¿Son una buena idea los exámenes tipo test en las universidades españolas?

Una profesora de Universidad pública nos manda estas reflexiones que queremos compartir con nuestros lectores para abrir un debate que nos parece muy relevante. Sabido es que nuestras universidades no brillan especialmente en los principales rankings internacionales. En este blog hemos hablado mucho de endogamia, de rectores plagiarios, del sistema de evaluación de la ANECA, de la gobernanza en la Universidad…pero quizás ahora toca detenerse en otro aspecto que hasta ahora no habíamos tratado: la proliferación y extensión en diferentes universidades españolas de los exámenes tipo test incluso en carreras «de letras» en las que la comprensión y la estructuración de los contenidos y la buena expresión oral y escrita resulta esencial para el ejercicio profesional. Pensemos en carreras de Ciencias Sociales como Derecho, Políticas, Sociología, Historia, Filosofía, Relaciones internacionales o cualquier combinación que el lector desee. ¿Es posible que con este examen se midan de verdad las competencias que el alumno va a necesitar más adelante? Parece además que esta modalidad de examen se extiende a otras disciplinas «de ciencias».

Nuestra profesora preocupada nos dice que ella y muchos de sus colegas piensan que no es probable. Además, añade, los ensayos y prácticas que deben completar la nota final también son a veces tipo test. Y esto en materias como Ciencia política, Historia de las ideas, Derecho constitucional, Economía etc. A veces el examen es en parte tipo test (como criba) y luego hay una pregunta larga para que el estudiante la desarrolle, pero no siempre es así.

Nuestra profesora piensa que seguramente esto se deba a incentivos perversos generados por diferentes motivos:

1.- muchos alumnos (aunque en teoría con el Plan Bolonia no pueden ser más de 25, en la práctica en algunas universidades pueden llegar a ser 100 o más por clase). Pero el recurso a las pruebas tipo test ocurre incluso en clases con pocos alumnos.

2.- los profesores prefieren no tener que dedicar mucho tiempo a corregir. El sistema les carga con tantas tareas burocráticas, les exige tantas publicaciones y supuestos méritos académicos que apenas queda tiempo para nada más (aunque sea lo más importante, en realidad).

3.- la revisión de exámenes: en muchos casos, las revisiones se han convertido en un problema adicional: muchos alumnos exigen la revisión del examen con o sin motivo, presionan, manipulan, exigen, quieren comentar y discutir sus respuestas etc. etc. Y una manera de librarse de este engorro es el test.

Por otro lado, también hay que tener en cuenta que a menudo los alumnos tienen un nivel bajo de expresión escrita por lo que muchos profesores consideran que no tienen por qué corregir puntos y comas, acentos y faltas de ortografía. Pues bien, el examen tipo test evita tener que dedicarse a corregir estos fallos que no debería cometer un estudiante de universidad (que además ha aprobado la selectividad), pero que lamentablemente sí cometen. No sólo se evita corregir lo que no debería corregirse en la Universidad, sino que, aunque parezca absurdo, se evita “el bajón” de comprobar el nivel de muchos de los alumnos. Mejor no ver lo que uno no quiere ver.

Los alumnos son muy conscientes de que en general el tipo test les favorece. Por eso, cuando se les pregunta, la mayoría dice que prefiere el test. Incluso reconocen (no digamos ya en los grados bilingües) que así aprenden menos pero que es más fácil aprobar. Son pocos alumnos los que se quejan y/o se atreven a protestar.

Las consecuencias parecen serias. No se enseña a redactar, a pensar, a relacionar contenidos, a comparar, a sacar conclusiones etc. No se corrigen los fallos y errores de expresión y contenido y no se favorece a los mejores alumnos que redactan y piensan bien. Incluso les perjudica porque se los coloca al mismo nivel que el que aprueba el test pero que sería incapaz de redactar un texto complejo. Se da el caso de alumnos que en el examen tipo test sacan muy buenas notas y luego se sorprenden de que en otras asignaturas donde el examen no es tipo test obtienen malas calificaciones o suspenden. Muchos se lamentan de que nadie nunca les haya dicho que tienen problemas de redacción y expresión, pero lo peor es que una vez más se perjudica a los más débiles: al alumno que no sabe expresarse ni pensar bien y que sale de la universidad con falsas expectativas sin haber escrito apenas nada y sin que nadie le haya hecho ver que va a tener un problema en el mundo laboral donde un mercado muy competitivo hará una selección muchos más dura.

Nuestra profesora se pregunta ¿cómo es posible demostrar que se sabe y comprende la influencia de, por ejemplo, Hegel en Marx o las diferencias entre Platón y los sofistas contestando a un test? ¿O que se comprende la relación entre el tratado de Versalles y el ascenso del fascismo? Los juristas también podemos pensar en muchos ejemplos parecidos.

En fin, nos parece que este tema merece un debate serio y en profundidad. Nos encantaría saber si los profesores que solo utilizan este tipo de exámenes cuentan con argumentos de peso de carácter pedagógico para defenderlos. Es decir, si realmente consideran que es el mejor modo de enseñar y aprender, y si de verdad creen que redunda en beneficio de los alumnos, sobre todo de los que tiene más dificultades.