La vida buena (Tribuna de nuestro editor Segismundo Alvarez en ABC)

Es probable que este artículo tuviera más lectores con una ligera alteración del título. La magia del lenguaje hace que la “buena vida” nos remita al disfrute y la diversión y en términos filosóficos, al hedonismo, que parece casar tan bien con esta época de veraniega. La “vida buena”, en cambio, nos habla de ética, de responsabilidad y de Aristóteles, que entendía que el objetivo de cualquier persona no es la acumulación de placeres sino la vida virtuosa.

Hoy no conviene hablar de virtud. Primero, porque, como se diche ahora «no renta». Se pueden vender vinos, cruceros o incluso casas a cuenta –o con el cuento- de la buena vida, pero poco venderemos hablando de moral. Pero es que incluso los filósofos rechazan hoy cualquier defensa de la virtud, mal vista desde que la Ilustración rechazó la tradición y la religión como base de la moral. El pensamiento ilustrado tuvo el enorme mérito de reconocer la dignidad de la persona como centro de la teoría política, pero una vez admitido este principio y su corolario de los derechos humanos, los filósofos consideraron que no cabía hablar de moral. Para los utilitaristas como Bentham o Hume, porque no había otro criterio de justicia o bondad que la utilidad máxima del mayor número; para los kantianos, porque no hay más norma moral que la que cada uno se impone, con el único límite del respeto a los demás. Sería por tanto inútil debatir en la vida política sobre lo ético porque no hay forma de saber lo que es, y además sería peligroso porque cualquier conclusión sería siempre una imposición de un grupo frente a otro. La moral y la virtud, como la religión -tan ligada para muchos a aquellas-, deberían por tanto limitarse al ámbito privado. Los Estados liberales son una extraordinaria mejora frente a las teocracias o totalitarismos que imponen una visión única que anula la esfera privada. Sin embargo, la falta de debate público sobre lo que es bueno y justo puede ser la falla por la que los autoritarismos se cuelen para volver a dominar nuestra sociedad.

En primer lugar, porque renunciar a la ética va en contra de una necesidad antropológica de encontrar un sentido a lo que nos rodea. Los psicólogos han descrito cómo el hombre crea patrones causales para todo lo que ve, porque los necesita para situarse en el mundo. Necesitamos saber el porqué y para qué de las cosas y sobre todo de nuestra vida. Cuando Aristóteles estudia la virtud, no pretende descubrir qué quieren de nosotros los dioses, sino algo más sencillo -y mucho más moderno-: cómo puede el hombre ser feliz. La respuesta es que solo podemos serlo cumpliendo con nuestro objetivo como seres humanos, y determinar ese fin solo se puede responder desde la moral.

Además, no es posible recluir esa cuestión al ámbito privado, porque como explica Harari en su obra Sapiens, el desarrollo del hombre deriva de la ampliación de la colaboración en grupos humanos cada vez mayores, y eso solo es posible gracias al lenguaje y a los mitos y relatos comunes. Si dejamos fuera del relato los aspectos éticos, se crea un vacío, y es fácil detectar cómo en las sociedades occidentales ese espacio  de la ética común va siendo ocupado por otros relatos.

El que puede considerarse dominante hoy es el discurso neoliberal que sostiene que en  un Estado que respeta la libertad individual, el mercado da la respuesta a todas las cuestiones que antes decidía la moral: ya no es necesario dictaminar lo que es justo o bueno, pues cualquier problema se resuelve con la oferta y la demanda. Esto se aplica al precio de la fruta, por supuesto, pero también al medio ambiente, gravando las emisiones o a la contaminación; todo tiene un precio y el mercado es capaz de hallar siempre el equilibrio más eficiente. O quizás no: basta seguir los debates sobre cuestiones sobre la maternidad subrogada para ver que no todo tiene un precio;  Michael Sandel, reciente Premio Princesa de Asturias,  destaca que someter al mercado determinados bienes los corrompe y degrada las relaciones sociales en su conjunto. La crisis financiera, la creciente desigualdad, y la desconfianza en los mercados son otros síntomas de la insuficiencia de esta teoría.

El vacío que deja el debate moral tiene otras consecuencias nocivas. Cuando no cabe defender las posiciones éticas de manera racional, la opinión subjetiva y emocional es lo único válido: nadie tendría derecho a discutir lo que yo pienso/siento. En su libro “La mimada mente americana” Haidt y Lukianoff alertan de que en las universidades de EE.UU. ya no se puede debatir sobre multitud de cuestiones. La universidad ya no pretende que los alumnos defiendan sus convicciones, sino que estén protegidos de lo que pueda ofenderles. Esto lleva a la aparición de la censura en aras de la corrección política, a la habilitación de “espacios seguros” y otras medidas que no solo desvirtúan la esencia del mundo universitario –el debate racional- sino que infantilizan a los estudiantes haciéndolos más débiles y vulnerables.

La extensión de este fenómeno a toda la sociedad tiene como efecto inevitable la fragmentación social: cada grupo religioso o ideológico no está obligado a defender racionalmente su postura y además es crecientemente susceptible a cualquier ofensa real o imaginada. Esta tendencia, originada en la corrección política izquierdista alienta los movimientos radicales de cualquier signo, pues al identificar la moral con algo totalmente subjetivo, refuerza a los movimientos identitarios, tan ligados a la emoción. Reducir la ética al sentimiento favorece la manipulación por los políticos oportunistas y también que el adversario se preciba como enemigo. Por ejemplo, es frecuente escuchar que no se puede ignorar el sentimiento independentista de muchas personas; pero lo que habría que discutir no es qué sienten ni cuántos son, sino si esa independencia es moralmente valiosa. ¿Va a favorecer la solidaridad o la exclusión? ¿Nos va a dar más libertad? Asuntos como eutanasia, la inmigración o las políticas educativas o familiares también deben ser tratados desde la moral, preguntándonos sobre los fines u objetivos: ¿Cuándo deja de tener sentido tiene la vida? ¿Afecta la enfermedad a mi dignidad? ¿Cuales sin los fines de la familia? ¿Se pueden justificar las fronteras?

En contra de la tendencia general, se alzan voces como la de Sandel e incluso la de algún político: “Es absurdo pedir que las personas no aporten su moralidad personal a los debates sobre políticas públicas. Las leyes son por definición una codificación de moralidad, en gran parte fundada en la tradición judeo-cristiana”. La cita –algunos se sorprenderán- es de Obama.

El desprestigio de la política tiene mucho que ver con este alejamiento de la moral, porque tras las manidas etiquetas de progresistas, liberales o conservadores detectamos la total ausencia de reflexión ética. Para ser una sociedad sólida y cohesionada debemos ser capaces de defender nuestra visión de la vida buena en cada aspecto de la política y del Derecho, desde la razón pero sin que puedan ser descalificada por coincidir con nuestras convicciones religiosas, admitiendo la crítica y buscando siempre los puntos comunes y el compromiso. Y debemos exigir a los políticos que  hagan lo mismo.

 

Nota: la presente es una versión ligeramente más extensa que la columna publicada en ABC