Sociedades infantiles y sociedades adultas en tiempos de crisis

Uno de los aspectos más interesantes en los análisis políticos y sociológicos sobre cómo han reaccionado los diferentes gobiernos ante la crisis provocada por la pandemia es la relación de confianza entre gobiernos y ciudadanos. Hemos leído análisis sobre la efectividad en la reacción de los gobiernos, sobre el acierto en las medidas adoptadas, sobre su capacidad para conjugar medidas sanitarias y económicas, pero el aspecto que nos interesa en este artículo es la forma como el gobierno trata a sus ciudadanos, y la relación de confianza que establece con ellos.

En mi valoración, el gobierno de España ha tratado a la sociedad española como una sociedad infantil, en la que no se puede confiar. Esta valoración lleva a implantar medidas de confinamiento muy estrictas y a justificar cualquier acción bajo la premisa de que es preciso asegurar la vida y la salud de la población, para lo que es preciso forzar el comportamiento de los ciudadanos. Este modo de pensar lo hemos visto reflejado en las reiteradas noticias en todos los medios de comunicación sobre el elevado número de infracciones cometidas por los españoles y sancionadas por las autoridades. Y por esas imágenes que muestran como tras cada paso autorizado por el gobierno para recuperar algún espacio de libertad en paseos o salidas del hogar, la población irresponsable incumple las normas de distancia social y seguridad.

Esta valoración contrasta con los datos que reiteradamente indican que España, con uno de los regímenes de confinamiento más duros, ha mostrado el mayor nivel de cumplimiento y acatamiento de las normas fijadas por el gobierno.

Este tratamiento a la sociedad como infantil se contrapone a la de otros países, en la que los gobiernos han apostado por confiar en sus ciudadanos y traspasarles gran parte de la responsabilidad para lograr superar la crisis. Estos gobiernos han planteado unos criterios de confinamiento y cierre de la actividad económica más laxos, pero han reforzado los mensajes de concienciación a la población sobre la necesidad de mantener la distancia social, respetar las normas de distanciamiento, y en muchos casos llevar mascarilla. Muchos de ellos no han aplicado un cierre completo de la economía, sino que han aplicado un criterio más selectivo, basados en la posibilidad o no de cumplir criterios de distancia y seguridad en las diferentes actividades.

Uno se pregunta por qué el gobierno español desconfía tanto de sus ciudadanos en una sociedad que de forma reiterada ha dado muestras de civismo. Es verdad que tras cada relajación de alguna medida, las imágenes de personas saliendo a la calle en masa en cierta forma contradicen este discurso. Pero también es comprensible que, tras 2 meses encerrado en casa, el primer día sea más difícil controlar algunas actitudes. Cada tarde que tengo el privilegio de pasear por mi barrio no puedo sino ver una mayoría extraordinariamente respetuosa.

Un estudio interesante sería comprobar si a aquellos colectivos que inicialmente tuvieron menos restricciones se han visto más afectados por el virus. Las personas que tienen mascotas, que han paseado desde el primer día de confinamiento con extraordinaria libertad, ¿han sufrido una mayor incidencia en el contagio del virus? No puedo referenciar ningún estudio, pero apostaría a que no ha sucedido. Tampoco los colectivos que han podido mantener abiertos sus actividades económicas y han adoptado todo tipo de medidas de seguridad, como los supermercados parecen encontrarse entre los colectivos más afectados. ¿Debía cerrarse toda la actividad económica? o ¿podíamos pensar que aquellas actividades en las que era factible adoptar medidas de seguridad basadas en la distancia y en elementos de protección podrían haberse mantenido abiertas?

Una de las imágenes que mas me ha impactado durante todo este período ha sido la de unos policías persiguiendo a una persona que a una hora muy temprana había salido a hacer deporte a una playa desierta. Las noticias lo mostraban como un ejemplo de irresponsabilidad. Era una playa desierta en una hora muy temprana. El confinamiento, a pesar de que estamos a punto de olvidarlo, no era un fin en sí mismo. Tenía como objetivo ganar tiempo para la recuperación del colapso del sistema sanitario, reduciendo al mínimo la posibilidad de contagio. Su objetivo era minimizar la posibilidad de contagio. Uno se pregunta a quién podía contagiar aquella persona en una playa desierta a una hora temprana para merecer la persecución policial.

Todas las dudas se responden con la excusa de las desconfianzas en los ciudadanos. Los ciudadanos si no estamos sometidos por normas rígidas y estrictas nos comportaríamos mal. No hay nada que avale esa afirmación, pero parece que es la que se ha instalado en el gobierno. Nada bueno ha surgido nunca a lo largo de la historia de esa relación de gobernantes y sociedad.

Otros países han adoptado modelos de mayor confianza en la sociedad. Pero por supuesto esto exige una labor de transparencia y concienciación por parte de los gobiernos y autoridades sanitarias. El paradigma en este caso es Alemania. Es preciso contar a la gente lo que de verdad causa el virus, el riesgo real de muerte, el riesgo de secuelas aún cuando sobrevivas y la difícil recuperación de muchas semanas o meses, si sobrevives pero te ha afectado de forma severa. Todo eso se sigue hurtando de forma sorprendente a la opinión pública española, y en efecto, sin esa información es difícil la labor de concienciación, y es difícil esperar que la población se comporte de modo responsable.

Igualmente es preciso transmitir claridad y firmeza sobre las medidas de seguridad y prevención.  De nuevo en España el lema que se ha impuesto es el de “quédate en casa”. Un lema para una sociedad infantilizada en la que solo puedes confiar que se comportará bien si se mantiene en casa. Se echa en falta mucho mayor énfasis en la necesidad de mantener la distancia social, estrictas medidas de higiene y, por supuesto, llevar la mascarilla. Sobre el tema de la mascarilla ya escribimos un post anterior. No quiero volver a reincidir en el mismo tema, pero sí volver a expresar, no ya asombro sino bochorno, sobre acontecimientos posteriores a la publicación de ese post, en que no solo se ha incorporado mayor confusión a la sociedad española, sino que a la ya sorprendente excusa de “falsa seguridad”, hemos añadido la no menos sorprendente de “no preparados para una mascarilla demasiado buena”. Cuando también las mascarillas son de derechas o de izquierdas, la capacidad de asombro y bochorno con este tema no deja de crecer. Así, en efecto, es difícil que la sociedad pueda comportarse de forma cívica. Parece que no tanto por sus deméritos, sino por la incapacidad de gobiernos y expertos de poder comunicar con claridad como deben comportarse.

Como parece que los ejemplos asiáticos sobre el tema de las mascarillas a muchas personas le parecieron poco concluyentes, me permito referir el ejemplo del experto que salvó de un mayor impacto de la pandemia en varias zonas de Italia, para resumir su modelo: distancia social, higiene, por supuesto mascarillas, tests y rastreo de contagios. En cualquier caso, me resulta gratificante comprobar en cada paseo como una gran parte de la población lleva mascarilla, y muchos de ellos las mejores mascarillas que han podido obtener, haciendo caso omiso a recomendaciones confusas y sospechosamente ideologizadas. Quizás la sociedad ha decidido ir por delante del gobierno y los expertos. Esto nunca es una buena noticia porque significa que la sociedad ha llegado a la conclusión de que debe desconfiar de las recomendaciones del gobierno y sus expertos. Estas situaciones tampoco han terminado nunca nada bien.

Igualmente resulta preocupante como el modelo de desconfianza en los ciudadanos provoca mayor polarización y enfrentamiento en la sociedad. En el peculiar modelo de desescalada aplicado por el gobierno, resulta interesante escuchar a algunas personas afirmar que ellas prefieren mantenerse en la fase 0, aunque eso suponga un mayor impacto en la economía, que la economía nunca puede estar por encima de las vidas. Un argumento inapelable, pero algo tramposo. Sin duda valioso si viene de personas que no arriesgan su sueldo o su modo de vida, porque lo siguen percibiendo, pero tendría más valor si viniera de empresarios y autónomos que ven como se arruinan sus negocios, sus sueños y sus medios de vida. Debería dar para reflexión que no suele ser el caso. Nadie puede ser criticado por defender uno u otro criterio. Pero parecería apropiado que unos y otros pudiesen adoptar aquello que creen que va a ser más beneficioso para sus vidas, si ello no pone en riesgo la vida de los demás. Todos los días, en la televisión aparecen programas de entretenimiento, donde los presentadores no parecen tener problemas en desempeñar su trabajo, adaptado al tiempo que vivimos. El criterio por el que unas actividades se han mantenido, y otras han tenido que cerrar, resulta muchas veces difícil de explicar viendo estos ejemplos. Se olvida, por la peculiar comunicación de gobierno y autoridades sanitarias en España, que la solución a la pandemia no vendrá de permanecer en casa muchos meses, sino de aprender a convivir con el virus adoptando las necesarias medidas de seguridad.

De nuevo confiar en los ciudadanos suele resolver con más facilidad estos dilemas morales, que no hacen sino polarizar a la sociedad. Reconozco que a mí me resulta cada vez más perturbador e inquietante tener que salir a pasear en franjas horarias fijadas por el gobierno.

En un gráfico preparado por un profesor del IESE, Luis Huete, que se ha hecho popular en los últimos días, España aparece no solo con malos ratios en impacto en vidas de la pandemia, sino también en impacto en la economía. Los criterios del gráfico pueden ser discutibles, y llegará el momento en que habrá que analizar cómo es posible que todo haya ido tan mal, aunque creo que todos podemos estar de acuerdo que hay amplio margen de mejora.

Por supuesto, haber tomado las medidas de prevención mucho antes es el elemento que más impacto tiene en estos indicadores, pero yo me permito introducir la transparencia y la confianza del gobierno en sus ciudadanos como un elemento que sin duda habría mejorado los resultados. No puedo sino compadecer a los expertos del Ministerio de Sanidad que cada semana tienen que tomar decisiones que tendrán un extraordinario impacto en la vida de muchas personas y en la posibilidad de supervivencia de muchos negocios. No les envidio. Pero como las democracias han mostrado a lo largo de muchas décadas, estas decisiones son mucho más llevaderas cuando las compartes con todos los ciudadanos, cuando les explicas que si se comportan de forma responsable podremos convivir mejor con el virus; que será más factible combinar los criterios sanitarios con los criterios económicos.

De gobiernos que no confían en sus ciudadanos y aplican el “despotismo ilustrado” -todo para el pueblo, pero sin contar con el pueblo- ya aprendimos a recelar hace varios siglos. La desconfianza hacia los ciudadanos siempre ha sido terreno abonado para populistas y salvadores de patrias. Malos presagios.

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