Banalización y legalización del cannabis

En este reciente artículo del Economist, que celebra que muchos países estén legalizando el uso terapéutico y recreativo del cannabis, se lee lo siguiente: “Pero el consumo de cannabis no está totalmente libre de riesgos… uno de cada diez se convierten en adictos. En dosis altas hay riesgo de psicosis. En adolescentes hay riesgo de un deficiente desarrollo cerebral. Pero dada la cantidad de porros que se fuman por diversión, es llamativo que poco daño hacen”. Es difícil decir algo tan contradictorio y dañino en tan pocas palabras. La verdad es que el perjuicio del consumo de cannabis es enorme y creciente, muy especialmente para los jóvenes. Artículos como este, seguramente dictados por intereses económicos, contribuyen a agravarlo, promoviendo la banalización de este consumo y su legalización sin control.

Veamos primero los efectos del consumo sobre la salud que al Economist le parecen tan ligeros.

El consumo habitual de cannabis multiplica por 4 el riesgo de sufrir brotes psicóticos, es decir enfermedades mentales graves como la esquizofrenia (ver aquíaquí). Un 33% de los diagnosticados por estas enfermedades son consumidores habituales y el periodo entre el inicio del consumo y el brote son solo 6 años de media (ver aquí). También aumenta en un 30% el riesgo de depresión, y en un 350% el de tentativa de suicidio (aquí) y, multiplica por tres los episodios graves en las personas con trastorno bipolar (aquí). Las capacidades cognitivas también quedan seriamente afectadas por el consumo habitual: se produce una bajada de entre 6 y 8 puntos en el coeficiente intelectual, afectando especialmente a la memoria (aquí).

Todos los anteriores efectos se agravan enormemente si el consumo comienza en la adolescencia. Además en estos casos el cese en el consumo no revierte los efectos como sucede, al menos parcialmente, si el consumo empieza más tarde. La razón de todo ello es que se ha comprobado que el consumo temprano de cannabis modifica el desarrollo del cerebro (aquí), reduciendo el tamaño del hipocampo, parte relacionada con la memoria, y alterando el cuerpo estriado, relacionado con la emisión de dopamina y la motivación (aquí). Estudios recientes (que se citan en este artículo) parecen indicar que los niños cuyas madres lo consumen durante el embarazo también sufrirán esos problemas.

Está claro que los efectos del consumo continuado de cannabis son gravísimos e irreversibles si se produce en la adolescencia. Pero, el efecto no solo es grave en morbilidad sino en prevalencia de consumo, por lo que no resulta exagerado hablar de pandemia. Mientras que el consumo de tabaco se ha ido reduciendo de manera significativa desde hace 25 años, ha sucedido lo contrario con el de cannabis, que ha aumentado en un 50% en el mismo periodo -tanto el ocasional como el habitual-. En el caso de los adolescentes entre 14 y 18 el consumo habitual llega al 20% (aquí). A pesar de que en los últimos años es cuando se han confirmado la mayoría de los gravísimos riesgos señalados, no ha aumentado la percepción del riesgo (a diferencia de lo que ha sucedido con el tabaco). El cannabis es además altamente adictivo, lo que es lógico pues su uso continuado reduce la producción endógena de dopamina (ver aquí): un 10% de sus usuarios se convierten en adictos, porcentaje que se eleva al 15% entre los consumidores jóvenes. La doble adicción al tabaco y cannabis es frecuente y se retroalimenta, y ahora se ha abierto un nuevo frente con la nueva forma de consumo que es el vapeo (aquí).

Es evidente que el que una quinta parte de nuestros jóvenes tengan graves problemas de desarrollo cognitivo, que se duplique el número de personas con enfermedades mentales graves o que un 2% de la población sean drogadictos no es un daño irrelevante -como sostienen el Economist y otros muchos otros defensores del cannabis-. Muy al contrario, conlleva un enorme problema social y de salud pública, y una infinidad de terribles tragedias personales.

¿Qué hacer? Parece evidente que lo primero es realizar campañas de información, especialmente entre los jóvenes para aumentar la percepción del riesgo. Sabemos que los jóvenes son poco sensibles a los riesgos a largo plazo, pero en este caso -a diferencia del tabaco- los efectos sobre inmediatos sobre el rendimiento académico y a corto plazo sobre la salud mental. Más allá de las estadísticas, hemos visto ya descarrilar demasiadas vidas de jóvenes por este motivo, tanto en mi generación como en la de mis hijos.

Conviene también tratar de evitar la desinformación que se está produciendo en relación con el uso terapéutico del cannabis. Su principio activo ya es utilizado con fines médicos, pasando las pruebas y los controles de cualquier otro medicamento (como este). Pero sus beneficios no son muy claros (aquí) y el problema es que lo que se pretende con la legalización terapéutica es banalizar su uso: hace unos años me sorprendió ver como una playa de Los Ángeles se había llenado de tiendas de marihuana de las que salían tipos disfrazados de verde para indicarte que si te dolía el cuello o la espalda te podían vender derivados del cannabis legalmente… Como con todo cinismo dice el propio Economist  “cuando la abuela empieza fumar porros para su artritis, la droga entra en la normalidad”. Permitir su uso supuestamente medicinal sin control efectivo en una sociedad poco informada de sus efectos nocivos es peligrosísimo. Parece mentira que no se haya aprendido nada del abuso de drogas para uso terapéutico, cuyo último y gravísimo caso es el de los opiáceos vendidos en EE.UU. como analgésicos. Otro artículo del mismo número del Economist señalaba que se calcula que el abuso de estas drogas legales provoca más de 50.000 muertes anuales y tendrá un coste de cientos de miles de millones de dólares.

También se propone la legalización general de la venta de cannabis, como forma de evitar el tráfico ilegal y las mafias. Actualmente nuestro código penal considera el cannabis como droga no gravemente perjudicial y penaliza el tráfico pero no el consumo –aunque su consumo en lugares públicos es infracción administrativa castigada con multa-. Es cierto que esto no está impidiendo su consumo generalizado por mayores y jóvenes, pero todos los estudios muestran que la legalización la haría aún más accesible y aceptable socialmente (un 10% de los jóvenes que nunca han consumido dicen que lo harían si fuera legal). Antes de plantearse la legalización sería necesario un enorme esfuerzo de concienciación de sus riesgos, y tendría que prohibirse y perseguirse –de manera eficaz- el consumo por menores. Además, debería ser objeto de impuestos que repercutieran el extraordinario coste social que tiene su consumo, lo que obligaría a controlar el mercado negro. Si en lugar de hacer todo esto se opta por hacer del cannabis un producto de “buen rollo” y de su legalización una fiesta, se agravará de manera exponencial el gravísimo problema que ya tenemos.

Y no nos engañemos, los que promueven la banalización y legalización del cannabis no son hippies románticos (no lo es Economist, desde luego), sino, igual que con los opiáceos, empresas e inversores en busca de un enorme negocio (ver aquí).

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