Las políticas de la moralidad

Este post es una reproducción de una tribuna publicada en El Mundo disponible AQUÍ.

La lectura del muy recomendable libro de Pablo Malo “Los Peligros de la Moralidad” ayuda a comprender alguno de los preocupantes fenómenos que estamos viviendo en las democracias occidentales en general y en España en particular. Partiendo de los descubrimientos de la biología evolutiva, que nos muestra que a lo largo de la evolución los seres humanos hemos desarrollado un instinto moral para vivir y cooperar en grupo, el autor pone de relieve cómo ese instinto es un arma de doble filo: nos sirve tanto para cooperar con unos como para excluir a otros. De esa manera, la existencia de un grupo cohesionado más amplio que el formado por individuos que tienen lazos familiares (“nosotros”) suele aparecer siempre estrechamente ligada a la de un grupo diferente y, a menudo, percibido como hostil (“ellos”).

Las razones evolutivas por la que los seres humanos -como el resto de los primates, pero en mucha mayor medida debido a nuestra mayor sociabilidad- hemos desarrollado este instinto moral serían demasiado largas para incluirlas aquí; pero quizás lo más interesante es entender que nuestra moralidad tiene un componente innato (salvo en los casos extremos e infrecuentes de los psicópatas) que viene, por así decirlo, incluido de fábrica en nuestro “hardware”. Exactamente lo mismo que los sesgos de nuestro cerebro, bien descritos por Jonathan Haidt en su magnífico “La mente de los justos”. De la misma forma que nuestro cerebro está mejor diseñado para ayudarnos a sobrevivir que para conocer la realidad, nuestra moralidad está mejor diseñada para facilitar(nos) la vida dentro del grupo al que pertenecemos que para hacer el bien en abstracto.

Sentado lo anterior, es obvio que los seres humanos normales somos capaces tanto de bondad como de maldad. En España tenemos demasiados ejemplos no demasiado lejanos. Las mismas personas que se desviven por sus amigos y familiares pueden participar en el acoso de una familia que pide un 25% de clases en castellano para su hija de cinco años. La razón es muy simple: la moralidad se circunscribe al grupo del que sentimos que formamos parte. Para los que no forman parte del grupo (ese “nosotros” real o percibido) las reglas morales ya no se aplican con la misma intensidad o incluso no se aplican en absoluto, en especial si el “ellos” se ha construido, aunque sea imaginariamente, en oposición o como una amenaza existencial para el “nosotros”. En casos extremos es posible que seres humanos normales y corrientes cometan, consientan o justifiquen asesinatos de otros seres humanos -ahí tenemos lo ocurrido en el País Vasco hace muy poco tiempo- o incluso lleguen a cometer, consentir o justificar genocidios y asesinatos en masa.  Dicho de otra forma: que las reglas morales se apliquen a grupos muy grandes en el que las personas carecen de vínculos familiares y no se conocen entre sí es una enorme conquista de la civilización que va en contra de nuestros instintos primordiales. El que esto suceda en democracias pluralistas donde, por definición, existen diferencias importantes entre grupos (de ideología, lengua, etnia, religión, etc) es casi un milagro y, desde luego, nada que podamos dar por sentado. Más bien todo lo contrario.

Reconocer que la moral es tanto una herramienta para el bien como para el mal y que cualquiera de nosotros es capaz de realizar actos de crueldad si se dan las circunstancias de contexto que lo permiten o lo facilitan me parece que es un paso importante para entender cómo funcionan nuestras democracias. Como advierte Pablo Malo “el mundo no consiste en gente buena que hace cosas buenas y gente mala que hace cosas malas, las mayores maldades a lo largo de la historia las cometieron gente que creía hacer el bien”. Ya lo había señalado antes Todorov en su libro “Memoria del mal, tentación del bien: indagación sobre el siglo XX”. Creer uno está en posesión de la Verdad o de la Virtud resulta muy peligroso para los desafortunados que no comparten esas creencias.  Como recuerda también Malo, Adam Smith ya decía que la virtud es más de temer que el vicio, porque sus excesos no están sujetos a la regulación de la conciencia.

El problema se plantea cuando en una democracia algunos políticos o algunos partidos empiezan a pensar que el adversario político no es ya que esté equivocado, sino que es un enemigo que encarna el mal (ya sea el fascismo, el totalitarismo, el comunismo, el chavismo o cualquier ismo que se les ocurra). Es un camino muy peligroso que puede llevar -como también nos enseña la Historia- a la destrucción misma de la democracia. Porque nuestro instinto moral nos ordena que con el mal no se puede transigir. De ahí se pasa a considerar que el fin justifica los medios: los procedimientos y el Estado de Derecho son un estorbo cuando hay que evitar que triunfe. El problema, claro está, es la definición que hace cada uno del mal, que suele coincidir con la ideología y los planteamientos de los otros.  De nuevo, el “nosotros” virtuoso frente al “ellos” malvado.

¿Realmente estamos ya ahí? Pues yo diría que en el discurso político son demasiado frecuentes actitudes que tienen más que ver con la religión que con la política. El caso de Cataluña de nuevo es un buen ejemplo:  pero es que el nacionalismo, desde el siglo XIX, siempre ha sido una especie de sustituto de la religión. La clase política nacionalista maneja una serie de dogmas oficiales que son intocables e inasequibles no ya a la razón (cualquier religión lo es) sino a la evidencia empírica. El mito del “sol poble” o el del éxito de la inmersión lingüística son dos de ellos: da igual lo que muestren los datos respecto a la existencia de una sociedad dolorosamente fracturada y dividida en dos o respecto al consenso en torno a la exclusión del castellano como lengua vehicular en la enseñanza. Eso, cuando los datos existen, porque no se suele preguntar a los ciudadanos. En las religiones no se hacen encuestas a los fieles a ver si están de acuerdo o no con los dogmas en los que deben de creer, porque entonces dejarían de serlo.

Pero, más allá de los nacionalismos, es evidente que el auge de otras políticas identitarias en el ámbito de la izquierda tiene también mucho que ver con estas “religiones civiles” que están sustituyendo a las tradicionales a medida que el mundo se seculariza. Porque si algo parece claro a estas alturas del siglo XXI es que los seres humanos no somos capaces de vivir sin algún tipo de religión, como no somos capaces de vivir sin comer o sin dormir. No es una buena noticia para las democracias representativas liberales en las que los procedimientos y las instituciones están diseñados no para alcanzar la Verdad o el Bien sino, más modestamente, para conseguir mayores cuotas de bienestar, mejores bienes o servicios públicos para sus ciudadanos y una convivencia pacífica entre diferentes. No en vano el liberalismo es esa ideología política agnóstica que admite que el adversario político puede pensar de otro modo sin ser un malvado; es más, incluso a veces puede tener razón. Además, desconfía profundamente del poder y quiere someterlo a controles: Estado de Derecho, contrapesos institucionales, respeto a los derechos fundamentales. Por eso en una democracia liberal el fin nunca justifica los medios.

Por último, Pablo Malo llama también la atención sobre los estímulos propios de nuestra época que actúan como una caja de resonancia moral. Se refiere a las redes sociales en general y a twitter en particular, donde es tan frecuente el “postureo moral” (“virtue signalling”) por parte de políticos, comunicadores y del público en general. La política o/y la identidad (cada vez están más identificadas) vividas como religión. Es un fenómeno que, para muchos analistas, tiene mucho que ver con el deterioro de nuestras democracias en la medida en que las redes sociales suponen un superestímulo para nuestros instintos morales: lo que más nos llama la atención o nos engancha es precisamente lo que más nos indigna, como saben muy bien quienes diseñan los algoritmos. El “trending topic” político de turno siempre es, sin excepción, el artículo, el comentario o la intervención más provocadora, más divisiva y menos moderada, como saben muy bien nuestros medios y nuestros partidos políticos. Cierto es que, por ahora, hablamos sólo de discursos y de tuits; pero conviene estar alerta porque el tono de nuestra conversación pública es francamente preocupante y puede acabar contaminando nuestra convivencia democrática. Quizás un poco menos de fe y un poco más de tolerancia y de humildad nos vendría a todos muy bien.

5 comentarios
  1. Jesús
    Jesús Dice:

    Muy grato me es este artículo, lo mejor para mí es su final: menos fe, más tolerancia y humildad, nos vendría a todos muy bien, gracias Elisa!

  2. O'farrill
    O'farrill Dice:

    Estupendo análisis de los distintos y signficados del concepto «moral» que aparece como «hábitos» o «costumbres» de las diferentes sociedades para enlazar con algo atávico en la evolución de las especies: el instinto de dominio y supervivencia.
    Como dice Elisa, es un elemento que se ha implantado en los genes de cada cual, lo que le obliga a la lucha por salir adelante. Así fue y así es en todas las especies y la humana no sería diferente. La fuerza de unos, la inteligencia de otros, la maldad o la bondad serían otros tantos elementos que el tiempo, la cultura y la llamada civilización, ha intentado encorsetar en unas normas o reglas de convivencia elemental.
    Que la imposición de las normas sobre los demás es un acto de dominio o de fuerza (según se haga) que nos lleva a sistemas autoritarios como los que -por desgracia- empezamos a vislumbrar cuando ya presumíamos de democracias liberales. Lo autoritario no se apoya en razones, sino en emociones y propaganda que, poco a poco, crean religiones con dogmas, ritos y acólitos a las que no puede cuestionarse, tal como lo estamos sufriendo en estos últimos años. La Europa libre, culta y racional, se ha convertido en el mundo del cómic distópico, de las realidades ocultas, de los juegos delos poderosos, mediante una hábil estrategia de captura de las mentes, infantilización de las sociedades y las gentes y riego de dinero teñido de filantropía, con el fin de debilitarla y someterla a los nuevos imperios globalistas. No es de ahora. Empieza ya a principios del siglo pasado, donde los valores y principios que formaban los cimientos europeos, eran pervertidos, retorcidos y violados bajo un manto de fanatismo mesiánico «por el bien de la Humanidad». Palabrería hueca como «salvar el Planeta», con sus sacerdotisas y creyentes (que compran bonos verdes que alguien vende), retorcimiento de la Biología más elemental, manipulación de los medios o captura de los mismos, han creado nuevos dogmas de fe, nuevas supersticiones vacuas que no aguantan el menor debate racional, son signo de los nuevos tiempos, de agendas de humo de paja pero, lo más grave, es el sufrimiento que están produciendo. La ciencia convertida en dogma deja de ser Ciencia. La ciencia comprada, la ciencia alquilada al mejor postor, la Ciencia de verdad atemorizada, amordazada, cuestionada y ocultada, ha dejado paso a la pseudociencia que oculta su rostro en lo que llaman «política».
    Bertolt Brecht en su personaje de Galileo dice a su alumno: «te he enseñado la ciencia, pero te he ocultado la verdad».
    La convivencia natural entre grupos sociales siempre ha sido posible cuando no ha existido quien haya querido preocuparse por su bien, imponiendo sus reglas. Entonces las divisiones con cualquier pretexto aseguran el poder de los menos escrupulosos y los más malvados.
    Un saludo.

  3. El sexador de gárgolas
    El sexador de gárgolas Dice:

    Chesterton y Machado coinciden, no tan extrañamente, en decirnos que el quid de las religiones, y en especial de las postmodernas son los sacrificios. No es una coincidencia exacta, es cierto: el primero nos dice que lo realmente revelador de esa cosa horrenda que es la religión son los sacrificios; el segundo, que hemos de investigar cuáles son los auténticos dioses que están detrás de los oficiales, y que dictan los sacrificios que a éstos han de hacerse.

  4. Daniel Iborra
    Daniel Iborra Dice:

    Una fórmula para conseguir un mayor consenso entre la sociedad civil es la de objetivar el análisis de la gestión pública desplazándolo a las funciones del Estado que nos son vitales: la imposición y la deuda pública, la creación de empleo , las pensiones , la calidad de los servicios públicos y las prestaciones sociales, la independencia judicial…
    Muchos medios están en la labor de dar preferencia a temas que nos dividen y así nos tienen entretenidos en lo trivial y enfrentados, evitando que nos juntemos en lo fundamental.
    En el mes de marzo publiqué de 2021 un artículo sobre “Una fórmula, con garantías, para evitar que nos gobiernen políticos incompetentes y narcisistas”. No era más que trasladar a la política el mismo método que utilizamos para seleccionar a las empresas y profesionales en nuestra vida particular. Como es bastante extenso os recorto textos del mismo.».
    La manera de evitar políticos incompetentes y narcisistas y los virus ideológicos que sojuzgan a los ciudadanos hasta llevarlos a una situación de sumisión política, base de los estados ineficientes, es que una buena parte de la población esté inmunizada…
    Creo que, para conocer si un sistema político es o no progresista, hay que partir de la ciudadanía y su escala de valores: el nivel de bienestar económico, las diferentes libertades, el trabajo, la educación, la seguridad personal, la promoción cultural y profesional, los servicios públicos, las infraestructuras….
    Si, a cada una de las facetas que le interesan a la población, le damos una puntuación, la suma final, determinaría su grado de satisfacción pública y podríamos elaborar, anualmente, un cuadro comparativo de cómo evoluciona su país “.
    Y en cuanto a nuestros gestores públicos podemos comenzar con nuestros municipios“ si analizamos bien los costes, la imposición local, el endeudamiento y la calidad de los servicios públicos y las inversiones, conoceremos, de una manera regular y objetiva, quién es el mejor gestor municipal.
    Y como creo que tendría éxito iríamos a por los tramos superiores, el autonómico y el central”.

  5. Daniel Iborra
    Daniel Iborra Dice:

    La argumentación anterior procedía de la experiencia de un artículo que publiqué en Notarios y Registradores sobre el método para unir a los ciudadanos con ideas políticas muy diferentes.en proyectos comunes,
    https://www.notariosyregistradores.com/web/secciones/opinion/por-que-no-me-gusta-hablar-de-politica-cuando-me-invitan-a-las-comidas/

    “Un día me invitaron a una comida y me avisaron de que estaría con gente muy politizada e identificada claramente con sus partidos.
    Antes de comenzar, tuvieron el detalle de preguntarme si me interesaba la política, a lo que contesté que normalmente me abstenía de opinar cuando me invitaban a ciertos eventos sociales.
    Lo veía muy poco práctico, es como convencer a uno del Betis que se haga del Sevilla y lo mismo pasa con el resto de equipos. Es muy difícil que un seguidor del Levante, del Español o del Atlético de Madrid cambie de club por el Valencia, el Barça o el Madrid, aunque le demuestres el despilfarro, las denuncias de corrupción (u otras) contra sus presidentes, que jueguen mal o haya descendido a 2ª división.
    Dejarán de ir al campo, pero no cambiarán de club.
    Son aficiones que, cada una de ellas, utiliza la misma información, que ignoran otra que no defienda a su equipo y que tienen más «perfil de creyentes” que de consumidores.
    Así pues, hablar de política tiene todos los riesgos: el que no lograrás cambiarles de opinión, el que pierdas la amistad y finalmente, arruines la comida.
    Sin embargo, encontré una gran aceptación a mi propuesta sobre la conveniencia para los ciudadanos de disponer de instrumentos de control en la gestión pública. “ si analizamos bien los costes, la imposición local, el endeudamiento y la calidad de los servicios públicos y las inversiones, conoceremos, de una manera regular y objetiva, quién es el mejor gestor municipal.”
    Y como creo que tendría éxito iríamos a por los tramos superiores, el autonómico y el central.
    A la pregunta de cómo me había ido la comida con los de la mesa, contesté que, finalmente, nos habíamos puesto de acuerdo “.

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