Recomendaciones de lectura: A short history of Brexit, Kevin O’Rourke, Penguin.

“La situación actual es tan terrible como la de 1846”, escribió el Primer Ministro Macmillan en su diario en 1961. Macmillan recordaba la división del Partido Conservador por la derogación de las “leyes de granos”, aprobadas para hacer frente al bloqueo continental de Napoleón.

Derogar las  leyes de granos era primordial porque el sector agrario británico era muy ineficiente, lo que hacia que el coste de la vida fuera muy alto y sus costes se trasladasen a la industria vía salarios. Pero la derogación de las leyes de granos suponía un enorme perjuicio para los propietarios del suelo, que eran la base del Partido Conservador.

La ruptura de 1961 también dividía en dos al Partido Conservador. Al salir de la guerra, los británicos no habían decidido si querían ser un país europeo o, por el contrario, si el Imperio Británico iba a seguir liderando el mundo. Los “seis” europeos habían creado la Comunidad Económica Europea (en adelante CEE) en 1957. Los británicos nunca creyeron que la CEE tendría éxito, pero en los sesenta tenían claro que se habían equivocado. Para hacer frente a los “seis”, los británicos federaron a los “otros seis” y crearon la EFTA (European Free Trade Association) que agrupaba los tres escandinavos (Suecia, Noruega y Dinamarca), los dos neutrales (Austria y Suiza) y el Reino Unido (en adelante RU). La EFTA tuvo cierto éxito pero los británicos pronto anticiparon que los países de la EFTA se convertirían, de forma inexorable, en miembros de la CEE y que la única salida para la economía británica era entrar en la CEE lo que vetó De Gaulle, pero aceptó Pompidou, al principio de los setenta.

La historia de los acontecimientos anteriores, junto con el desarrollo posterior, nos es relatada de forma inteligente, brillante y pormenorizada por Kevin O’Rourke en el libro del que damos cuenta.

El autor nos relata cómo el Partido Laborista se opuso a la entrada en la CEE por ser una asociación de capitalistas, pero no se atrevió a plantear la salida y todo se solucionó con un referéndum celebrado el 05/06/1975 en el que el 67% votó a favor de la permanencia y el 33% en contra con una participación del 64%.

El Partido Conservador viró hacia el europeísmo al ser protagonista e impulsor del mercado único en los ochenta pero, a partir de ahí, comenzó a mirar con recelo la unión cada día “más estrecha” que trataban de conseguir los europeos. El liderazgo de Tony Blair supuso un giro europeísta del Partido Laborista mientras el alma del Partido Conservador se alejaba de Europa progresivamente.

Diversos acontecimientos van llevando al RU hacia los dos referenda. Está demostrado en Europa que en  los referenda se vota, con frecuencia, contra el Gobierno. El Gobierno de Cameron pudo ganar el referéndum sobre la independencia escocesa pero perdió el del brexit.

El autor analiza pormenorizadamente las razones del triunfo de los brexiters sobre los remainers,poniendo de relieve dos hechos relevantes. Al estar divididos los brexiters entre el UKIP de Neil Farage y una parte del Partido Conservador liderada por Boris Johnson, los brexiters pudieron sumar votantes muy heterogéneos en la misma dirección. El autor considera otra razón: el exceso de los recortes del Gobierno de Cameron y Osborne. Pero, por el contrario, pone de relieve que la crisis en el RU había sido de menor gravedad que en los países de la UE.

Aprobado el Brexit, se pone de manifiesto que ni el Partido Conservador ni el Gobierno de Cameron o de May tenían idea alguna sobre cómo  gestionar la nueva situación.

El Gobierno británico no sabia cómo funcionaba un país tercero frente a la UE quizá porque llevaban muchos años dentro de ella. Tampoco tenía claro lo que supone la membresía en la Organización Mundial de Comercio (OMC) cuya pertenencia tendría importantes efectos una vez fuera de la UE.

Un día, un Ministro decía que el sector financiero no sufriría porque rápidamente se produciría un reconocimiento mutuo de los sistemas financieros que podrían operar libremente entre la UE y el RU. Al día siguiente, otro Ministro decía que se establecería un régimen especial para el sector del automóvil con libertad de comercio total para el sector. Lo que no sabía el Ministro es que la OMC prohíbe esos acuerdos sectoriales. Por último, poco a poco, se iba poniendo de manifiesto que el problema fundamental era Irlanda. Nunca en la campaña del referéndum se había destacado que los Acuerdos del Viernes Santo que trajeron la paz a Irlanda estaban montados sobre la pertenencia de las dos Irlandas a la UE y que, sin ésta, los acuerdos no se cumplirían en una parte esencial. Los años de violencia que discretamente se llaman «the troubles” volvían a la realidad de la mano del brexit.

El Gobierno británico iba analizando los distintos modelos de relación con la UE sin llegar a saber cual prefería.

El modelo noruego y el suizo suponen aceptar la libre circulación de personas y la competencia, aunque restringida, del Tribunal de la Unión. El modelo turco se refiere únicamente a las mercancías pero no a los servicios, fundamentales para la economía británica. El modelo OMC es viable pero supondría un alejamiento traumático entre el RU y la UE. Queda lo que se llama el modelo Canadá que es de poco contenido. Al final parece que el Gobierno británico optaba por un modelo Canadá plus, que nadie ha conseguido explicar como funcionaria.

La postura de la UE fue adoptada, en poco tiempo y de forma unánime, entre los veintisiete países. La UE determinó que la negociación se haría en dos fases y que solamente podría abrirse la segunda una vez que existiera un acuerdo sobre la primera, que comprendía tres aspectos: el status de los comunitarios en el RU y de los británicos en la UE, el finiquito a pagar por el RU por su condición de miembro y la frontera entre las dos Irlandas.

Los dos primeros puntos fueron acordados sin excesivos problemas, pero el tema de la frontera irlandesa demostró que el brexit era una mala decisión con consecuencias malas para todos.

Los veintisiete pusieron como condición sine qua nonque, para preservar los Acuerdos de Viernes Santo, entre las dos Irlandas no podía haber fronteras. Ello suponía que la circulación de bienes y servicios entre las dos Irlandas sería libre, lo que implica que o bien Irlanda del Norte pertenezca a la unión aduanera o, mejor, al mercado único, o que su legislación sea un espejo de la de la UE. Como no se sabe cual va a ser el régimen comercial entre la UE y el RU, la UE se dota de una garantía o backstop que asegura que no habrá frontera irlandesa independientemente de cual sea la relación entre el RU y la UE. En principio el backstop no tiene que aplicarse, pero en sí supone una limitación de la soberanía británica. Está claro que si un bien entra libremente en Irlanda del Norte y, por tanto, en Irlanda del Sur, ya puede circular libremente por toda la UE por lo que efectivamente la legislación aplicable en la aduana de Irlanda del Norte será la de la UE y eso limita la soberanía británica aunque esta limitación no viene del brexit sino de los acuerdos de Viernes Santo. Consecuentemente, si un bien al entrar en Irlanda del Norte entra en la UE, la consecuencia es que tiene que haber una aduana entre Irlanda del Norte y el resto del RU, de lo que se deduce que el brexit sirve para desunir el RU y ello sin hablar de Escocia.

El RU trató de dar otra solución apelando a la tecnología y a la inteligencia artificial. Trató también de convertirse en agente aduanero de la UE en Irlanda del Norte e incluso sugirió que se hiciera la vista gorda en la aduana, pero al final no ofreció ninguna solución válida. Si en América se permite tratar los esqueletos de pollo con lejía y tienen prohibida su entrada en la UE, es preciso que la aduana de Irlanda del Norte siga las reglas comunitarias o que haya una aduana entre las dos Irlandas. No es solo un problema arancelario o de restricciones cuantitativas al comercio, sino también de reglas fitosanitarias, derechos antidumping, reglas de origen y todos los ítem del comercio internacional.

A riesgo de ser pronosticador, de la lectura de este libro se deduce que solamente hay dos posibilidades: o un brexit duro sin acuerdo y con frontera irlandesa o una prórroga en la condición de miembro de la UE durante varios años y ya veremos cómo se sale de este embrollo.