Diario de Barcelona: Los ojos de la Transición

Pocas veces unos libros aparecen al unísono sobre un mismo tema desde ópticas distintas, pero en la misma dirección vital. Galaxia Gutenberg acaba de publicar dos obras que, además de estar muy bien escritas y de ser amenas, son como ojos para aquél que quiera ver lo que ha sido la Transición. Uno es el de Gregorio Marañón Bertrán de Lis, nieto del médico, escritor y político republicano (“Memorias de luz y niebla”); y el otro “Las transiciones de UCD” de Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona. Marañón es abogado y presidente del Teatro Real, coso operístico que ha convertido en templo indiscutible de la ópera española y mundial. Lo que ha sido Marañón Bertrán de Lis, cosido a lo que fue la Transición, viene a continuación. No se levanten. Y Juan Antonio Ortega sigue siendo, en la actualidad, letrado del Consejo de Estado y Consejero Electivo de ese alto órgano consultivo cuyo dictamen a veces se saltan los gobiernos porque no quieren conocer su docta opinión (no vaya a ser que no les guste). Ambas acusadas personalidades, además, son amigos entre sí desde su más tierna juventud, en esos años dorados de la universidad y de los primeros escarceos profesionales y políticos, en los que se forjan las grandes amistades.

La memoria que Gregorio Marañón nos va contando a través de los jalones de su vida pública y privada, que tampoco rehúye, de modo sutil y certero, lo hace desde la visión de lo que ahora viene en llamarse sociedad civil. Desde ahí nos cuenta cómo se puede influir decisivamente en la política, la cultura, el periodismo o en el modo de pensar -y de ayudar a pensar- de las personas. Marañón ha sido, pues, un hombre muy, muy influyente. Y lo sigue siendo. Fue su talante dialogante, siempre dispuesto a soportar los envites de la fortuna, incluso los desafíos de amigos cercanos, el que ha convertido a este abogado de vasta cultura, en una personalidad excepcional de la vida económica, social, jurídica, cultural y política española. De él se ha dicho siempre que no daba puntadas sin hilo. Y es cierto, pocas personas he conocido que hayan tejido la madeja de la vida con tanta cordura, precisión y, también, generosidad.

Nos fuimos cruzando, Gregorio y yo, en varios capítulos de nuestras vidas personales, profesionales, políticas y periodísticas. En 1974, él y su compañero de despacho Oscar Alzaga, me ayudaban ya a llevar los asuntos que tenía en Madrid pues todavía vivía en Barcelona y no había la movilidad de la que ahora gozamos. Entonces, el Tribunal Supremo todavía me parecía inalcanzable. ¡Éramos todos tan insultantemente jóvenes! Porque la transición, en su mayor parte la hicieron jóvenes como nosotros, casi todos menores de 45 años: del Rey abajo, casi todos. De cómo ocurrió ese milagro se va descubriendo a medida que el lector va desgranando las memorias de Marañón; y el lector se cerciora que sin esa juventud y osadía no se habría podido hacer ni la cuarta parte de lo que se hizo. Se partía de una sociedad muy elitista y endogámica, como puede comprobarse en estas memorias, sociedad que va ensanchando su base hasta hacerla amplia, popular y democrática. Ahí cabía, por fin, todo el mundo excepto aquellos que convirtieron el crimen en su carta de presentación política, esencialmente ETA y algunos grupos residuales como los GRAPO, el FRAP, Terra Lliure o el Moviment de la Terra (MDT).

Es el Banco Urquijo el cuartel donde Marañón inicia su importante carrera profesional, periodística, cultural y política. Era jovencísimo cuando entró en él; y muy joven cuando lo dejó. Quizás su secreto fue que sus consejos, como le dijo un día Matías Cortés, ese sibilino y brillante abogado, podría darlos un buen padre de familia. Y a Gregorio Marañón esos consejos siempre atinados (lo se por experiencia) le salían de dentro y desde los veinte años, pues como el mismo confiesa tuvo que reconstruir su vida sobre la base de una familia arruinada por un padre que no supo o no pudo conservar la herencia recibida y que, como Gregorio cuenta, “estaba y no estaba” en la vida familiar. Es, pues, en ese banco donde comienza su singladura en el “El País”, el medio de comunicación más influyente en todos los años que van desde el franquismo agónico hasta la prematura muerte de Jesús Polanco. El grupo de “El País”  también cayó, como Marañón cuenta, en la seductora trampa que tendían los bancos con el endeudamiento, en el caso de este conglomerado periodístico sin necesidad alguna. Narra Marañón con cómo todos los presidentes de gobierno que en España han sido, intentaron hacerse con la influencia, en muchos casos decisiva, de este diario a través de captar voluntades de consejeros o periodistas. A veces se tiene la sensación, leyendo algún capítulo de estas memorias, de estar asistiendo a alguno de los episodios de “Los favoritos de Midas”, la serie de Netflix protagonizada por Luis Tosar, eso sí, aquí al menos, sin asesinatos. Esa fue la razón por la cual el Banco Urquijo se deshizo de su paquete accionarial. Banca, prensa y política, son amigos inconvenientes, aunque tantas veces sientan atracción fatal unos de otros. El buen hacer de Jaime Carvajal (su presidente), Gregorio Marañón  (consejero) e Ignacio Urquijo (vicepresidente) impidieron entonces que ese banco cayera en la tentación de la política.

Otro capítulo que no quiero eludir es el famoso escándalo del caso Sogecable. Y no quiero hacerlo porque salgo en la historia pues me encargué de la defensa del juez Gómez de Liaño junto a su pareja en aquel momento y luego su mujer, María Dolores Márquez de Prado. No puedo contar muchas cosas del intríngulis del caso pues estoy, de por vida, atado al secreto profesional. Pero algo sí puedo añadir a lo contado por Marañón. Creo que su versión es muy parecida a la realidad, según he ido conociendo luego, salvo algunas cosas (por utilizar la frasecita rajoyana que se hizo viral cuando lo de la Gürtel). Sí puedo contar en qué circunstancias y por qué me encargué del caso en el que se vio implicado toda la plana mayor de Sogecable. En una cena en casa del escritor Camilo José Cela conocí a la pareja formada por Javier y María Dolores. Me preguntaron si yo me uniría a la defensa que llevaban conjuntamente ya que había sido procesado. Les contesté que lo pensaría. Al día siguiente lo comenté telefónicamente con Álvarez-Cascos (entonces secretario general del PP, de cuyo partido yo era diputado, y vicepresidente del Gobierno) desde el despacho de Pedro J. Ramírez. Porqué estaba con el director de “El Mundo”  lo contaré en otra ocasión. Y luego, también lo comenté con Aznar. Di el paso, un paso muy arriesgado, y dije que sí. El caso, entonces, se politizó todavía más: como he dicho yo era diputado, y no de los del montón. Me lo advirtió Alfredo Pérez Rubalcaba al día siguiente de conocerse la noticia en el Congreso: “Creo que has cometido un gran error, eras de las pocas personas en las que nosotros confiábamos”. Pero seguí teniendo una buena relación con Rubalcaba y, con Gregorio, al cabo de un tiempo, como él cuenta, volvimos a encontrarnos.

Esta reseña ya no da más de sí. La semana que viene hablaremos del gobierno. Mejor dicho, de los gobiernos de UCD a través de las memorias de Juan Antonio Ortega. Transcribo los versos de Waly Whitman que Gregorio Marañón nos ofrece como colofón de sus “Memorias de luz y niebla”:

 

“Lo pasado y lo presente se han agotado.

los he colmado y los he vaciado

y me dispongo a colmar el futuro”

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