La resaca (emocional) del «procés»

 

“También el ebrio quiere decir por libre decisión de su alma lo que, ya sobrio, quisiera haber callado” (II, Parte 3 ª)

“Quien se imagina que se destruye aquello que odia, se alegrará” (XX, 3 ª Parte)

 (Spinoza, Ética, Alianza Editorial, 2009)

En uno de tantos viajes que, por motivos profesionales, hago últimamente, me llevé tres libros. Uno para leer y dos para releer, hábito este último que cada vez practico más cuando de ensayo se trata. Era un trayecto largo, tres días de estancia y, aparte de trabajar, bien está cultivar la razón, sobre todo para no alimentar la pasión incontrolada, tan frecuente en esta época de perturbación y penumbra.

La lectura o relectura de esos libros me trajo a la mente múltiples reflexiones sobre la obsesión que durante estos últimos meses ha embriagado a todos en este país, catalanes y resto de españoles: el “próces”. ¿Qué efectos ha tenido este “tsunami”?, es la pregunta que me surgió en las páginas leídas de unas obras que en nada se referían, en principio, al problema enunciado.

Tras unos meses de aceleración histórica, en la que aún estamos inmersos, tal vez sea pronto para evaluar los daños. La magnitud de los mismos solo se podrá advertir con  la prudente distancia temporal que el análisis de una cuestión compleja exige. Pero algo sí parece advertirse, la concordia en Cataluña se ha hecho añicos, por no hablar de otros destrozos colaterales (relaciones entre territorios). Se ha sembrado fanatismo y se ha recogido odio. Pero vayamos por partes.

La primera lectura que me suscitó tales preguntas fue Carta sobre el entusiasmo, de Shaftesbury, libro editado por la editorial Acantilado en 2017. El opúsculo citado no puede comenzar mejor: “Los hombres, ya sabéis, son pasmosamente hábiles cuando se empeñan en el arte de engañarse a sí mismos”. Y un mínimo de pasión les transporta más allá. Así, no es extraño comprobar cómo “si se alienta el resentimiento de un hombre de natural tolerante y benévolo puede convertirse en una auténtica furia vengativa”.

Si algo trata Shaftesbury magistralmente es cuando desenmascara la solemnidad, tan venerada y practicada por esos pagos mediterráneos. Dice este autor: “La solemnidad está hecha de la misma esencia que la impostura; no solo lleva a engañarnos sobre otras cosas, sino que es propensa a engañarse a sí misma”. La seriedad no es solemnidad, pues esta puede ser una auténtica farsa.

Una vez alimentada la bicha del entusiasmo, el problema es pararla. Más aún cuando ese entusiasmo tiende a crear en el imaginario una sociedad monolítica (inexistente, todavía hoy, por bien de la pluralidad); esto es, cuando resulta “que la uniformidad de opinión (¡un proyecto esperanzador!) se ve como el único remedio para (hacer frente a) ese mal que (“nos”) aqueja”. Pero si todo esto nos lo tomamos muy en serio, sin un ápice de broma, el pretendido entusiasmo “de segunda mano” estará preñado de mal humor, o si se prefiere de rabia. Y eso se transforma con facilidad en fanatismo propio “de cualquier secta o superstición advenediza”. Una vez creado ese caldo de cultivo ya se tienen los ingredientes necesarios para que en el interior de las personas yazcan “sustancias inflamables siempre listas y preparadas para arder con una chispa”. Los efluvios humanos son contagiosos, más aún cuando se trata de cuestiones existenciales. El fanatismo, como explica este autor, “significa aparición que transporta la mente”. Allí (en el libro) referida a asuntos religiosos, pero no olvidemos nunca que la política y el nacionalismo encendido de uno y otro lado (en su versión más extrema) no es otra cosa que congregaciones de fieles en torno a una idea, más fanática todavía si esta alimenta paraísos.

El entusiasmo, decía Emerson, suele ser efímero. Pero no lo son, en ningún caso, las emociones que despierta, lo que nos conduce derechamente a la teoría de los afectos. Y ello nos transporta a la segunda (re)lectura, el siempre genial (y no menos complejo) Spinoza en su obra Ética (Alianza Editorial, 2009), en especial (aunque no solo) sus partes tercera y cuarta.

La noción de falsedad que aporta Spinoza debe tenerse en cuenta en este análisis: “La falsedad consiste en una privación de conocimiento, implícita en las ideas inadecuadas, o sea, mutiladas y confusas” (XXXV, Parte 2ª). Si esto es así, cabe compartir con el filósofo que las ideas inadecuadas fomentan la pasión. Y cuando esta se enciende, “la experiencia enseña sobradamente que los hombres no tienen sobre ninguna cosa menos poder que sobre su lengua”. Visiten la hemeroteca, videoteca, fonoteca o lo que quieran de estos últimos años. Y comprueben los excesos de unos, pero también de los otros.

Las pasiones, además, nos explican los afectos primarios: alegría, tristeza y deseo. Todos los demás afectos surgen de estos. El odio “no es sino la tristeza, acompañada de una causa exterior”. Pero ello no es óbice para que amemos u odiemos ciertas cosas sin conocer realmente las causas de ello, y eso se produce por “simpatía” o “antipatía”, algo relativamente fácil de crear artificialmente hoy en día a través de la manipulación informativa o de las incendiarias redes sociales.

No puedo sintetizar aquí los extraordinarios pasajes que sobre el odio como tristeza se reflejan en las proposiciones XVIII a XXVI de la Parte 3 ª de la Ética, de las que únicamente puedo recomendar su lectura. Me interesa destacar ahora la aguda visión que Spinoza aporta del deseo y de las secuelas de su incumplimiento. El deseo incumplido deriva fácilmente en frustración. Así también el odio puede transformarse en ira y después en venganza, que puede derivar en crueldad.   Pero el arrepentimiento también es tristeza.

Lo relevante en este caso es que la tristeza, como señala Spinoza, “es una afección que reprime el esfuerzo del hombre, o sea su potencia de obrar”. Dicho en términos más actuales: bloquea las energías de quien la padece, también políticas o sociales. Es, por tanto, “el paso del hombre de una mayor a una menor perfección”. Y, en fin, “la frustración es un deseo o apetito de poseer una cosa, alentado por el recuerdo de esa cosa, y a la vez reprimido por el recuerdo de otras que excluyen la existencia de la cosa apetecida”. En qué medida esta teoría de los afectos marcadamente personal pueda ser trasladada a la existencia de una realidad social es algo que no trataré aquí, aunque no me resisto a afirmar que de esos polvos (odio por doquier) vendrá este lodo: la tristeza se adueñará de Cataluña y también del resto de España, aunque los más inconscientes se “alegren” de los males “ajenos”. Los desgarros y las medidas traumáticas es lo que tienen. El lector mínimamente avezado sabrá extraer las debidas lecciones. Las pasiones, según Spinoza, no concuerdan en naturaleza. Y  “la consecución de la sociedad común, o sea lo que hace que los hombres vivan en concordia es útil, al contrario es malo lo que introduce la discordia en el Estado” (Proposición XL, Parte cuarta). Más alto y más claro no se puede decir. Lecciones para unas políticas que alimentan emociones personales encendidas sin medida. De ese fuego quedarán muchos rescoldos.

Este rápido recorrido por los tres libros citados acaba con la referencia a esa espléndida obra de Isaiah Berlin titulada El erizo y zorro (Península, 2016). Su relectura (como todas) me ha descubierto innumerables matices nuevos. En una época –como también recogió Víctor Lapuente- en la que proliferan los erizos  (esto es, “quienes lo fían todo a una visión central única”) frente a los zorros  (aquellos “quienes persiguen múltiples objetivos, a menudo sin relación entre sí o incluso contradictorios”), conviene hacerse algunas preguntas en torno a las reflexiones que el autor vierte sobre Tolstói (autor de Guerra y Paz) y hasta qué punto pueden ser trasladadas al objeto de estas líneas.

Hay un pasaje de la obra del novelista ruso que se detiene en el estado de Moscú en 1812, en plena invasión napoleónica. Y Berlin lo sintetiza del siguiente modo: “La gente estaba preocupada por intereses personales. Quienes siguieron con sus asuntos sin experimentar ningún tipo de emoción heroica ni pensar que eran actores en el escenario perfectamente iluminado de la historia fueron los más útiles para su país y su comunidad”. No sucedió lo mismo con quienes quisieron seguir el curso de los acontecimientos y tomar parte en la historia, puesto que “quienes se sacrificaron increíblemente, acometieron actos heroicos y participaron en grandes acontecimientos fueron los más inútiles”. Tolstói afirmaba incluso que los peores de todos fueron “los charlatanes incansables” (¿les recuerda a alguien esta expresión?).

La tesis central del autor es la de que quien toma parte en acontecimientos históricos nunca llega a ser consciente de su importancia. La percepción humana es muy limitada en estos casos. “Somos patéticamente ignorantes, y las áreas de nuestro conocimiento son de una increíble pequeñez en comparación con todo el territorio inexplorado e inexplorable”. Esos “grandes hombres” (o mujeres) que participan en esos acontecimientos son “seres humanos ordinarios lo bastante ignorantes y vanidosos como para aceptar la responsabilidad sobre la vida de las sociedades”. Cabe preguntarse si, en este caso, han existido tales “grandes personalidades”, pues se mire donde se mire solo se advierten pigmeos políticos. Hay en tales personajes –recoge también Berlin- “delirios absurdos” propios de “la megalomanía humana”, pues “los hombres importantes lo son menos de lo que ellos mismos o los historiadores más ingenuos (podríamos añadir aquí la expresión periodistas o tertulianos) pueden creer”.

“Cuanto mayor será la afirmación, mayor será la mentira”, recuerda el pensador letón. El hombre sufre porque desea demasiado y sobrevalora de forma grotesca sus capacidades, como también reconoce.  Lo cierto es que, a diferencia de la tesis de Berlin en relación con Tolstói, que se disfrazaba como erizo, pero en realidad era un zorro; la pretendida “astucia”, propia del zorro, que ha marcado la hoja de ruta del “procés” que fijó ese pretendido funambulista ahora de la orden de los mendicantes, en verdad ocultaba que detrás de esa coreografía estaba no un zorro sino un erizo de dimensiones descomunales.

Pero que nadie piense que ese erizo se ha desvanecido. Sigue ahí. Y volverá con disfraz de zorro cuantas veces sea necesario. Hay muchos analistas que precipitadamente entierran emociones que, como caballos desbocados, no son fáciles de retornar al establo, menos aún cuando los actores políticos que deben resolver ese inmenso destrozo de la convivencia siguen (en uno y otro lado) siendo los mismos, mientras que aquellas personas  “anónimas” que pueden contribuir a su solución –como recordaba Berlin- no emergen por ningún lado. Y nada de esto, pese a sus pretendidas virtudes taumatúrgicas, lo cambiará un proceso electoral con las mismas caras y las mismas emociones instaladas y alimentadas con mayor o menor pasión, por mucho que se disimulen en declaraciones judiciales y en discursos electorales dirigidos a pescar votos en otros caladeros. La herida abierta es muy profunda. Y la tristeza que asoma, monumental.