Nosotros o el caos, pero el caos también somos nosotros: sobre la prórroga del estado de alarma

La aparición, relativamente repentina, de la pandemia en nuestras vidas ha supuesto un considerable golpe en las estructuras de nuestra vida individual, en nuestro sistema económico y, también, en nuestro ordenamiento jurídico. En este blog hemos tenido oportunidad de comentar con sentido crítico cómo las disposiciones normativas promulgadas en estos tiempos han afectado a afectado a los otros dos ámbitos, el personal y el económico, poniendo, como siempre, especial acento en aquéllas cuestiones que pudieran afectar al entramado institucional y a la solidez del Estado de Derecho. Si duda, muchas de las debilidades que pueda mostrar nuestro sistema en estos campos no es de ahora; simplemente se agrava con la pandemia porque pone en tensión sus estructuras y muestra donde están sus debilidades. Cabría decir que la pandemia, frente al Estado de Derecho, es como un animal que se cruza ante tu coche frente a la seguridad vial: sin duda es algo relativamente difícil de controlar, pero quizá una parte de la responsabilidad del accidente se deba a no haber pasado la ITV, no llevar cinturones de seguridad y haberse quizá tomado alguna copita antes.

La trayectoria mostrada por el gobierno en esta cuestión arrastra parte de esos defectos previos y, muy probablemente, añade algunos más: precipitación, confusión y un talante autoritario y poco adecuado al espíritu de concordia que debería presidir una crisis como la presente. Se dice que de esta situación salimos todos juntos pero, en la práctica, parece que sólo cabe obedecer a lo que dice un gobierno muy poco dispuesto no sólo a aceptar críticas sino simplemente a escuchar sugerencias, si no es a toro pasado y para cubrir unas apariencias que, en realidad, están desnudas.

Sin duda, es un trago muy amargo para la oposición tener que comparecer en el Congreso a aceptar un trágala como están siendo estas ratificaciones del estado de alarma y convalidaciones de los Reales Decretos Leyes. Pero ¿es aceptable una negativa sin más por no estar de acuerdo con el talante y las medidas del gobierno?

Una vez más nos encontramos con la disyuntiva entre el interés particular que pueda tener un partido en desgastar a un gobierno que le parece nocivo (o simplemente porque querría ocupar su lugar) y el interés general del país. Muchas veces no será fácil determinar cuál es el interés general entre las diversas opciones que se nos ofrecen, más o menos etéreas o discutibles, pero en este caso está claramente encarnado con contornos bien visibles en un virus mortal que hay que combatir. Las consecuencias de eliminar la cobertura legal del estado de alarma previsiblemente supondrán vidas humanas o por lo menos complicarán bastante más la lucha contra la pandemia y no es fácil sustituir el estado de alarma por otra cobertura jurídica en un breve plazo y con los mismos efectos, tal y como ha explicado el profesor Germán Teruel en este mismo blog.

Por supuesto, eso no quiere decir que haya que transigir ante el chantaje de quienes ponen esos posibles muertos sobre la mesa para tratar de imponer una especie de rodillo (Pablo Echenique) pero tampoco cabe oponerse a la prórroga del estado de alarma, sin una oferta que se estime mejor desde el punto de vista técnico y de gestión, suficientemente fundamentada, de tal manera que no pueda rechazarse sin más y dé lugar a algún tipo de negociación. Solo en el caso de que ésta no existiera o fuera burdamente rechazada parecería razonable negarse a la prórroga. En definitiva, se trata de discutir en serio si existen de verdad otros instrumentos legales y técnicos que no necesiten el estado de alarma pero que sean suficientemente eficaces para proteger a la población, pero habrá que precisar cuales son. No vale invocar su existencia. El principal partido de la oposición ha tenido casi dos meses para hacer los deberes. Si no los ha hecho no ha sido culpa del Gobierno; si no hay plan B, quizás también es su responsabilidad.

Se nos ocurre que una oposición menos vociferante y más sosegada e ilustrada hubiera ayudado en este punto. Llegados a este punto, y para que la ciudadanía española no sea tomada como rehén en este rifirrafe impresentable convendría sentarse de una vez a acordar las medidas de la desescalada  tanto las jurídicas, como las económicas, las técnicas y las sanitarias no solo entre los partidos políticos sino con el resto de los agentes sociales teniendo como libro de cabecera lo que recomienden los expertos en epidemiología.  Cuantos más mejor, por cierto, visto lo visto. Y tampoco estaría de más mirar a nuestros vecinos de Portugal, que lo están haciendo francamente bien. A lo mejor tiene algo que ver con que ellos no salieron a conducir con unas copas de más, el coche sin pasar por la ITV y sin cinturones de seguridad, como ha hecho nuestra clase política.  Al final se trata de tener un gobierno y una oposición igualmente responsables.

Al ciudadano no le vale ya lo de «nosotros o el caos», porque el caos parecen serlo todos ellos. A ver si aprendemos y buscamos soluciones algo más consensuadas y eficaces.

 

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