Interinos eternos (reproducción tribuna en EM de Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes

Este artículo es una reproducción de una tribuna en El Mundo.

 

En pleno debate sobre los interinos en las Administraciones procede señalar que su proliferación y presencia masiva en las tareas públicas es el fruto del matrimonio contraído entre una señora, la deplorable gestión de la función pública, y un señor, el clientelismo. Un matrimonio de los antiguos, sólido y a prueba de cualquier mudanza.

No extraña por ello que los jueces – europeos, nacionales… – se hayan visto obligados a poner coto a la incuria de los poderes políticos para introducir el ingrediente de la justicia allí donde no hay más que sinrazón. Porque es oportuno ponerse en la posición de un magistrado ante el que se presenta un veterinario, un profesor o un bombero que lleva veinte años prestando servicios a una Comunidad autónoma o a un Ayuntamiento sin que nada ni nadie haya sido capaz de enderezar su situación. Y lo mismo vale decir para el empleado de Hacienda, de Obras Públicas o de Justicia al servicio del Estado. Es lógico que quien conoce de tal atropello trate de arreglarlo como pueda con sus armas en un juzgado.

¿Cómo es posible el embrollo que todos los veranos se organiza con la asignación de puestos en la enseñanza? Y que afecta no solo a los interinos sino a quienes ya han logrado superar una oposición, peregrinos de centro en centro por las provincias durante años. Antiguamente, en épocas de menor exaltación empoderada, a quien aprobaba una oposición a profesor de Instituto se le asignaba una plaza que ocupaba hasta que por concurso se podía trasladar a otra que fuera más de su conveniencia y a la que tuviera derecho. Tal previsibilidad ha desaparecido y los pobres profesores, superadas las pruebas, se ven sometidos durante años a la trashumancia. Pero la trashumancia es propia del ganado y de los sufridos pastores, no de los funcionarios públicos.

Si esto ocurre con quienes han superado unas pruebas, imagine el lector lo que ocurre con quienes ostentan la condición de interinos, piezas movibles de un tablero regido por reglas arcanas y en donde -precisamente por ello- los enigmas sobrepasan con holgura a las certezas. La desesperación del observador se afianza si contemplamos la carencia de personal en la asistencia sanitaria, especialmente lacerante en las zonas rurales, agravada por las consecuencias del virus. O en los servicios sociales o de empleo que tanto perjuicio causan a personas en situaciones desesperadas. Por no hablar de la Agencia Tributaria que exige un tipo de funcionario muy cualificado para que la seriedad se alíe con la solidaridad en beneficio de todos.

Al mismo tiempo, es bien cierto que, no todos, pero sí la inmensa mayoría de los interinos han adquirido tal situación gracias a la mediación de un pariente o al favor de un político. Lo lógico es que se les aclare desde el primer momento, sin la menor duda, que su condición es precaria y esconde un privilegio del que no han gozado miles de españoles carentes de ese cuñado bienhechor o de ese concejal, consejero o ministro que extrema su ternura con los allegados políticos. Un detalle que trastorna el orden constitucional entre cuyos valores se encuentra el mérito y la capacidad adecuadamente demostrados, como llaves que abren la puerta de acceso a los empleos que se financian con dinero público. Gracián ya dejó escrito que “no se habría de proveer dignidad ni prebenda sino por oposición, todo por méritos, solo a quien venga con más letras que favores”. Y esto dicho en el siglo XVII, cuando aún no se vivía bajo las actuales finuras constitucionales.

Por tanto, si tal interino estuviera en su puesto de trabajo solo el plazo que se necesita para que sea ocupado por un funcionario de carrera, entonces no se habría creado el atolladero que estamos viviendo conocido como “el “problema de los interinos”. Pero tal no ocurre, lo que se debe a la deficiente gestión de la función pública ya explicada. De esa coyunda entre el trato de favor (insistimos: no siempre, pero sí con absoluta frecuencia) y la incuria nace el interino. El “interino eterno” lo que es un oxímoron porque el interino, según el DRAE, es quien “ejerce un cargo o empleo por ausencia o falta de otro”. Es como si habláramos de la “embarazada eterna”.  Y al “interino eterno” el juez no tiene más remedio que ayudarle solucionando los casos concretos y escandalosos de los que conoce en el ejercicio de su función.

Otra cosa es que el legislador se empeñe en resolverlo y lo haga además utilizando, en lugar de una pluma sutil, la tosca herramienta de la chapuza. Porque chapuza, y de las clamorosas, es que a quien lleve diez años de servicio se le exima de cualquier prueba, la mínima que se pueda imaginar: un simple dictado, verbi gratia, para comprobar si el candidato maneja de manera ortodoxa consonantes comprometidas como son la “b” y la “v”.

¿Por qué diez años? ¿De dónde sale esa cifra? Estamos ante un acuerdo al que se ha llegado sin consulta previa ni con las Comunidades Autónomas ni con las entidades locales, altamente afectadas. No es mal desaire para un Gobierno de coalición que enarbola el diálogo y la “cogobernanza” como emblemas de su condición progresista, transversal e inclusiva. Chapuza pues, remiendo impresentable. Que a nadie puede extrañar si, como sabemos por los medios de comunicación, el bodrio ha sido cocinado in extremis por dos o tres diputados. Personas estas a quienes debemos respeto por ser nuestros representantes elegidos en listas electorales bloqueadas y cerradas. Pero ningún respeto más, pues se trata de seres que poco o nada saben de los asuntos serios y el de la función pública como soporte del Estado.

A quienes están tan justitos de conocimientos, caso de esos diputados, no se les deben encargar, sin tomar las cautelas adecuadas, asuntos complejos. Muchos españoles nos quedaríamos más tranquilos si supiéramos que en este tema se había contado con la opinión de catedráticos como Alejandro Nieto o Miguel Sánchez Morón. O con el Informe exhaustivo del Defensor del Pueblo (2003) que criticaba el abuso de la interinidad porque crea “un entramado de intereses contrapuestos”: frustra las expectativas de otros funcionarios al impedirles su promoción y obstaculiza a los opositores que aspiran a presentarse a pruebas públicas, limpias y juzgadas por personal competente (no por aficionados de los sindicatos). El aumento de la interinidad agudiza la desigualdad y extrema el peligro de la arbitrariedad pues es sabido que la contratación de personal temporal no conoce las garantías de la selección de funcionarios de carrera. A ello se añade que los procesos de posterior consolidación – como este que ahora estamos tratando- implican en la práctica incorporar mediante pruebas simples a quienes en su día accedieron sin una demostración exigente de sus méritos.

A la vista de lo expuesto, la complejidad del problema salta a la vista. Nada más frívolo que encargar su tratamiento a quienes carecen de los saberes necesarios y viven las urgencias de alcanzar acuerdos políticos que calmen los aprietos de sus respectivos jefes.

Antes de acabar consignemos con dolor la última botaratada que figura en la ponencia política que va a debatir el PSOE y que consiste en otorgar becas a los opositores a Judicaturas para garantizar el acceso “democrático” a la Carrera Judicial. Hace falta tener cuajo para anunciar este proyecto. Quienes firmamos este artículo llevamos decenios explicando en Facultades de Derecho y podemos asegurar que las plazas de jueces y fiscales se obtienen por jóvenes de orígenes sociales variados, entre ellos son legión los de humilde procedencia. A ver si de una vez se aclara el mundo progresista: el único ascensor que asegura la justicia social es el de las oposiciones libres.

 

Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes son catedráticos de Derecho Administrativo. Autores de “Panfleto contra la trapacería política. Nuevo Retablo de las Maravillas” con Prólogo de Albert Boadella (Triacastela, 2021).

 

5 comentarios
  1. Anónimo XXL
    Anónimo XXL Dice:

    Es totalmente falso que la inmensa mayoría de interinos hayan entrado en la administración irregularmente. No hay datos porque a nadie le interesa lanzarse piedras en su propio tejado. Sin embargo, hacer el pertinente estudio no sería nada difícil; pero no se hará, porque habría políticos señalados (muchos o pocos). Por muy catedrático/a que se sea, hay que saber como funcionan las cosas en las trincheras

  2. Sonia
    Sonia Dice:

    Si quiere le enseño mi vida laboral , con contratos, acceso reglada al
    Puesto y aprobada ope. Llevo 14 años interina. Y también le cuento como actúa la administración en mi caso sanidad.

  3. O'farrill
    O'farrill Dice:

    La cruda realidad es que, tanto los interinos como los propios funcionarios son conscientes de que no harán carrera administrativa si no participan en el clientelismo político.
    Hace un par de días comentaba con un antiguo compañero las enormes diferencias entre la antigua Administración Pública y la actual donde se tenía conciencia de que se servía al Estado, no al gobierno de turno.
    El crecimiento exponencial del número de empleados públicos no se corresponde con mayor trabajo -salvo las excepciones correspondientes- sino por intentar comprar voluntades en el marco político partidario (ya ni siquiera ideológico).
    Sería interesante hacer un estudio del contenido de las «circulares» internas (esas que se hurtan a los ciudadanos y al propio Parlamento), así como de las instrucciones verbales de las que nadie sabe nada luego.
    Un saludo.

    • Anónimo XXL
      Anónimo XXL Dice:

      No tienen nada que ver las diferencias entre la antigua y la nueva administración con la pervivencia de muchos o pocos interinos y no sé por qué motivo usted lo mezcla. Las diferencias entre antigua y nueva administración se relación más bien con la evolución tecnológica y socioeconómica. La pervivencia de interinos y su posterior consolidación es un hecho repetitivo en la burocracia española, pre y post constitucional; lo explica muy bien Javier Cuenca en su libro «El Empleo público local en la España democrática». Así pues, más que una diferencia, hay una semejanza en los interinos de la «antigua» administración con los de la «nueva» (cierto, la diferencia principal es el número, pero no el tratamiento/solución). Y eso de que los interinos hemos de participar del clientelismo político… pues haber habrá, claro, pero argumentar que es lo único que podemos esperar es desconocimiento, mala fe o ambas cosas. Yo quiero que me convoquen la plaza.

  4. El sexador de gárgolas
    El sexador de gárgolas Dice:

    Eso del interino es como el viejo chiste del elefante en un cuarto obscuro. Todo es uno pero según quién lo coge y cómo lo hace las conclusiones llegan a ser bastante diferentes.

    Hay interinos que ocupan puestos opíparos, cuyos puestos no han sido ni son ni se pretende que sean ocupados por funcionario de carrera mediante los procedimientos aplicables. Caso, por ejemplo, de quien en una cómoda plaza de capital de provincia interina sus días mientras los funcionarios de carrera itineran los suyos por toda la provincia, entre desiertos y montañas, sin conseguir acercarse a la capital más que con suerte y tras largos años de espera.

    También hay interinos que hacen el trabajo de dos funcionarios a la mitad de precio: los interinos que ocupan esos puestos que sobreviven a ofertas públicas y concursos sin que nadie quiera acercarse a ellos ni vestido como esos médicos que trataban la Peste Bubónica [en aquellos años en que las epidemias eran realmente catastróficas y no necesitaban de Gobiernos ni de la prensa para sembrar el pánico (en que no había tampoco empresas dedicadas a la fabricación a título lucrativo de medicamentos)] porque son puestos realmente ingratos y, entre dos puestos con retribuciones semejantes, nadie opta normalmente por el peor.

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