Escuchando se entiende la gente

¿Cuántas veces hemos oído en España la frase “esta carretera no la van a arreglar hasta que haya muertos”? A España le cuesta escuchar y prefiere negar la existencia de cualquier problema. Pero sin una dialéctica  bien gestionada una sociedad no avanza.

El referéndum catalán es un buen ejemplo (y no se tome en el sentido de que en Cataluña todo ha sido ejemplar). Tras siete años de reivindicaciones y una batalla inmensa se empiezan a oír cosas inauditas hasta hoy. El Círculo de Empresarios de Madrid considera que hay transferencias que van a cumplir los 40 años de edad sin haber suavizado los desequilibrios y que eso supone una carga que lastra inútilmente las economías más pudientes. De Guindos habla en Londres de que hay que mejorar la financiación autonómica en general y de Cataluña en particular. Empiezan a contarse los kilómetros de peaje. Se reconoce un retraso en inversiones. Incluso el 49 por ciento de los votantes del PP en Cataluña piensan que el conflicto debe arreglarse mediante un referéndum pactado (contra un 43 por ciento del propio PPC que piensa lo contrario). En definitiva, ha habido que zarandear España hasta casi su rompimiento para que se le destapen los oídos y se digan -incluso se piensen, que es mucho más- cosas nuevas.

Y cuando uno se pregunta la causa de la sordera acaba concluyendo que simplemente se trata del acomodamiento. España ya va bien para algunos. Curiosamente, el eje Bilbao-Madrid-Sevilla, del que hablan los historiadores del primer tercio del siglo XX, sigue siendo detectable. País Vasco y Navarra tienen un sistema fiscal que les marcha magníficamente. Andalucía y Extremadura gozan desde 1984 -34 años- de la renta agraria a partir de las veinte peonadas.  Ninguna otra región de España tiene esta ayuda, en el fondo envenenada. El paro juvenil de ambas regiones así lo confirma. Dos personajes de la Transición, que prometieron la reforma del agro meridional y se quedaron en una modesta pensión para los campesinos, llevarán para siempre una buena parte de responsabilidad en esta lacra. Pero de hecho, al menos a efectos electorales, conviene que siga así y así sigue. Los sénecas andaluces lo resumen en el saleroso añadido a la frase de Clavero Arévalo: café para todos…y la tierra para el señorito.

En cuanto a Madrid, se habla del efecto capitalidad. ¿Y eso cómo se mide?. Pues por el humo se llega al fuego. Hoy, de las diez poblaciones de España con mayor renta per capita, seis están en la Comunidad de Madrid (en el cálculo oficial publicado no entran las ciudades vascas y no nos preguntemos por qué). Madrid y alrededores tienen la mayor concentración de rentas y salarios de nivel alto de toda España. Eso no era así hace veinte años. Sin reproches, sólo con ánimo descriptivo: si hoy un joven de Valladolid, Segovia, Toledo, Albacete, o incluso de Cataluña, quiere triunfar, se va a Madrid. Está sucediendo y de ello se quejan amplias zonas de España que se están despoblando de jóvenes con talento. No hay una estructura reticular como en Alemania, que permite triunfar por igual en Hamburgo que en Múnich, Frankfurt, Hannover, Stuttgart, Berlín o Colonia. Será el espíritu cosmopolita de Madrid, será que ahí acuden los más activos, será el sistema radial de comunicaciones, la concentración de museos, la vida cultural de iniciativa pública y privada, la calidad del metro, del aeropuerto o lo que sea, pero seis de las diez poblaciones más ricas de España están en un radio de treinta kilómetros. Hace tres décadas, incluso dos, no era así. En 1980 la participación de la Comunidad de Madrid en el PIB español era del 15,6%, hoy es del 18,9%. Y no a costa de Cataluña, que apenas se ha movido del 19%, sino de las Mesetas fundamentalmente. A nadie se le oculta que en Cataluña se piensa que el árbitro ha sido casero. Literatura en este sentido no falta. En Madrid, en referencia a Carlos III siempre se ha dicho que “El mejor alcalde, el Rey”. El FMI, por su parte, ha informado recientemente que la única zona de España donde el empleo creado tras la crisis no es de baja productividad es en el área de Madrid.  En cualquier caso, entrar en las causas que han permitido acumular la masa crítica que hoy produce la reacción en cadena excede de estas líneas, pero el resultado es visible. La capitalidad suma.

Con ello vengo a decir que si al eje Bilbao-Madrid-Sevilla con las extensiones de Navarra y Extremadura, la cosa ya les funciona, cuando Baleares, Valencia, Murcia o la rebelde Cataluña se quejan, no hay excesiva prisa en escucharlas. Galicia y Asturias protestan menos porque, injustificadamente, se culpan a sí mismas y a su geografía del mal llamado atraso secular. En cuanto a la posibilidad de que esto cambie, dado  el volumen de población que acumula el eje es altamente improbable que unas elecciones puedan modificar la situación. Así pasan los días y los años y en el caso de Cataluña eso genera una sensación de impotencia que rompe por la vía de la independencia. Y, para mayor frustración, mientras España ocupa el puesto 31 del mundo en renta per capita, la pequeña, aislada e intervenida Irlanda, por poner un ejemplo, está en el 13 (ONU, año  2014).

Rajoy dijo que durante la crisis no era el momento propicio para abordar estos temas. Que cuando escampara dispondría de más dinero para repartir. La mayoría pensamos lo contrario. Las crisis sirven para plantearse a fondo lo que no funciona. Ya en aquel momento no se trataba de repartir más dinero sino de destinarlo de forma más sensata. No se trata de dar una dádiva más al que más protesta para taparle la boca o de salvar los presupuestos, se trata de distribuir como él mismo dice, “con sentido común”.

Grandes cambios han empezado en España por Cataluña. La represión, al grito de “Mariano, humíllalos” o “A por ellos”, nada va a arreglar. No va más allá de confirmar la existencia de un “ellos” que implica un “nosotros”. División y frentismo, en suma. Duelo a garrotazos. Sólo funcionarán el diálogo y la comprensión mutua. De una España justa y equilibrada nadie ha de tener interés alguno en marcharse. Escuchar es el inicio de la solución. Y no sólo para los catalanes.

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