¡No es la polarización, estúpido!

De un tiempo a esta parte la polarización social y política que padecen muchas sociedades occidentales se ha convertido en el lugar común que sirve para explicar casi todos los males de la hora actual, incluido el declive de la propia democracia liberal, identificado desde hace unos años por varios índices internacionales.

La polarización política tiene lugar cuando las opiniones tienden a radicalizarse en extremos opuestos, perdiendo peso, en consecuencia, las opiniones moderadas. De esta manera se dificulta el compromiso, el consenso y la negociación, y todo se convierte en un juego de suma cero en el que solo puede haber ganadores y perdedores, lo que, a su vez, genera crispación, odio y resentimiento.

Puede que las sociedades estén hoy más polarizadas que hace unas décadas, pero si efectivamente es así, parece que la principal culpa la tienen los partidos políticos. Los partidos han descubierto que el recurso a la política identitaria de corte sentimental y excluyente (nacionalista, religiosa, racial, ideológica, etc.) es idónea para movilizar a la propia base, lo que, electoramente hablando, resulta mucho más eficaz que intentar conseguir votos en los márgenes con propuestas más moderadas.

Pero lo que ya resulta más discutible es que ese fenómeno sea la principal causa del deterioro democrático que observamos a nuestro alrededor. No hay que olvidar que el conflicto social y político es un síntoma que revela la salud de las repúblicas, más que su enfermedad. El primero que supo apreciar esa circunstancia fue Maquiavelo, que señalaba que si una de las finalidades de la república es facilitar la participación ciudadana y evitar la dominación del Estado por los más fuertes, no cabe afirmar entontes que las discordias dañen las libertades, porque estas son consecuencia precisamente de la participación política y de la mutua vigilancia. De ahí que el conflicto de clases o de grupos con diferentes intereses no sea el disolvente, sino en cemento del bienestar común.

Así lo viene a reconocer implícitamente Ezra Klein (Why We´re Polarized) cuando recuerda que determinadas épocas con escasa o nula polarización en los EEUU, como los años cincuenta y los primeros sesenta, coincidieron también con uno de los periodos más sombríos de la democracia americana: la subyugación política y social de la población negra en los Estados de sur. Tal cosa obedecía al pacto entre el partido demócrata del Sur -dominante allí en cuanto el partido republicano era el de los vencedores de la guerra civil- y el del Norte, que consentía la subyugación a cambio del correspondiente apoyo en votos. Cuando Kennedy y Johnson deciden cambiar de política, convirtiendo al partido demócrata en el vehículo de defensa de los derechos civiles, no solo pierden el Sur en beneficio del partido republicano, sino que dan inicio a la gran época de la polarización. El conflicto subyacente sale a la luz, lo que motiva que los partidos se alinean en posiciones ideológicas e identitarias mucho más definidas. Es verdad que los EEUU ahora están más polarizados, pero su democracia actual es mil veces más sana de la que existía entonces.

No, desengañémonos, el problema no es la polarización. El problema es la falta de respeto por las normas. Por las escritas y por las no escritas. Otra vez es Maquiavelo el que pone el dedo en la llaga: El conflicto es muy sano, pero tiene que encauzarse a través de los procedimientos establecidos. Porque lo que uno no puede aspirar es a no aplicarlos cuando no le viene bien y esperar a que el adversario no haga lo propio cuando le toca. Si las leyes se ven como meros instrumentos de intereses particulares o sectarios, nadie terminará respetándolas y el resultado será catastrófico (Discursos, I.45, I.34).

Pensemos en un juicio por asesinato. Podremos observar pocas cosas más polarizadas que algo así. Por un lado, el fiscal y la acusación particular representado a la familia de la víctima. Por el otro, el abogado defensor y el presunto asesino. Unos piden cadena perpetua o incluso pena de muerte (en algunos lugares); otros la libre absolución por falta de pruebas. No hay posible término medio ni consenso alguno. Es un juego polarizado de suma cero. Pero si se respetan las normas del procedimiento y el juez es imparcial, el conflicto se resuelve pacíficamente, cualquiera que sea su resultado. Claro que, si la policía oculta pruebas o el juez está vendido a una parte, entonces normalmente el conflicto se resolverá en la calle.

Las instituciones de un país cumplen precisamente ese objetivo: articular el conflicto político de una manera ordenada, con la finalidad de resolverlo conforme a reglas objetivas previamente fijadas democráticamente. Por eso hay que aislar las instituciones del cotidiano combate político, con la finalidad de que sus respuestas no sean decididas en su propio interés por quién ostente una determinada posición de fuerza en un concreto momento. Si se cede a esa tentación (controlando partidistamente la institución o saltándose sus procedimientos) se mina su legitimidad y, en consecuencia, su utilidad como vehículo de resolución ordenada de conflictos. La degradación de la democracia española de plena a defectuosa efectuada recientemente por The Economist, no se basa en la creciente polarización política, sino fundamentalmente en el deterioro institucional derivado de las luchas partitocráticas por capturar el Poder Judicial, aparte de la falta de respeto por las normas vigentes en otros escenarios, como el catalán.

Pero tan importantes como las normas formales son las informales que contribuyen a la buena salud de las primeras. Entre este último tipo hay muchas importantes (como respetar las formas sociales que permiten el debate, respetar las prácticas fijadas por el uso común, aplicar las normas de buena fe, etc.) pero hay una absolutamente fundamental: el respeto por la verdad de los hechos. Falsearlos conscientemente es, en una democracia, el pecado capital que no puede perdonarse. Porque busca separar al ciudadano de la realidad, y al hacerlo imposibilita la responsabilidad, la propia y la ajena, en todas sus variantes, desde la resolución de las necesidades reales de los ciudadanos hasta la rendición de cuentas y el mismo control electoral.

A menudo se alega que este efecto de falta de respeto por las normas formales e informales tiene por causa precisamente la polarización. Así, se afirma que la polarización es lo que explica el que estemos dispuestos a sacrificar nuestra estabilidad institucional con tal de hacer avanzar nuestras posiciones políticas. Es el ambiente de total radicalización el que nos lleva a considerar que el adversario es un enemigo, que la lucha es por la supervivencia, y que en un escenario así todo está permitido, incluido saltarse las normas.

Sin embargo, este argumento es básicamente erróneo, y comprenderlo es muy importante. Conforme a la misma estructura argumentativa, habría que entender que la causa de muchos accidentes de tráfico es el alcohol o las drogas. Pero esto es obviamente falso. La causa de los accidentes de tráfico puede ser conducir bajo los efectos del alcohol y las drogas, pero en ningún caso su consumo. Puedes pasarte tres pueblos con los amigos, pero el problema no es ese. El problema es coger luego el coche.

Algo parecido ocurre con la polarización. Tiene cierto efecto intoxicante, sin duda alguna, pero el problema no es practicarla, sino utilizarla como excusa o coartada para saltarse las normas o para disculpar a los nuestros por haberlo hecho. La tentación de saltarse las reglas, y aplicárselas a los demás, es tan vieja como el ser humano, polarizado o sin polarizar. Así que, a la hora de identificar los verdaderamente responsables de nuestro deterioro democrático, por favor, que no nos tomen por estúpidos.

Ah!, por cierto, y en cuanto a la alegación de que es la polarización la que motiva el fracaso de los partidos de centro en España, yo me fijaría más bien en las desastrosas decisiones adoptadas en momentos claves por sus dirigentes (alguna todavía al mando), empeñados en convertirlos en instrumentos inútiles para el fin para el que habían sido creados. En esto que tampoco nos tomen por estúpidos, gracias.

1 comentario
  1. O'farrill
    O'farrill Dice:

    La verdad es que la democracia, tal como fue concebida en su momento, ha sido más un instrumento en manos del poder, que un sistema equlibrado de contrapoderes y normas imparciales o no sesgadas.
    Los partidos no son un ejemplo cívico de construcción de sociedadeso naciones, sino que ejercen más bien (con alguna excepción) como cipayos de poderes salvajes, ajenos a toda norma, porque las normas las implantan ellos (Ferrajoli, siempre una referencia).
    El centro político no existe. Hubo en su momento una coalición creada a propósito para superar los primeros momentos de la Transición y ya sabemos cómo fue volada desde dentro. Insistir en «partidos de centro» como fue UCD, CDS, UPyD, etc. sólo conduce a la melancolía.
    La polarización o enfrentamiento es buscada por quienes son sectarios al estilo de los «caciques» de Arniches: «aquí no hay más partidos que los miistas y los otristas….» Los míos y los contrarios. Incluso la propia Constitución crea un pensamiento único para el «estado social y democrático…» en clara contradicción con el pluralismo como valores o principios que la sustentan.
    Para ser claros. El Estado ha sido utilizado para fines particulares (los de los partidos lo son), con un sistema electoral injusto y discriminatorio donde nadie se siente representado en las listas cerradas de los partidos. Estos partidos no crean un «contrato social» con los ciudadanos que permita la revocación de mandato. Los partidos ejercen mandato imperativo (inconstitucional) sobre los diputados y sus conciencias de responsabilidad ante los ciudadanos. Los ejecutivos resultantes son «cesaristas» con poder absoluto sobre todos los demás poderes del Estado sus instituciones y los cuerpos de funcionarios que deberían evitar desmanes y mantener la imperiosa imparcialidad que les confiere dignidad. La contaminación ideológica y partidista llega a las más altas instancias del Estado. Incluso el propio Jefe del Estado parece estar maniatado y al servicio del gobierno de turno.
    Con todos estos mimbres más algunos más que habrían el comentario excesivamente largo, nos estamos haciendo trampas en el solitario del supuesto sistema democrático y mirando hacia otro sitio: Polonia, Hungría, etc.
    Probablemente nuestra ceguera como sociedad, más el adoctrinamiento mediático de la propaganda mecida por esos poderes salvajes, hayan sido el caldo de cultivo sobre el que han crecido la corrupción, la necedad, la incompetencia….. Ahora sólo quedan lodos….
    Un saludo.

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