Jack Sparrow y el Estado de Derecho

Jack Sparrow es un personaje de ficción, interpretado y reelaborado por Johnny Depp en la serie de películas de «Piratas del Caribe», de Disney. Es un personaje ligeramente disoluto que se mete en líos por su buen corazón y que sale adelante usando tácticas muy poco ortodoxas, con la ayuda de sus amigos.

Johnny Depp es un actor que ha sido denunciado públicamente por su ex mujer, Amber Heard, por abusos domésticos (y últimamente por más cosas). La causa se convirtió en célebre al ser apoyada por el movimiento “Me Too” e instituciones como la ACLU, la mayor organización estadounidense por las libertades civiles. Sin juicio y sin condena, pero con la participación activa de muchísimos medios de comunicación que no dudaron en emitir la suya, Depp se convirtió en un apestado y perdió la mayor parte de sus papeles en diferentes series de películas (Criaturas Fantásticas, Piratas del Caribe). El momento clave probablemente fuera la publicación en el Washington Post de una tribuna de Heard respaldada por la ACLU, coincidiendo con el estreno de la película Aquaman (y el máximo interés público sobre Heard) volviendo a denunciar los supuestos hechos.

Depp contraatacó demandando a un tabloide británico por difamación, y perdió. Como tantas veces le pasa a su icónico personaje, no parecía haber esperanza.

En 2019 Depp presentó otra demanda contra Heard en el Estado en el que se imprime el Washington Post. Han cumplido cuatro semanas de juicio, con tres de declaraciones en las que ha quedado meridianamente claro no sólo que Amber Heard mintió sobre muchas cosas en el juicio británico (incluyendo la supuesta donación de lo ganado en el acuerdo de divorcio), sino que no tiene una sola prueba sobre las supuestas agresiones. En demasiados casos, existe lo contrario: grabaciones y fotografías de Heard en público, riendo a boca abierta o paseando con la espalda al aire y sin una marca cuando afirma haber tenido el labio partido, la nariz rota, el efecto de puñetazos (dados con anillos) en la cara, o de pisotones en la espalda. Testimonios abundantes que afirman que no sólo Depp no le ponía la mano encima, sino que ella lo hacía con frecuencia, llegando a causarle lesiones graves (al darle con una botella que estalló y le cortó parte de un dedo). Estas, sí, documentadas.

Heard ha suplido las pruebas con estridencia añadiendo alegaciones de agresiones sexuales de las que no había hablado antes, e intentando retratar a Depp como un “monstruo” violento consumido por las drogas y el alcohol. Un “monstruo” al que no abandonó hasta que él lo hizo, y con el que intentó reconciliarse incluso después de presentar una demanda de alejamiento.

También han declarado los responsables de la ACLU, reconociendo haber elaborado la tribuna para colocarla en el Washington Post (o en Vogue o en otra de sus publicaciones colaboradoras) para promover la defensa de las víctimas de violencia doméstica a costa del chivo expiatorio más notorio posible, sin preocuparles las consecuencias para el chivo ni la ausencia de cualquier condena que refrendara las acusaciones.

Pero todo eso (que puedo afirmar por haber visto en directo gran parte del juicio), con ser grave e importante, no es lo llamativo. Lo llamativo es que todo eso, el derrumbamiento público del edificio de acusaciones y maledicencias contra Depp construido esforzadamente por la industria de los derechos civiles estadounidenses, muchos de los medios tradicionales y la mayoría de los medios “progresistas”, y con ellos el descrédito de la filosofía del “yo sí te creo” por encima de la presunción de inocencia, apenas está teniendo eco fuera de las redes.

En ellas, ese eco es atronador. Tan atronador que YouTube e Instagram han tomado medidas y cerrado páginas y canales con enorme seguimiento, muchas pilotadas por juristas, sin causa justificada por sus reglas ni posibilidad de apelación. Si Depp gana o pierde el juicio dependerá de si demuestra que hubo intención de perjudicarle y que se consiguió, pero ha quedado ampliamente demostrado que las acusaciones de Heard no tienen pruebas, y todas las que existen apuntan a una realidad muy diferente. Y el gran público lo ha entendido. Y la industria del cine está ya reaccionando.

Fuera de ellas, la gran mayoría de los medios que siguen el caso están manteniendo la línea de la culpabilidad predeterminada de Depp, dando credibilidad a las acusaciones de Heard, y no reflejando lo que se ve en la sala.

Es cierto que cada vez menos medios tienen la capacidad de seguir un juicio como es debido y beben, en cascada, de unas pocas fuentes originales. Pero demasiadas de esas fuentes originales, y demasiados de los que las citan, parecen interesados en mantener la narrativa en la que han invertido su credibilidad. No sobre Depp, que no les importa más que a la ACLU, sino sobre “la causa”. Una causa que se pone por encima de la presunción de inocencia.

Como está demostrando el juicio de Depp contra Heard, esa presunción es importante porque sin ella es perfectamente posible condenar a un inocente. Y la justicia occidental se ha construido sobre la premisa de que eso es inaceptable. El “Cautio Criminalis” no es el primero que nos previene contra los juicios arbitrarios, por muy excepcional que sea el delito. Ni aunque sean supuestos agresores de mujeres. Ni aunque sean supuestas brujas.

El Estado de Derecho se construye sobre la creencia compartida de que algunas cosas son fundamentales. Y las creencias se fabrican a partir de la experiencia, que percibimos a través de los medios. Hace pocos años, los periodistas tenían que pasar por seminarios sobre “perspectiva de género” (en alguno estuve). Va siendo hora de que pasen por uno sobre “Estado de Derecho”. 

2 comentarios
  1. El sexador de gárgolas
    El sexador de gárgolas Dice:

    Han querido substituir el estado de realidad por el estado de emociones, impresiones o sentimientos.

    Y así nos va.

    La diferencia parece ser que en España los medios de prensa están generosamente sobornados, sea por la directa vía de la subvención o por la indirecta de la propaganda institucional, mientras que en Estados Unidos lo hacen por vicio, capricho o gusto.

    Llevamos muchas décadas soportando el papanatismo de esos antiimperalistas que aceptan cualesquiera sandeces exógenas de origen anglosajón por el mero hecho de que… pues no sé de qué es el hecho, pero da igual porque es que no hay por donde coger ni a unos ni a otras. Lo peor de todo son los años perdidos tragando su jerga llena de anglicismos mal calcados, que me niego a a asumir porque a los tontos se les puede comprender o soportar, pero lo que no debe hacerse con ellos es intentar razonar. Detrás de ese español mal hablado y empobrecido no hay sino una enorme ignorancia, enriquecida en arrogancia y estupidez: qué tres patas para un banco.

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  2. Ramón García
    Ramón García Dice:

    Totalmente de acuerdo.
    Pero es un poco más complicado. A veces, estas turbas como «me too» o escraches son necesarias, porque el sistema judicial no es perfecto.

    Ejemplo 1: los narcotraficantes gallegos. Sin la presión ciudadana, con escraches en las puertas de sus mansiones («señalamiento») jamás habrían sido juzgados. Imagínese ser la madre de un drogadicto en Villgarcía de Arosa, saber que hay un bar donde su hijo va a por droga y no pasa nada. ¿Qué debe hacer? Cada vez que la policía hace un registro, no encuentra nada, porque hubo un soplo.

    Ejemplo 2: Jeffrey Epstein. Era imposible perseguirlo. Como el caso anterior, en ningún registro la policía le encuentra nada porque le avisaron y el día anterior arrancó todos los ordenadores. Alcanza un acuerdo absolutamente inverosímil con la fiscalía con una pena ridícula, porque tenía controlado al fiscal de Florida. Fue necesaria mucha presión, mucho «me too» para llevar el caso a Nueva York, tener registros de verdad.

    Por ello, para que haya libertad, tiene que haber un equilibro entre el poder de las instituciones y el poder popular. Ninguno de ellos es perfecto y deben vigilarse recíprocamente. Si no, se cae en una tiranía elitista o una tiranía populista. Ambas son tiranías. (Idea del liibro «El corredor estrecho» de Acemoglu y Robinson https://www.amazon.es/Narrow-Corridor-States-Societies-Liberty/dp/0735224404/ref=asc_df_0735224404/ )

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