Sobre “el CIS de Tezanos”: motivos técnicos para una destitución

El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) se ha convertido a través de los años y con un esfuerzo colectivo de grandes profesionales en una institución de referencia imprescindible tanto para las Ciencias Sociales como para nuestra “democracia de audiencia”, que diría Bernard Manin. En particular, sus encuestas lo sitúan como una de las encuestadoras más importantes del mundo. Sin embargo, en los últimos tiempos se ha situado triste y recurrentemente en el foco de la noticia, llegándose a hablar del “CIS de Tezanos” en un tono descalificativo que desgraciadamente, y como intentaré mostrar, no carece de fundamento.

Los académicos que hacemos uso de estas encuestas hemos venido observando importantes problemas en el trabajo del Centro desde la llegada de José Félix Tezanos a su dirección. Como explicaba Rodrigo Tena aquí, ciertamente el jubilado Catedrático de Sociología contaba con la formación necesaria para ejercer el puesto. Sin embargo, su pertenencia a la ejecutiva del partido del Gobierno no anunciaba nada bueno.

Aunque mi especialidad es la Teoría Política y no las encuestas, sigo la cuestión con interés y desasosiego. Sirva esta posición mía, intermedia entre la Ciencia Política empírica y las aproximaciones más humanísticas de la disciplina, para intentar poner en palabras sencillas los graves errores técnicos, más allá de las superficiales sospechas mediáticas, que a menudo llegan a mis oídos de muchos compañeros que sí tienen un profundo conocimiento de la materia. Vaya para ellos mi agradecimiento, pues mucho aprendo de ellos, y sea mía la responsabilidad, que poco temo y nada debo.

Permítaseme comenzar por aspectos poco conocidos por el público general. En primer lugar, sin explicación alguna se han dejado de realizar algunos estudios monográficos con gran impacto como “Actitudes hacia la inmigración”, tras diez años ininterrumpidos, “Calidad de los servicios públicos”, alguna edición del “Barómetro de Vivienda y de Alquiler” o la versión española del Latinobarómetro. Además, en el momento de escribir estas líneas, está en el aire, de nuevo, la Encuesta Social Europea. Quizás el lector lego en la materia desconozca la importancia de realizar las mismas preguntas a lo largo de los años y en varios países, pero esto nos permite a los investigadores sacar gran parte de nuestras conclusiones.

En el mismo sentido, y segundo, tampoco se entiende la omisión o modificación de preguntas que rompen series fundamentales y que habrían resultado claves para entender la actualidad política: recordemos por ejemplo la omisión de la pregunta sobre la intención de ir a votar en la encuesta preelectoral andaluza. También hay cambios no explicados en el orden habitual de las preguntas, lo que en algunos casos perjudica de nuevo a las series: si uno de repente cambia de criterio y le pregunta al encuestado por su situación económica personal antes que por su opinión política, es muy posible que se altere el resultado y, con ello, que se acaben realizando comparaciones espurias. Estos cambios han sido notables al tener que adaptar la encuesta para hacerla durante la pandemia, y algunas de las decisiones necesarias han sido muy cuestionables, como puede verse aquí.

En tercer lugar, no hay forma de explicar los continuos cambios en las decisiones sobre la estimación del voto, que suponen la primera fuente de desprestigio público para el Centro. Es cierto que parte de este desprestigio viene de malentendidos sobre la naturaleza de las estimaciones de voto, por lo que debo hacer aquí un inciso para resumir en qué consiste esta labor.

Cuando preguntamos a los ciudadanos a quién votarían en “las próximas elecciones”, aun siendo cercanas, hay una parte importante de los ciudadanos que dice no saberlo. Sin embargo, también muchos de ellos dicen tener intención de votar (aunque siempre son más de los que luego realmente acuden). Por tanto, con el resultado de esa pregunta no puede uno hacerse una idea de qué podría pasar si efectivamente hubiera elecciones.

Es este un dato que, evidentemente, tiene gran interés periodístico y político. Por ello, muchos especialistas (no sólo del CIS; especialmente, asesores de los partidos políticos) intentan adivinar a quién votarían esos que dicen no saber a quién votar. Este proceso se puede mediar con fórmulas matemáticas, pero hay incluso quien lo hacía leyendo una por una las respuestas de los indecisos, como un verdadero artesano de la opinión. Al final, es un proceder que, en mayor o menor medida, siempre se aleja algo de lo científico para acercarse al arte. Que no sea despectivo pues lo de que las encuestas “se cocinan”, pero quede claro que no todo el mundo es un Ferran Adrià.

Sin embargo, los lectores de estas encuestas, incluidos muchos medios, las cargan con unas expectativas que no les corresponden: esperan que “acierten” el resultado electoral. Como los resultados electorales son un dato contrastable, esto no puede llevar sino al descrédito de un instrumento que en ningún caso quiso “acertar”, sino orientar sobre la situación de la opinión pública en un momento dado. Con ello omiten: 1) que la estadística siempre cuenta con márgenes de error; 2) que, como bien sabemos, los encuestados, en mayor o menor grado, mienten; 3) o, sencillamente, no saben qué harán: por eso, la estimación es un cálculo y no un dato directo de la encuesta; 4) que el futuro es imprevisible. Nadie puede saber, ni siquiera usted mismo, si va a cambiar de opinión la mañana del domingo electoral, o qué acontecimientos ocurrirán hasta entonces.

Por cierto, que la reputación de Tezanos remontó con la idea de que “acertó” el resultado de abril. En este caso, la malinterpretación que he explicado derivó en buenas noticias. Sin embargo, no se sacaron las coherentes conclusiones negativas a partir de su fallido «pronóstico” para noviembre.

Es cierto que, durante periodos anteriores, las estimaciones del CIS venían cubiertas por un halo de oscurantismo que generaban una falsa serie (¿recuerdan la importancia de las series?), pues incluía resultados calculados con dispares (y secretas) fórmulas de medición. José Félix Tezanos se propuso deshacer el entuerto. Sin embargo, y aunque efectivamente la transparencia ha aumentado, también se ha generado confusión a partir de su volubilidad de criterio, presentando cada vez los datos de una forma: ora haciendo la estimación más simple (adscribiendo el voto de los indecisos al partido por el que sintieran simpatía), ora sin estimación, ora con estimación compleja (con “cocina”).

Además, el presidente del CIS ha puesto a la institución en la picota mediática al realizar todos los meses la pregunta de intención de voto, que antes sólo se hacía trimestralmente, restando espacio a los otros muchos estudios que realiza el Centro. Con ello, los bandazos son aún más notables. Y lo son aún más cuando las explicaciones a medios incluyen ruido en forma de posicionamientos políticos y desdén a la crítica. Como ejemplo, sirva el tono general de esta entrevista.

Además, la regularidad en la realización del trabajo de campo (el momento en que se hacen las preguntas) ha empeorado, tanto en el tamaño de las muestras como en las fechas de su realización. Antes, siempre se realizaban aproximadamente entre el 1 y el 10 de cada mes. Para el barómetro de abril fue del 30 de marzo al 8 de abril. Para el de octubre pasado, de 21 de septiembre a 13 de octubre. Pero es que el Barómetro de noviembre de 2019 fue del 28 de octubre a 9 de noviembre, con dos submuestras; una de ellas, del 4 al 9, a todas luces para poder ofrecer resultados de la última semana de campaña electoral. Es un periodo en que no se pueden publicar datos, pero sí leerlos y usarlos en campaña… si alguien te los proporciona.

Final y fundamentalmente, como adelantaba, existe todo un grupo de preguntas cuya formulación contrasta con la trayectoria del Centro, denotando falta de cuidado y esmero; especialmente, en algunas cuestiones que, casualmente, podrían ser de interés para el Gobierno. Cabe recordar que el propio Catedrático se ha responsabilizado personalmente de las preguntas en público.

Permítaseme excluir de esta pequeña muestra la reciente pregunta sobre restricción de la libertad de expresión, pues ya puede encontrarse analizada, por ejemplo, aquí. En primer lugar, quiero destacar cómo ha desaparecido todo criterio neutral para la pregunta sobre la valoración de los líderes políticos, un clásico de la institución (a la izquierda de este texto). Es cierto que el periodo de inestabilidad electoral ha podido hacer oportuno puntualmente introducir a líderes relevantes sin representación, pero esto se hace a costa de eliminar todo criterio. Además, se ha roto la serie, puesto que ahora se evalúa a los líderes del 1 al 10, por lo que un 5 significa menos de la mitad; menos del “aprobado” (¡echen la cuenta!). Por aplicar la teoría Michigan de eliminación del punto medio cuando, a mi humilde entender, no corresponde, se rompe una serie y se genera una incoherencia profunda con respecto al sentido que atribuyen los ciudadanos a la respuesta. Al fin y al cabo, ésta claramente vendrá influida por el sistema de evaluación escolar español.

Esta actitud carente de sensibilidad por los significados que atribuyen los encuestados a las palabras se puede hallar en más preguntas, que incluyen jerga sociológica. Ocurre, por ejemplo, cuando se pregunta directamente por la “clase social” sin ofrecer opciones de respuestas, un dato que habitualmente se infiere indirectamente por otras vías. También cuando se pregunta por la “simpatía” hacia los partidos, otro término sociológico que antes se preguntaba como “cercanía a las propias ideas”, y que ahora el entrevistado probablemente entenderá como “quién me parece más majo”.

No querría terminar sin presentarles una de las preguntas peor enunciadas (a la derecha de este texto). Estudio 3234, Diciembre 2018. Se pregunta que quién ha contribuido más a “lo logrado en la defensa de los intereses y posiciones de España sobre Gibraltar” durante las negociaciones del Brexit. Ojo a la redacción, que incluye con el verbo lograr una fuerte connotación positiva no pertinente. No es solo que entre las respuestas ofrecidas encontramos a la parte (el presidente/ la primera ministra) y al todo (sus respectivos gobiernos), con un nivel de sutileza que sobra de todo punto al entrevistado.  Es que, además, no se entiende para qué sirve hacer esta pregunta si no es para dar una buena noticia al gobierno. ¿Quién más podría haber velado por nuestros intereses en esas negociaciones? ¿Por qué el gobierno británico habría de hacerlo? ¿Negociaban los partidos políticos? ¿Quiénes son los negociadores de la UE? ¿Los puede conocer el ciudadano medio? En resumen, dada la consabida tendencia presidencialista de nuestro sistema político, se pedía atribuir un mérito bien a “Pedro Sánchez” o bien a opciones irrelevantes.

En definitiva, la situación en el CIS, pese a la contrastada profesionalidad de sus técnicos, se ha hecho insostenible bajo la responsabilidad de su Presidente, momento en que se ha extendido la discrecionalidad, la altivez y las fundadas sospechas de instrumentalización política. Los científicos sociales de todas las ramas haríamos bien en unirnos para hacer oír claramente nuestra voz y reclamar lo evidente: que necesitamos a un CIS a pleno rendimiento en estos momentos convulsos. Y que, sin acritud personal o política alguna, para que el trabajo recupere los estándares y credibilidad anteriores (elevados tanto con gobiernos socialistas como populares), José Félix Tezanos debe ser destituido.