Polarización política y redes sociales

Las librerías españolas se han llenado en los últimos meses de libros sobre el proceso de polarización en que se encuentra inmersa la política y la sociedad en las democracias liberales, muy en particular en Estados Unidos y en Europa. Thomas Friedman acuñó el pasado mes de septiembre el término de “virus de tribalismo” para describir la infección de “división y tribalismo” que sufren la mayoría de las democracias occidentales.

Los análisis son bastante coincidentes y certeros. Por destacar alguno, “Why we´re so polarized” de Ezra Klein, detalla la evolución de la política norteamericana, y de los partidos demócrata y republicano en los últimos 20 años, hasta convertirse en dos bloques irreconciliables. El libro muestra una política en la que se ha perdido el espíritu de colaboración y cualquier atisbo de respeto por las reglas no escritas que permitían el desarrollo con éxito de una democracia liberal. El análisis es certero, pero las soluciones propuestas dejan una amarga sensación de desesperanza por su falta de convicción y escasa operatividad.

Para buscar soluciones conviene recordar el diagnóstico de Jonathan Haidt, al que ya habíamos mencionado en alguna ocasión en este blog. Haidt fue de los primeros en identificar el problema en su libro “La mente de los justos” mostrando una realidad que conviene no olvidar: el problema reside en nosotros mismos. Nuestro cerebro está diseñado para reaccionar positivamente a la polarización, entendida como una tribalización de la sociedad y la política. Estamos diseñados para una justicia grupal, para sentir la necesidad de integrarnos en una tribu, sentirnos aceptados por la tribu y sentir que aportamos a la cohesión y al éxito de la tribu. Los experimentos que recoge Ezra Klein en su libro muestran hasta qué punto, incluso en las cosas más nimias, los seres humanos, establecen “tribus o equipos” y favorecen y defienden de forma irracional los intereses de su tribu: defender a los nuestros antes que defender la verdad. Esta realidad es la base del éxito del nacionalismo, el movimiento woke, y de todas las religiones civiles que proliferan en nuestros días, socavando las bases de la democracia liberal. Todos son movimientos que explotan el espíritu tribal del ser humano. Obviamente esto tiene una explicación en la evolución humana: la tribu y el espíritu de cooperación y defensa de la tribu ha sido la base de la supervivencia y el éxito de la especia humana, y ese modelo ha sido privilegiado por la evolución. Nada de eso ha cambiado en nuestros días.

El problema es que este diseño de nuestra mente no es demasiado compatible con el modelo de democracia liberal. Preservar la democracia liberal exige poner coto al sesgo humano que privilegia las tribus frente al bien común que abarca la diversidad de “tribus” que componen cualquier sociedad. Y eso no es sencillo.

Asumir esto es empezar a poner las bases de una solución al problema. Ignorarlo es caminar hacia el fracaso. La pregunta interesante no, es por tanto, por qué sucede la polarización en la política actual, sino por qué se ha agravado la situación en los últimos 10 años. Es interesante observar que en los momentos de la historia en que se ha producido un alto grado de polarización en la vida política resulta sencillo identificar el aspecto sobre el que la sociedad estaba polarizada: podía ser la guerra de Irak, o algún aspecto ligado a derechos y libertades (sufragio, aborto, divorcio…). Lo singular de nuestro tiempo es que no es sencillo identificar lo que nos está llevando al actual grado de polarización. Hagan la pregunta a cualquiera de los más exaltados y le sorprenderá la diversidad de respuestas. Lo singular, por tanto, es que tiene que haber otro factor desencadenante.

Muchos identifican las redes sociales como ese factor desencadenante. Y todo apunta a que son en gran parte responsables. Haidt señala dos hechos en los años 2009 y 2012: cuando Facebook incorpora el botón “Me gusta” y Twitter incorpora la funcionalidad de “retuit”. A partir de ahí la espiral ha sido imparable. Podríamos pensar que antes el mundo virtual de las redes sociales, y el mundo real, aún mantenían cierta ligazón en aspectos de principios y comportamiento. A partir de esos años esa relación se empieza a perder: a partir de los años 2012-2013, cualquier creencia o moral puede desarrollarse en una comunidad, alejada completamente de la realidad. Podemos hablar del florecimiento de las innumerables teorías de conspiración, o de la deriva de la cultura woke hacia la destrucción de cualquier institución en la que penetra, especialmente en el ámbito universitario.  Las recientes declaraciones de Frances Haugen, ex empleada de Facebook, corroborando que los algoritmos de las redes sociales privilegian los extremos porque atraen más usuarios y más tiempo de interacción, no ha hecho sino expresar en voz alta lo que parecía obvio. En términos de negocio, explotar el sesgo tribalista de los seres humanos es el camino más sencillo para lograr la interacción y el éxito en las redes sociales. Los algoritmos no han hecho sino descubrir y explotar una de las debilidades de la mente humana, y lo han hecho realmente bien.

Parar y cambiar esta situación no es sencillo. Con una perspectiva voluntarista en los últimos meses se habla del control y moderación de los contenidos que incitan al odio como parte de la solución. Yo soy escéptico sobre esta solución por la escasa operatividad de las propuestas. Pensemos en la situación de algo relativamente más sencillo, como es el delito de odio en España. Algo tipificado en el código penal siempre despierta recelos según el bando al que afecte: ¿incluir en una canción una arenga para que asesinen a alguien es delito de odio o libertad de expresión? ¿y el homenaje a un terrorista? Según la tribu la respuesta será diferente. Y estamos hablando de un delito. Imaginen algo con una tipificación mucho más ambigua. Tampoco hay que imaginar mucho, podemos observar el comportamiento de las redes sociales cuando tienen que bloquear una cuenta por incumplir las normas de comportamiento, y los debates que ello suscita. ¿Vamos a encontrar ahí la solución? Parece muy voluntarista y poco efectivo.

Y sin embargo precisamos una solución. El mundo de la publicidad y el marketing hace mucho tiempo que descubrió sesgos de la mente humana que le permitía vender más y mejor. Muchos de ellos se utilizan en las campañas publicitarias, pero algunos son considerados poco éticos, y no se permite o se acepta su uso. Eso nos evita tener nuestras pantallas llenas de campañas basadas en reclamos sexuales o gastronómicos. Las prevenciones en el mundo del marketing y la publicidad son igualmente necesarias en el ámbito de la política, muy en particular de las redes sociales.

Haidt incide en dos propuestas no muy complejas:

  1. Primero, impulsar reformas en el funcionamiento de los parlamentos que obliguen a la colaboración y penalicen el bloqueo. Podemos pensar en reformas en aspectos como la elección del presidente del gobierno, en las reglas para la aprobación de presupuestos, y en las implicaciones que pudieran tener para todos los partidos el no alcanzar acuerdos. Imaginen, por ejemplo, que no lograr acuerdos en presupuestos o en la elección del gobierno conlleve la convocatoria de elecciones, pero que, si esta situación se repite, los candidatos implicados no pueden volver a presentarse. Pueden pensarse muchos otros incentivos o penalizaciones, lo que es imprescindible es romper la dinámica de bloques, incompatible con el saludable funcionamiento de la democracia liberal.
  2. E igualmente importante, regular las redes sociales. Para que sea algo sencillo Haidt propone la obligación de incorporar 2 filtros:
    • uno permitiría filtrar a aquellos perfiles que no muestren una mínima capacidad de aceptar matices; si el mundo solo es blanco o negro es un mundo imposible de gestionar.
    • el segundo filtro permite establecer un nivel máximo de agresividad.

Con la tecnología actual los dos filtros, que estarían a disposición de cualquier usuario, no son sencillos, pero sí factibles, y desde luego más sencillos que la moderación de contenidos, que se muestra como una labor realmente compleja. Los dos filtros restarían poder a los extremos, siempre los más activos y ruidosos en las redes sociales.

Es un comienzo. Podemos disentir, pero lo que deberíamos tener claro es que la salvación de las democracias liberales empieza por introducir mecanismos en las redes sociales que controlen la espiral de polarización a la que nos abocan irremediablemente.

5 comentarios
  1. José Ignacio Casas
    José Ignacio Casas Dice:

    Siento disentir con el autor de esta entrada, pero no en la preocupación por la situación sino en las causas de la misma (las redes sociales) y desde luego en las posibles soluciones (reformas parlamentarias y control de las redes sociales).
    La polarización se produce fundamentalmente en las sociedades democráticas occidentales, en particular en EEUU, extendiéndose cada vez a otros países como el Reino Unido y Francia, pero también al resto de la Europa. Las redes sociales son un instrumento tecnológico, no una causa, presente también en otras sociedades que no experimentan esa polarización.
    Las causas hay que buscarlas en la evolución de los países occidentales a partir de los años 80: eliminación progresiva de los marcos regulatorios económicos y financieros; inicio de la globalización; presiones demográficas mundiales; pérdida progresiva del estatus social y económico de las clases medias y trabajadoras cualificadas; desmontaje paulatino del estado del bienestar; etc.
    Las tensiones son cada vez peor gestionadas por los mecanismos de integración social y política de los sistemas democráticos, lo que abre paso a esa polarización. El precedente histórico más cercano es la República de Weimar de la Alemania de entre-guerras, donde se exacerban las corrientes identitarias, la polarización y…
    Las soluciones, por desgracia, no pueden ser técnicas sino algo más complicadas: reconstruir un nuevo orden social, partiendo del reconocimiento mutuo de las pérdidas de estatus y de las aspiraciones legítimas de cada sector social, caminando así hacia un nuevo contrato social como propone Minouche Shafik en su reciente libro «What We Owe Each Other. A Nex Social Contract». ¿Sencillo? Nadie dijo que lo fuera

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    • Juan Luis Redondo
      Juan Luis Redondo Dice:

      Gracias José Ignacio por tu comentario. No puedo estar más de acuerdo que el gran desafío de las sociedades occidentales es lograr revisar el contrato social, vigente desde la reconstrucción tras la segunda guerra mundial, y encontrar solución para los temas que identificas derivados en gran medida de los procesos iniciados en los años 80 (globalización) y derivados de los avances tecnológicos (digitalización). En un post anterior (ver https://www.hayderecho.com/2021/09/29/no-hay-revolucion-sin-transicion-energia-y-digitalizacion/) identificaba estos temas como transiciones que deben gestionarse. Si se hace correctamente podemos aspirar al mismo impulso de bienestar y mejora de calidad de vida que supuso la revolución industrial pasado el período inicial de transición. Si no lo hacemos correctamente acabaremos en un escenario muy complicado. Estamos en ese momento de transición donde nos jugamos mucho.

      Creo que discrepamos en lo que es causa, efecto, acelerador y facilitador. Yo identifico esos procesos como desafíos que la política actual no es capaz de afrontar y ofrecer soluciones. Eso ha sucedido en otros momentos en el pasado. Cuando eso sucede, el problema se agrava cuando los diferentes partidos no son capaces de entender estos desafíos como los temas que definirán nuestra vida en los próximos 100 años, y se refugian en las luchas identitarias para no tener que afrontar los desafíos reales y aparentar que están afrontando temas importantes. Creo que hasta ahí podemos estar de acuerdo.

      El tema que intentaba abordar en mi artículo es por qué la sociedad permite y se siente cómoda en estas luchas tribales que poco tienen que ver con los desafíos reales, y permiten que los políticos se ocupen de esos temas. Y ahí creo que discrepamos. El papel que atribuyes de mera herramienta tecnológica a las redes sociales no lo comparto. Para mi sería como haber atribuido en el siglo XIX a la prensa el papel de «herramienta tecnológica» y no de «cuarto poder». Creo que desempeñan un papel muy importante en la situación actual, y que poner solución empieza por abordar este tema. Lo intentaba mostrar como el elemento realmente diferente frente a otras situaciones similares que han surgido en el pasado.

      Puede que sea difícil en la situación actual saber por dónde empezar, pero creo que sin controlar el ruido que introducen las redes sociales en nuestra capacidad como sociedad de ponernos de acuerdo y afrontar los grandes desafíos del siglo XXI va a ser difícil. Porque estamos impidiendo que los mecanismos de la democracia funcionen. Y como los problemas van a seguir así, lo que acabará en riesgo será la democracia.

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  2. Manu Oquendo
    Manu Oquendo Dice:

    El tema suscitado por el artículo es importante y sería necesario tratarlo en más profundidad de lo que es posible en un breve artículo o en un comentario al mismo.

    Por complementar el artículo y el comentario del Sr. Casas.
    Creo que lo que hace Jonathan Haidt en la obra citada, «The Righteous Mind», es un análisis prudentemente presentista del Maniqueísmo y del Narcisismo subyacentes al fenómeno identitario. La obra es de 2013 y, con posterioridad, en 2018, publica «The Coddling of the American mind». Otro intento de identificar causas próximas de la creciente fragmentación interna y de la Infantilización de las nuevas generaciones en las sociedades occidentales que hoy ya son un mal remedo de lo que un día fueron en lo referente a lealtad a sus raíces, coherencia y valores.
    A su vez el Fenómeno Identitario, de vieja tradición pero infinitamente más sencillo, nunca había sido objeto de tanto interés y desarrollo explosivo por parte de ideologías como la Izquierda Postmarxista o el NWO ambos aliados tácticos como podemos ver en esta coyuntura.

    Vale recordar que solo la Ordenanza municipal de Manhattan para los lugares públicos lleva a identificar hasta 31 Géneros diferentes para especificar el tratamiento que se les debe hacer so pena de astronómicas sanciones. Cosas como esta certifican la defunción de la sociedad americana tal como se pretendía. Es decir, con capacidad de liderazgo moral universal.

    A mi modo de ver, Haidt y otros autores «anglos» no han querido tratar a fondo la cuestión por razones que un servidor no desea ni tan siquiera intuir en este momento. Pero lo más razonable es pensar que tienen la prudencia de evitar enfrentarse a los Padres de la Criatura.
    Es decir, al Poder Real de nuestras sociedades que ya nos han convertido en el hazmerreir del mundo mientras nos preparan para ser sustituidos por lo que Toynbee llamó –en vida de Gramsci, curiosamente– los «proletariados externos». Las élites cuando dejan de ser creativas se hacen parasitarias y procuran eliminar testigos sustituyéndolos gradualmente por «proletariados externos».

    La realidad es que nunca en nuestra historia hemos estado tan fragmentados, rotos, quebrados y enfrentados y también parece que no se debe atribuir esta división a las «redes sociales» sino al designio y actos concretos del Poder.
    Las «redes» pueden ser y son instrumentos de difusión y de vigilancia social (para lo que fueron diseñadas) pero alguien es el «diseñador» y el «legislador».

    Por ejemplo, la implantación de la ideología de Género desde el Parvulario ha sido legislada por el Parlamento Europeo en Febrero del 2006 y hoy todas las Autonomías — a falta de tres según creo– ya lo han hecho. Sin diferencias entre las implantaciones del PP o del PSOE. Ya estamos viendo que los líderes del PP se tientan mucho la ropa para saltarse estos mandatos anticonstitucionales y liberticidas que solo concurren a destruir la propia sociedad.

    ¿Dónde habría que buscar los intereses que inician y dirigen este proceso de destrucción social de Occidente?
    A mi modo de ver este proceso está perfectamente documentado en la obra de Antonio Gramsci durante sus años en la cárcel y, posteriormente, en la obra de Ernesto Laclau y de Chantal Mouffe: «Hegemony and Socialist Strategy» de 1985 traducida dos años después al español con el mismo título.
    La estrategia es de Gramsci, la táctica y la técnica de Laclau y Mouffe.

    Saludos y gracias al Sr. Redondo por traer el tema.

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    • Juan Luis Redondo
      Juan Luis Redondo Dice:

      Gracias Manu. Como siempre un placer leer tus comentarios. Como intentaba contestar también a José Ignacio Casas, comparto tu planteamiento y valoración, pero discrepo en el papel de las redes sociales.

      La parte que siempre me atrajo de los planteamientos de Haidt es asumir que «los seres humanos estamos diseñados para responder a los impulsos tribales». Ese planteamiento me parece importante como punto de partida. Asumiendo eso, yo le doy a las redes sociales un papel mucho más importante que el que tanto José Ignacio como tú le habéis atribuido. Las redes sociales se han convertido en la herramienta perfecta para explotar el sentimiento tribal del ser humano en un camino que lleva a dinamitar la convivencia democrática. La red social es un instrumento. Pero el descubrimiento por parte de las redes sociales de que lo que más éxito tiene es todo aquello que exacerba el sentimiento tribal no es ya un instrumento. Es un acelerador de un proceso, y es una barrera que se está volviendo infranqueable para recuperar la convivencia necesaria en las sociedades democráticas para afrontar los desafíos.

      Prefiero no buscar los intereses que están llevan al declinar de Occidente en aspectos ocultos. Creo que, aunque en los movimientos geopolíticos esos intereses sin duda existen, hay otros aspectos que nos están dejando indefensos, y que está en nuestra mano corregir. Y empezar por estos permitirá afrontar más fácilmente otros aspectos.

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  3. Dan Evans
    Dan Evans Dice:

    Artículo realmente interesante. Las redes sociales no son más que otra herramienta buena o mala según el uso que se haga de ella. Pero es verdad que comparto las reflexiones del autor si yo tuviera que decir si han sido positivas o negativas diría que en general han sido negativas Sé que esto es una visión subjetiva, pero creo que no potencia en nuestra racionalidad sino nuestra irracionalidad.
    Aparte de ello hay estudios que dicen que fomentan la depresión y el desánimo.

    Saludos.

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