La batalla por el poder en el PP: de nuevo, los consejos de Ignatieff

No esperen grandes novedades ni noticias de este post. Se ha dicho muchísimo en pocas horas y, a pesar de eso, no tenemos toda la información. Confórmense con unas breves reflexiones que nos permitan, quizá, enfocar mejor lo que está ocurriendo, y revalorizar la política como arte.

En el análisis de la conducta humana en sociedad podríamos distinguir tres planos: el ético, el político y el jurídico. Y por supuesto, en cada uno de los planos podemos efectuar un análisis basándonos en la racionalidad o dejándonos llevar por la emocionalidad; podemos actuar con justicia o con interés. Todos tenemos nuestras preferencias políticas y éticas y hasta jurídicas y todos podemos actuar en cada uno de esos planos con justicia, controlando nuestros sesgos, o con emoción, dejándonos llevar por ellos.

En esta Fundación tratamos de enfocar básicamente los planos jurídicos y ético de los acontecimientos y no tanto los políticos; es decir, nos centramos más en las reglas del juego y no tanto en el juego mismo y, en la medida de nuestras fuerzas, queremos hacerlo desde la racionalidad y la justicia, sin dejarnos dominar por nuestras preferencias personales. Y, por supuesto, será preciso hacer un análisis jurídico de la comisión del hermano de Ayuso, lo que en el presente momento no es fácil de hacer porque, como señalaba Rodrigo Tena el pasado domingo, nos faltan datos.

Quizá la excepcionalidad de la pandemia y la relajación en los procedimientos que la urgencia impone (uno ayuda a alguien que ha tenido un accidente aunque no sea médico) haga que la cuestión jurídica no llegue a más, ya se verá. Pero todavía quedará abierta la posibilidad de apreciar la existencia de alguna conducta poco ética o incluso jurídicamente punible pero que no se pueda probar (un comentario a quien corresponda de que “a la presidenta le parece la empresa X la más adecuada para esta misión, pero decidid vosotros”). O quizá ni siquiera ha habido eso porque la Presidenta ni se enteró de lo que ocurrió y simplemente el hermano es un profesional que se gana la vida por sí mismo, como la mayoría de los hermanos (los mayores, acordaos de Juan Guerra) de los políticos. Habrá que esperar y ver. Jurídicamente, el hecho de que la presidenta tenga carisma y haya obtenido un notable éxito electoral no debería relajar la valoración ética y jurídica (aunque nos consta que lo hace, y señaladamente en nuestro país). Y lo mismo habría que decir de Casado y García Egea en cuanto la obtención de información, supuestamente para lograr la pureza del partido tras una trayectoria pasada muy dudosa -o a lo mejor simplemente para lograr la destrucción de la enemiga política que les hacía sombra- pero, y esto es lo importante, usando medios e información quizá obtenida de una manera ilegal o, si no ilegal, al menos muy cuestionable éticamente. El hecho de que Casado haya fracasado políticamente no debe hacernos presuponer que han actuado jurídicamente mal. Ya se verá, también.

Porque, y aquí quería llegar, a veces conviene descender a la política propiamente dicha, al arte de lo posible, a la lucha por el poder, que es una disciplina clave, noble y necesaria. Por supuesto, no es algo que se deba examinar de una manera totalmente autónoma.  Como ya he señalado en alguna ocasión, desde mi punto de vista los planos de la Política, la Moral y el Derecho no deben estar absolutamente separados (el poder puede hacer lo que quiera, Moral y Derecho son disciplinas distintas), pero tampoco están absolutamente integradas (el error moral es un error jurídico y viceversa y cualquier actuación poco ética debe tener consecuencias jurídicas o políticas). Me parece más razonable y adecuada al mundo moderno una integración relativa, como predican  grandes pensadores como Dworkin o una separación relativa como defiende Hart. En definitiva, lo que resulte de esos análisis éticos y jurídicos puede, y a lo mejor debe, tener consecuencias políticas.

Todo esto viene a cuento de que el reciente espectáculo de la confrontación entre Ayuso y el tándem Casado-Egea me ha recordado vivamente un post que escribí en 2014, “UPyD y Ciudadanos: los consejos de Ignatieff”, con relación al conflicto UPyD-Ciudadanos y el posible pacto entre ambos, que resultó finalmente una especie de absorción, y que no ha respondido, como parece evidente, a las expectativas que ofrecía.  En Fuego y cenizas (Taurus, 2014), Michel Ignatieff cuenta cómo, siendo profesor universitario de Ciencia Política en Harvard, es reclutado para la política de su país, Canadá. Para la política real. La conclusión, y ya se pueden imaginar por dónde va la cosa, es que “había dado clases de Maquiavelo, pero no lo había entendido”. La política real es muy dura y consiste en conseguir el poder.

Independientemente de los análisis éticos y jurídicos que podamos hacer de su conducta, Ayuso, por sí misma o en compañía de otros, ha sabido manejar los tiempos y tener la iniciativa, lo que, en política, es decisivo. Como dice Ignatieff, y recalcaba yo en ese post, “la política no es una ciencia sino más bien el intento incesante de  unos avispados individuos por adaptarse a los acontecimientos que Fortuna va situando en su camino….pues el medio natural de un político es el tiempo y su interés reside exclusivamente en saber si el tiempo para una determinada idea ha llegado o no. Cuando llamamos a la política el arte de lo posible nos referimos a lo que es posible aquí y ahora”. Ayuso tuvo la inteligencia y rapidez de convocar las elecciones antes de que hubiera tiempo de que la moción de censura fuera efectiva, supo canalizar la oposición a Sánchez durante la pandemia erigiéndose –con razón o sin ella- en el símbolo de la libertad y ahora ha sabido adelantarse en el enfrentamiento con la dirección del partido, y se ha llevado la mano con el órdago.

Casado, en cambio, no ha sabido reaccionar adecuadamente a ese órdago. Como dice don Michel, “las explicaciones llegan siempre demasiado tarde. Nunca debes dar explicaciones ni quejarte” (p. 54). Y, por cierto, “la buena o la mala fe no desempeñan ningún papel en política, solo ganar la pelea” (p. 55). Su increíble incoherencia diciendo lo que dijo en la radio y la exoneración de toda culpa a Ayuso al día siguiente muestran un temple poco adecuado para dirigir un país. Tampoco fue creíble García Egea en las explicaciones que dio tras su dimisión.

No ha sido hábil ahora, pero tampoco lo ha sido en general durante su mandato porque no ha sabido conectar con su electorado (y no te digo con los barones del partido). Dice Ignatieff: “Para que te escuchen debes saber lo que quieren oír. Los profesionales llaman a esto <<entender al público>>. Y cuando un buen político logra entender a su público correctamente, lo tiene en la palma de la mano….”….”Tuve que olvidarme de ser listo, retórico y fluido en mi discurso y empezar a valorar la importancia de establecer una conexión”. Ayuso si ha conseguido conectar con su público. En la página 77 se refiere Ignatieff a Baltasar de Castiglione que, en El Cortesano, se refería a la sprezzatura, el don de hacer que los demás se sientan cómodos en tu presencia, que lo que haces parezca «natural y sin esfuerzo«, que, sin duda, ha alcanzado Ayuso.

En un discurso que dio en Toronto contó las lecciones que aprendió a fuerza de ensayo y error –más bien el error- y que son necesarias para el político: 1. Ser coherente. 2. No atizar el desacuerdo con palabras poco meditadas. 3. Hablar en nombre del país, no de un grupo (p. 101). Quizá Casado haya fallado en las tres premisas, porque no ha sabido articular un proyecto firme y coherente que el público, con el que debería conectar, piense que va más allá del tacticismo electoral.

En el último capítulo, Ignatieff da unos consejos para el político principiante:

  • No digas nada que pueda socavar tus oportunidades en el futuro.
  • No temas dar el salto y no temas fracasar.
  • Abraza la política implica dejar de lado la inocencia. La gente debe estar convencida de que estas ahí por ellos.
  • No te tomes las cosas como algo personal.
  • La democracia solo merece su privilegio moral si existan buenas razones para creer en el buen juicio de los individuos. En ocasiones puede ser difícil aceptar su veredicto, pero lo cierto es que no disponemos de ningún otro árbitro.
  • El respeto a las instituciones implica la obligación de tratar a tus adversarios como oponentes, nunca como enemigos.
  • Utiliza los vicios humanos al servicio de las virtudes.

No sabemos cómo acabará esta historia: recuerden la historia de Sánchez, un audaz político que supo salir de sus cenizas y acceder al gobierno, con independencia de la valoración ética o jurídica de sus decisiones. Ni tampoco sabemos si tendrá esta historia tendrá al final alguna consecuencia ética o jurídica. Pero no conviene olvidar que, como decía Bismarck, la política no es una ciencia, pero sí un arte, el arte del ejercicio del control de la sociedad mediante la elaboración y aplicación de decisiones colectivas.

1 comentario
  1. O'farrill
    O'farrill Dice:

    Querido Ignacio, tal como ya comenté en el «post» de Rodrigo, el asunto tine demasiadas aristas y, por otra parte, ya nos han acostumbrado a pensar mal de todas las instituciones y de quienes las representan.
    Política es básicamente olvidarte de tí mismo para dedicarte a los demás (con mejor o peor fortuna). De ahí la dignidad que se presupone a esta actividad. Luego los «pensadores» -como tú dices- dirán lo que quieran.
    La conquista del poder por el contrario como único objetivo esla perversión de la Política, aunque se haya convertido por desgracia en el objetivo de los «trepas».
    La sinceridad del político va con su sueldo. No se puede admitir a un administrador en el que se delega confianza, la estafa o el «choriceo» (algo que ya no nos sorprende). Para eso está la revocación de mandato en el caso de una representación política legítima directa de los ciudadanos.
    Las actividades públicas perdieron los controles internos y los cuerpos del Estado que deben vigilar y evitar desmanes, ya son del gobierno de turno. La captura por parte de uno de los poderes del resto, incluso de la Jefatura del Estado, da una idea de por donde van las cosas.
    En el caso a que aludes, estamos ante una difícil situación moral: prohibir a los familiares de los cargos públicos que desarrollen su legítimo trabajo, actividad o profesión, es atentar contra derechos constitucionales. Además se parte de un prejuicio infundado: que todas las familias barren para sí mismas. Si no hay pruebas de que se haya retorcido un concurso público para imponer a alguien, estamos ante la consabida presunción de inocencia y siendo cómplices del linchamiento público de un inocente (como hace la prensa cipaya del poder).
    En mi opinión todo tiene un significado más simple: los celos políticos de la cúpula del PP ante los resultados electorales de Ayuso, que coinciden con el complejo de la mala gestión de un gobierno como el que tenemos. La bisoñez infantiloide de unos frente a los malos resultados de otros.
    Y, por cierto, los «sesgos» particulares de cada cual (muy legítimos), deben quedar al margen de la objetividad y la racionalidad, sobre todo cuando hemos permitido a unos y crucificado a otros (como hace la UE con sus miembros).
    Como soy «mayor» el caso Juan Guerra fue que le pusieran un despacho privado en dependencias públicas para influir y conseguir. Luego el PSOE y sus «Filesas», «Flick y Flock», etc. nos empezó a acostumbrar a la destrucción de la función pública y sus instituciones, sin que nadie moviera una pestaña (había que «salir en la foto»). De aquellas aguas, estos barros…. No lo olvidemos.
    Un cordial saludo.

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