Crónica de una catástrofe anunciada: confinamientos «selectivos» en la Comunidad deMadrid

Como era previsible -dado el aumento vertiginoso del número de contagios, hospitalizados y fallecidos en la Comunidad de Madrid en las últimas semanas- se publicó ayer en el Boletín Oficial de la CAM     la Orden 1177/2020 de 18 de septiembre de la Consejería de Sanidad que modifica la Orden 668/2020 de 19 de junio por la que se establecen medidas preventivas para hacer frente a la crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19.

Más allá de las medidas concretas (algunas muy poco comprensibles dado que equiparan el riesgo de trasmisión del virus en espacios cerrados con espacios abiertos cuando según la evidencia disponible el riesgo es 20 veces mayor en espacios cerrados) nos encontramos con la constatación de un fracaso de gestión no por menos anunciado menos doloroso. No es un consuelo el que sea un fracaso compartido con otras CCAA y también -aunque haya decidido ponerse de perfil- con el Gobierno central que, terminado el estado de alarma, parece haber dado fin a su actuación yéndose de vacaciones, entendiendo que, a partir de ese momento, son las Comunidades Autónomas, particularmente aquellas que más se metieron con él, las que tienen que sacar las castañas pandémicas del fuego y decidir sobre qué pasa con la salud o con la educación, porque «son sus competencias», sin asumir el hecho evidente que esta cuestión es un problema de todos, que ciertas competencias -como las que afectan a ciertos derechos- son sólo suyas y que este cataclismo se aviene mal a politiqueos y juegos a corto, y menos a dejar que tus enemigos se cuezan a fuego lento. Pero no es un consuelo todo esto porque la Comunidad de Madrid se supone que es una de las más preparadas para afrontar este tipo de problemas (aunque sea por los recursos de que dispone) y además al PP, al frente de la Comunidad, le suele gustar presumir de gestión.

Pues aquí, sencillamente, la gestión, consistente en diagnosticar, planificar. prever y ejecutar ha brillado por su ausencia. Ni rastreadores, ni refuerzos de los centros de atención primaria, ni apps, ni una estrategia de comunicación razonable (mucho relato pero a la hora de dar protocolos claros sobre qué hacer en un centro de trabajo o en un colegio la Administración brilla por su ausencia) ni medidas de contención ni nada. Como siempre, improvisación, politiqueo, rifirrafes de colegio, ruedas de prensa surrealistas (si pensábamos que con Ayuso ya lo habíamos visto todo, escuchen al Vicepresidente Aguado). En fin, un desastre sin paliativos.

Desastre que, como suele suceder, van a pagar los más vulnerables. Los barrios o zonas de los mismos cuyo confinamiento se ordena son los de renta más baja, no por casualidad, sino porque allí han crecido más los contagios (como, por otra parte, ocurre en otros países). La desigualdad que ha ido creciendo estos años se nos revela ahora con su cara más triste: la de la enfermedad y el desamparo de muchas personas que no pueden teletrabajar, que viven hacinadas en muy pocos metros, que tienen familias grandes y que no pueden conciliar. Y ahora ¿qué? Porque esto es no solo un polvorín sanitario, sino también social y económico. Por otra parte, no parece que la Administración esté planteando tampoco ningún tipo de soluciones para estas personas a las que obliga a quedarse en casa y no salir, y que probablemente no tienen más remedio que hacerlo si quieren sobrevivir.

En cuanto al personal sanitario, qué decir. Se les pidió un sobreesfuerzo impresionante en los primeros meses de la pandemia; lo dieron todo, a veces también su vida. Y ahora ¿se les vuelve a pedir porque la Administración no han sido capaces de hacer los deberes? ¿Han atendido sus peticiones, han contratado más personal sanitario, les han pagado mejor, les han hecho caso en algo? No creo que a estas alturas se vayan a conformar con aplausos en los balcones. Ya explicábamos en este post de hace unos meses  (en concreto, del 21 de marzo, así que algo de tiempo han tenido) que se necesita bastante más que eso.

Y por supuesto, no se espera ninguna dimisión, cese, o cambio de gestor alguno. A lo mejor prefieren que dimitamos o cesemos como ciudadanos. Pues que se vayan olvidando, porque si algo está demostrando esta pandemia es que necesitamos una sociedad civil  organizada más fuerte y exigente que nunca.  Vamos a aprender de la peor forma posible que más vale que empecemos a cuidar de nosotros mismos y a tomar las riendas. Porque, sinceramente, creemos que podemos hacerlo mucho mejor. Lo que no es tan difícil si vemos quienes están a los mandos.

(actualizado a las 9 AM)