¿Tienen las grandes empresas capitalistas responsabilidad por el actual estado del mundo?

Por precisar más la cuestión, ¿tienen responsabilidad en la generación de algunos de los riesgos más serios que amenazan hoy a la humanidad, como el cambio climático, la destrucción y contaminación de los ecosistemas, el incremento de la desigualdad dentro de los países, el deterioro de la democracia y del Estado de Derecho, y el aumento del populismo y de la polarización política?

Bien, la respuesta es obviamente afirmativa: tienen la principal responsabilidad, sin ningún género de dudas. La masiva generación de externalidades negativas, el uso abusivo de los bienes comunes, el incremento exponencial de la diferencia en la remuneración de directivos y trabajadores, la sistemática elusión fiscal, la captura institucional a través de las puertas giratorias y la financiación legal o ilegal de la política, y la explotación económica de la desinformación pública que estamos presenciando en la actualidad, son pruebas evidentes que admiten escasa contestación.

Por supuesto, no cabe negar la corresponsabilidad de los gobiernos (ya sea por una defectuosa regulación o por un exceso de regulación, según las distintas posiciones ideológicas) pero tampoco dudar de la infiltración de las grandes compañías en la política a la hora de defender sus intereses inmediatos. Todo ello al margen de que aspirar a diseñar una regulación perfecta capaz de reconducir de una manera socialmente productiva el egoísmo cortoplacista sea un auténtico desiderátum.

No se trata tampoco de desconocer que las empresas capitalistas (en este caso todas, grandes o pequeñas) son también las principales responsables de habernos conducido hasta aquí, a la época de mayor libertad y prosperidad económica en la Historia de la humanidad. Pero la cuestión clave (quizás la más importante de nuestro tiempo) es si la creación de esos riesgos críticos que ahora nos amenazan son la otra cara inevitable de esa prosperidad. En definitiva, si no es posible una cosa sin la otra y, en consecuencia, si a la postre el mundo capitalista tiene los días contados, desde el momento que a este ritmo de progresión alguno o algunos de esos riesgos terminarán actualizándose con efectos devastadores para todos.

Parece evidente que hay escasa esperanza si seguimos defendiendo el conocido mantra formulado por Milton Friedman hace décadas que defiende que la empresa capitalista no tiene otra responsabilidad que enriquecer a sus accionistas. El argumento se construye sobre la concatenación de una serie de signos: si se enriquece a los accionistas es porque la empresa gana dinero; si gana dinero es porque los consumidores adquieren sus productos o servicios; si los adquieren es porque les proporciona una ventaja; lo que conlleva la prestación de un beneficio social que, incidentalmente, además, genera puestos de trabajo e incrementa la prosperidad general. El empresario no debe desviarse de esa brújula del beneficio, porque solo a través de ella cabe evaluar su trabajo e indirectamente su verdadera aportación social. Cualquier otra actividad genera confusión y desperdicia recursos.

Esta visión sigue constituyendo hoy por hoy la ortodoxia dominante. Es verdad que toda gran empresa tiene su departamento de responsabilidad social corporativa (RSC), pero también es verdad que constituye en la mayoría de los casos una actividad marginal completamente desconectada de la principal del negocio. Así que, de manera correlativa al  devoto calvinista que en los albores de la modernidad se cercioraba de que estaba predestinado a la salvación en la otra vida gracias a su éxito en los negocios (tal como nos enseñó en su día Max Weber), el empresario actual sabe que está cumpliendo una gran función social gracias a que se enriquece. Verdaderamente, hay que ver la de ideas religiosas que circulan por ahí, en un mundo supuestamente secularizado, desde el nacionalismo hasta la fe en el materialismo histórico, pero esta es una de las más perniciosas. Por mucho que la realidad demuestre que las cosas no son ni remotamente así, el creyente no ceja.

Afortunadamente, sin embargo, empieza a haber empresas de todos los tamaños que piensan de otro modo y, lo más importante, no les va nada mal. Al contrario, les va mucho mejor. Son empresas que se preocupan porque su impacto en el mundo no lo haga peor, sino un poco mejor, asumiendo su responsabilidad por todas sus efectos sociales, sean intencionados o no. En definitiva, se trata de respetar ese imperativo categórico de la responsabilidad que Hans Jonas formuló hace más de cuatro décadas: “actúa de tal forma que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida auténticamente humana sobre la tierra”.

Así, estas empresas se preocupan no solo de eliminar completamente sus emisiones de CO2 en toda su cadena de valor, sino de retirar todo el carbono emitido desde que se fundaron; de garantizar salarios dignos tanto en la propia organización como en toda su cadena de suministradores; de pagar impuestos allí donde se generan los beneficios, al tipo previsto en esos países, sin ingenierías fiscales de ningún tipo y con total transparencia; de reducir el desperdicio de alimentos; de eliminar los residuos a través de reciclaje; de pagar salarios idénticos a hombres y mujeres por el mismo trabajo; de no decir una cosa y traficar con los políticos de turno para conseguir la contraria; de no pagar a sus ejecutivos 320 veces más que al trabajador medio, como ocurre en la actualidad; de respetar los derechos humanos y protestar ante los gobiernos que los vulneran; de defender la democracia y el Estado de Derecho donde está amenazado, ya sea en el extranjero o en tu propia casa, como tuve oportunidad de comentar hace unos meses en este post (“Activismo empresarial en defensa del Estado de Derecho”). Se trata, como lector habrá detectado, de evitar actividades legales, pero irresponsables. No digo ya  nada de las ilegales, como la corrupción directa, la financiación ilegal de los partidos, los acuerdos colusorios con otras empresas para perjudicar a los consumidores o al Estado, etc., a las que tan acostumbrados nos tienen las grandes empresas españolas.

Sí, ya sé que algunas empresas cumplen algunos objetivos (como Google con el carbono) y otros manifiestamente no. Ya sé que algunas se pueden permitir ciertos gestos porque su posición dominante en el mercado las hace casi invulnerables (como Microsoft). Pero eso no ocurre con otras muchas, que actúan en mercados verdaderamente competitivos y aun así tienen más presente los intereses de sus stakeholders y de la sociedad en general que el de sus accionistas de paso. Quizás porque, como afirma el ex CEO de Uniliver, Paul Polman, en un interesantísimo libro escrito al efecto (Net Positive), muchas se empiezan a dar cuenta de que los negocios no pueden prosperar a largo plazo en sociedades fracasadas, económica, social o políticamente, y que la responsabilidad por ese estado de cosas también es suya.

Todavía son pocas, desgraciadamente, pero podemos y debemos conocerlas. Cada vez contamos con más instrumentos fiables para ello. Uno es la World Benchmarking Alliance, surgida con el amparo de Naciones Unidas, que audita el desempeño de las empresas en diferentes ámbitos en relación con los objetivos del desarrollo sostenible (derechos humanos, políticas de género, alimentación y agricultura, clima y energía). Aquí pueden consultar un ranking de compañías en relación al respeto de los derechos humanos (Corporate Human Rights Benchmark).

Otro es InfluenceMap, un think tank independiente que busca analizar cómo las empresas impactan sobre la crisis climática. Aquí pueden consultar un ranking de empresas en función de su nivel de influencia positiva o negativa en relación a este tema (CA100+ Company and Industry Association Rankings).

Pero quizás uno de los más interesantes es B Lab. Se trata de una ONG que expide una certificación (B Corps) que mide el efecto social y ambiental de las compañías, evaluando el impacto de cada empresa en relación a las comunidades en donde se desenvuelve, a sus trabajadores, al medio ambiente y a los clientes y garantizando un mínimo en esos ámbitos. Desgraciadamente, apenas hay grandes empresas españolas con esa certificación (si excluimos la filial española de Danone). No debemos confundir las B Corps (que son las que han obtenido la certificación de B Lab) con las “Benefit Corporation” (BC) que es simplemente una tipología social que pretende incorporar a la gobernanza los intereses de los stakeholders de una manera ordenada (por ejemplo en Francia a través de la Entreprise à Mission). En realidad, toda compañía en la actualidad, independientemente de su tipología, debería ser una BC.

En cualquier caso, la cuestión clave es si ser responsable resulta rentable en un sistema capitalista. Los datos parecen confirmarlo. Las compañías “B” tienen más beneficios que el resto por término medio (según Gallup, en torno a un 21%). La cuestión es saber por qué.

Parece claro que, al igual que ocurre con las personas físicas (y que tan bien describió Havel en sus Cartas a Olga), cuando una empresa sitúa la responsabilidad con el mundo como el principio clave de su actuación, el primer efecto es ganar identidad. La empresa sabe quién es y para qué está en el mundo, lo que produce toda una serie de efectos positivos: Motiva internamente a la organización y fomenta la innovación; la hace ganar reputación y credibilidad con los trabajadores, clientes y suministradores, pero también con los interlocutores externos, incluidas las autoridades públicas y las ONGs; atrae talento, porque la gente prefiere trabajar en este tipo de empresas; y  predispone favorablemente a los consumidores, cada vez más concienciados, especialmente entre las generaciones jóvenes. Seguramente esto último es la calve. Las personas jurídicas responsables terminarán imponiéndose solo y si las personas físicas cada vez lo somos más.

Un medio clave para convertirse de verdad en una empresa “B” o responsable, es concertar alianzas con ciertos protagonistas de la sociedad civil, especialmente con ONGs. Como explica muy bien Polman en el libro citado, es difícil convencer a ciertos interlocutores, incluidos los gobiernos, del interés público (y también privado, claro) de ciertas iniciativas empresariales si uno actúa solo. Pero si vas de la mano de una ONG creíble (OXFAM, Greenpeace o WWF, por ejemplo) entonces la cosa cambia, evidentemente. No solo por contar con un asesoramiento especializado en el tema, que también, sino por la credibilidad y reputación que aportan. En consecuencia, que un país cuente con ONGs potentes surgidas de la sociedad civil, focalizadas en la defensa de intereses colectivos en todos los sectores (desde el ambiental hasta la defensa del Estado de Derecho) es un requisito imprescindible para incentivar el comportamiento responsable de las empresas capitalistas. También en esto, me temo, lo importante es nuestra responsabilidad individual a la hora de apoyarlas.

 

2 comentarios
  1. Manu Oquendo
    Manu Oquendo Dice:

    Me ha sorprendido el artículo porque, puestos a hablar de contaminación y de externalidades traspasadas al público, y a otras generaciones, la medalla olímpica a una distancia brutal de cualquier país de Occidente, se la llevan China y la Unión Soviética en sus etapas socialistas que en la última se acentúa. De hecho los países más limpios del mundo, desiertos y selvas aparte, son los Occidentales. EEUU, Canadá y Europa.

    Un ejemplo de lo que trajo el Socialismo Real fue la pérdida de más del 80% del caudal del Mar de Aral: https://www.youtube.com/watch?v=4iKt-7oV3hc

    Por otra parte el artículo, además de denominar capitalistas a las empresas de la UE cosa que es harto cuestionable con datos, leyes y reglamentos en la mano, habla de cosas bastante controvertidas, politizadas y parte de enormes redes clientelares y grupos de interés económicos y políticos.
    Por ejemplo, el hoy «Cambio Climático» –antes promocionado por quienes viven de él como «Calentamiento Global»– está hoy en una fase de censura inaudita tanto en publicaciones científicas como en redes sociales (Google y Facebook censurando públicamente y bloqueando contenidos disidentes de cualquier tipo) o en publicaciones supuestamente científicas retirando trabajos ya publicados sobre la base de opiniones contrarias de científicos anónimos y con conflictos de interés en la cuestión sin dar al autor ni el derecho de réplica ni el de conocer el nombre de quienes piden la retirada del artículo. Una auténtica inquisición.

    Y todo ello en un momento en el cual nos han subido el Impuesto sobre el CO2 hasta los 62€/tonelada (dato real de una central española de Cogeneración en el mes de Octubre, 21). Vale recordar que este impuesto solo era de 4.5€tonelada en 201

    La gravísima e industrialmente destructiva subida de la luz eléctrica no se puede explicar sin este dato de un gas imprescindible para la vida que en su versión «antropogénica» es 1/10,000 (una parte de cada 10,000 en cada m3 de atmósfera).
    ¿Hemos escuchado o leído algo de ello en prensa? Yo solo he visto un gráfico sin titulares en una página interior y he tenido que buscar el dato real en el mundo industrial.

    Estoy, lógicamente, de acuerdo con el autor en que las democracias europeas –todas ellas de muy corta vida una vez desaparecida G. Bretaña– están degradándose.
    Sin duda y no poco. Con frecuencia he tenido que recordar la certera profecía de Tocqueville sobre la deriva hacia el Despotismo mal llamado democrático.
    Pero yo no culparía de ello a sus víctimas entre las cuales también están las empresas del las que hemos vivido todos mucho mejor y mucho más ecológicamente que lo que ha predominado en el socialismo.
    En lo referente a ONG’s creo que vale la pena escuchar a uno de los fundadores de Greenpeace. Creo que hoy son en gran medida un buen negocio en auxilio del poder y parte de su red coactiva; una red clientelar bien nutrida de fondos públicos y cuotas de las empresas rehenes.
    No vamos bien.

    Saludos.

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  2. O'farrill
    O'farrill Dice:

    Estimado Rodrigo: me gustaría tranquilizarte sobre «los riesgos más serios que amenazan a la Humanidad» que no son todos los que dices (como ya te indica Manu Oquendo) sino esos otros de los que se prefiere no tocar como es la deshumanización progresiva de las personas, su robotización intelectual que elimina cualquier sentido crítico, la pérdida de valores y de principios que hacen la convivencia pacífica de una sociedad, la manipulación de unos medios de comunicación sirviendo de correas de transmisión de teorías absurdas para adoctrinar a los ignorantes, la progresiva instalación de un totalitarismo sutil al servicio del capitalismo mundial, la anomia social y política -cuando no la corrupción- de muchos de sus miembros, el pensamiento global entendido como una religión con sus profetas, santos, iconos, sacerdotes, monaguillos y rituales (el último la cumbre del «clima»).
    Son los «poderes salvajes» (no sujetos a norma) que denuncia Ferrajoli, porque ellos son los que ponen las leyes, los gobiernos, compran la deuda pública, nos imponen sus intereses y se sienten incluso como dioses capaces de influir en el Universo «salvando planetas» (es como un juego peligroso -lo estamos viendo con los virus- para mentes retorcidas, enfermas, ignorantes o miserables) o provocando pánico mundial.
    De ahí surgen los hilos de sus muchas redes que sirven para extender su dominio social, económico y cultural. Empezaron con la filantropía para desvirtuarla y pervertirla y ya lo han conseguido.
    Se trata de imponer en el tablero mundial (Bzerzinski) sus intereses particulares o sus caprichos de nuevos ricos jugando a la geopolítica. Así de sencillo. Todo lo demás, lo hacen sus «cipayos» bien engrasados o apesebrados atrapados en sus redes.
    Un saludo.

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