrido y Puigdemont ya ha denunciado la actuación represora del Estado. Esperemos que no ocurra nada más y nos quedemos con la simple utilización partidista de la imagen, como era de esperar.

En definitiva, la táctica de desmontar el referéndum exclusivamente por las vías legales nos ha traído hasta aquí. A partir de mañana se abre la necesidad de hacer política y de empezar un camino que se prevé largo para remediar y reparar los desperfectos, que son muchos y graves, particularmente en Cataluña. Por el camino, en este mes de vértigo, hemos aprendido unas cuantas cosas sobre el nacionalismo catalán de raíz romántica y reaccionaria, sobre la división de la sociedad catalana, sobre mayorías silenciosas, sobre democracia, sobre consultas, sobre las dificultades de la izquierda para encontrar un discurso que siga defendiendo la igualdad de los ciudadanos también ante los nacionalismos, etc, etc. Y lo hemos aprendido leyendo a muchos españoles y catalanes que han escrito mucho y bien sobre estos temas.

Que nuestros políticos prácticamente sin excepción -con mención destacada a los que tenían más responsabilidad, obviamente- no hayan estado a la altura de la madurez demostrada por el conjunto de la sociedad española no es tan grave después de todo.  Su recambio por otros más adecuados para construir una democracia mejor y más moderna es solo cuestión de tiempo. Peor hubiera sido al contrario.  Si algo estamos demostrando es que la sociedad española tiene recursos suficientes intelectuales, cívicos y morales para salir de este lío. Llevará tiempo, paciencia, generosidad e ideas, pero saldremos.

O así lo creemos nosotros, porque crisis -que es lo que tenemos ahora, una verdadera crisis constitucional- significa «decisión»: es preciso que baje la fiebre del conflicto inmediato e iniciemos la recuperación, lo que significará determinar claramente cuáles son los males que padecemos e intentar atajarlos. Los problemas de orden público derivan de una situación emocional que a su vez procede de un agravio o de un supuesto agravio. Como diría un experto en mediación, una vez superado el momento especial del uno de octubre, esperemos que sin graves consecuencias, nos enfrentamos con una ardua tarea: mantener el Estado de Derecho incólume -lo que puede significar consecuencias jurídicas y sanciones- y al mismo tiempo conseguir que las partes pasen de sus «posiciones» emocionales e inalterables a averiguar cuáles son sus «intereses» de verdad, lo que realmente buscan y necesitan. Difícil tarea cohonestar ambas necesidades cuando el marco en el que nos hemos situado excede de los límites de la ley, pero no hay más remedio que hacerlo. Quizá, queremos ser optimistas, esta crisis nos permita averiguar los problemas de fondo que tiene nuestro sistema político, y una vez apercibidos de ellos, enfrentarlos debidamente.