España: política e instituciones en un estado clientelar de partidos

El deterioro institucional de las instituciones en España viene de lejos, aunque se haya agudizado recientemente por la confluencia, principalmente, de dos elementos: en primer lugar, una polarización política extrema, donde se han roto los escasos puentes existentes; y, en segundo lugar, el cada vez más bajo sentido institucional de representantes, gobernantes y cargos institucionales, extraídos, por lo común, de menguantes nóminas de militantes y de fieles, dependientes o “independientes”, de los partidos en liza.

Cuando menos militancia y predicamento en la sociedad civil tienen los partidos, más cerrados y oligárquicos se vuelven. Su continuidad existencial depende en última instancia de vivir enchufados a los presupuestos públicos y de disponer de un abanico de poltronas (representativas, institucionales o de cargos directivos en la administración y el sector público) para repartir entres los suyos y sus allegados. Ese es el pegamento ideológico que da cohesión a unos partidos que, como reconoció Peter Mair (Gobernando el vacío), viven adosados al Estado, y hacen del populismo y la demagogia sus señas actuales de identidad.

Esa es una tendencia general, pero en España adquiere tintes excesivos. Tampoco es de ahora, aunque ahora se advierta más o muestre su rostro  más feo. En este país, los problemas anudados a tal patología institucional son también de dos tipos: por un lado, cuantitativamente hablando, la ocupación partidista de las instituciones y administraciones públicas adquiere unas dimensiones desconocidas en las democracias avanzadas de nuestro entorno; y, por otro, debido a nuestro pesado legado histórico y al secular desprecio por las instituciones, la cultura institucional está en caída libre.

Así, no cabe extrañarse de que personas que ejercen responsabilidades de primer nivel en los distintos niveles de gobierno e instituciones de este país muestren a veces (por cierto, sin ningún sonrojo) un desconocimiento supino de los principios y reglas básicas institucionales que conforman la esencia de “su oficio” (podríamos multiplicar los “ejemplos”). Sin ir más lejos, sorprende sobremanera que haya líderes políticos que no se han enterado aún  (o, tal vez, estén cargados de cinismo) de que el constitucionalismo es, en esencia, un límite al ejercicio del poder (para frenar el despotismo), y de que una pieza esencial del funcionamiento institucional de un sistema de separación de poderes radica en diseñar correctamente y aplicar de forma adecuada los pesos y contrapesos como frenos del poder, si no se quiere convertir al sistema en un elemento decorativo de la arquitectura institucional. Sin contrapesos, la fuerza del poder, como describió magistralmente Montesquieu (siempre tan citado y pocas veces leído o entendido), así como El Federalista, se transforma fácilmente en abuso flagrante o, inclusive, en tiranía.

Y difícilmente puede actuar como contrapeso del poder quien es amigo de éste y ha sido colocado en las instituciones de control para hacer el paripé u otorgar graciosamente una poltrona, menos en aquellos momentos críticos en que es más necesaria que nunca una intervención imparcial. Como expuso Pierre Rosanvallon, “la imparcialidad es una cualidad y no un estatus”. Sin instituciones de control independientes e imparciales, el sistema constitucional se aproxima más a una oligarquía constitucional, de uno u otro color político, tal como denunciara Joaquín Costa hace más de 120 años: ¿Ha cambiado algo desde entonces? No lo parece. En verdad, España sigue anclada en ese oscuro pasado en el que “el caciquismo (hoy clientelismo) no es (solo) un vicio del Gobierno; es una enfermedad del Estado (y de la sociedad)” (Altamira, Buylla, Posada y Sela; “Observaciones” al informe de Costa sobre Oligarquía y caciquismo como la forma actual de Gobierno en España: urgencia y modo de cambiarla II, Guara, 1982, pp. 81-82).

Tampoco es de recibo utilizar las instituciones de control del poder como medio de hacer oposición política por vías paralelas cuando no se dispone de la mayoría o en prevención de que esta se pierda. Esos cálculos que pretenden usar las instituciones como freno del poder político circunstancial, están preñados de partidismo sectario y ayunos de cualquier sentido institucional democrático-liberal, pues descansan exclusivamente en colocar a “los míos” en tales órganos de control para facilitar el ejercicio del poder actual o dificultar el ejercicio del poder futuro del adversario político. Estas tácticas chapuceras  e indignas de un sistema democrático se vienen practicando desde antaño, pero las vivimos ahora con alta tensión política porque unos y otros, para desgracia del país, solo piensan en clave de poder desnudo, con total olvido del papel efectivo de las instituciones y de “la póliza de seguros” constitucional que es el checks and balances, nunca entendido por estos pagos.

España, efectivamente, no tiene ni ha tenido tradición democrática liberal en la aplicación efectiva del principio de separación de poderes. Y esa cultura institucional no se adquiere en pocos años ni siquiera en décadas, sino que se asienta con su correcto ejercicio. Incumplir procedimientos daña seriamente la credibilidad e imagen institucional; pero  ofrecer un espectáculo constante de “reparto de cromos” en las instituciones de control del poder, también afecta gravemente a la confianza ciudadana y erosiona la democracia.

Hoy en día hay quienes se echan las manos a la cabeza al observar el derrumbamiento del sistema institucional, al que la práctica totalidad de las fuerzas políticas están contribuyendo. Hay fuerzas políticas incluso en las que ese objetivo de desplome institucional forma parte de su estrategia de jaque mate al sistema constitucional o incluso al propio Estado (desde distintos lados del espectro ideológico). Más sorpresa causa que partidos centrales del sistema, bajo el pretendido manto de la defensa constitucional, con sus sectarias prácticas de un lado y de otro puedan llegar a convertirse de facto y “sin darse cuenta” en los mayores enemigos reales del sistema democrático liberal.

El hecho evidente es que España, con las profundas raíces de un histórico caciquismo hoy día mutado en clientelismo voraz, representa en estos momentos el vivo paradigma de lo que se puede calificar como un Estado clientelar de partidos. Bajo esos parámetros, no cabe sorprenderse en exceso de nada de lo que está pasando y de lo que estamos viendo. Tampoco de lo que pasará, porque todo puede ir a peor. El manoseo institucional, más o menos grosero, ha formado parte de la política española desde los primeros pasos del Estado Liberal decimonónico y se ha practicado con empeño creciente desde 1978 a nuestros días. La clave diferencial radica en que antes el pastel a repartir era mucho más pequeño y que ahora se ha hecho enorme. Como ya apunté en su momento en este mismo Blog (https://www.hayderecho.com/2021/10/28/partidos-de-cargos-publicos-y-direccion-publica-en-espana/), las fuerzas políticas, alejadas ya de la sociedad civil, se han transformado en la actualidad en partidos de cargos públicos.

José Antonio Gómez Yáñez y Joan Navarro, nada sospechosos ambos de tener precisamente un discurso antipartidos, cuantificaron en 2019 (Desprivatizar los partidos) que había en España más de 80.000 cargos públicos, computando los representativos y los ejecutivos. Demasiados incentivos, por tanto, para cubrir esos niveles de poder y atraer “vocaciones” hacia la política. La duda que ya entonces se planteaban esos autores y que hoy día se acrecienta es hasta qué punto esas organizaciones vetustas y endogámicas, no exentas de altas dosis de mediocridad en sus filas, como son los actuales partidos, disponen de capacidades internas para generar el liderazgo y el talento necesario (sobre todo en esas proporciones cuantitativas tan desmesuradas) que requiere la conducción del país en una etapa y en un futuro tan crítico e incierto como el actual. Claramente se advierte que no. Las estructuras actuales de los partidos políticos solo tienen una vocación existencial: ganar elecciones para disponer, en beneficio de sus propios intereses, de los resorte del poder. Como ha expuesto Piero Ignazi (Partido y democracia), los partidos se han ido distanciando de la ciudadanía para parapetarse en el Estado como fortín al que solo los suyos y sus invitados podrán acceder para disfrutar de sus prebendas. Y en España esto es aún mucho más grave por las estratosféricas dimensiones del problema, lo que está contaminando también la alta función pública, cuya profesionalidad e imparcialidad está siendo cada vez más cuestionada por el intenso peso de la politización.

Por tanto, que nadie se extrañe que, en este contexto sucintamente descrito, la antipolítica crezca como la espuma. Las advertencias de Italia no son ninguna broma. Son los propios partidos quienes están retroalimentando al monstruo que cualquier día los devorará a ellos también. Un afamado periodista (José Antonio Zarzalejos) hablaba recientemente de gangrena institucional. En verdad, la gangrena no habría surgido si la herida se hubiese curado a tiempo. Y tal cura, en las últimas décadas, a ningún partido interesó. La gangrena estaba incubada, solo muestra ahora sus peores imágenes. España no es Alemania, Estados Unidos, Francia o el Reino Unido, donde los fuertes embates (que también se han producido y se producirán) a su institucionalidad se encuentran, al menos, con el dique de contención de un edificio constitucional sólido y con una cultura política asentada; pues la precariedad de la arquitectura institucional y democrática española es obvia.

En fin, llevamos, sin ir más lejos, más de cuarenta años jugando a la ruleta rusa con un sistema institucional que, tras ese largo período de desgaste de materiales, se está cayendo en pedazos. Las expresiones políticas y las conductas iliberales están multiplicándose en nuestro entorno institucional sin apenas darnos cuenta. El sistema político institucional amenaza ruina. Y hay quienes se empeñan, con tesón o con estúpida torpeza, en destrozarlo más aún o, incluso, en desguazarlo pieza a pieza.

8 comentarios
  1. Luis Andrés
    Luis Andrés Dice:

    Es difícilmente rebatible el sentido profundo de la exposición descriptiva, realizada en el texto por Rafael Jiménez Asensio, de las lacras de que adolece nuestra sociedad, desde siempre y ahora interpretada con la maestría del cinismo político, aprendido de cuando los controles se desdibujan en la penumbra de los despachos de poder, e incluso con luz y taquígrafos. Como muestra puede valer la reciente presentación de la renuncia al cargo de Presidente del CGPJ y del Tribunal Supremo

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  2. Manuel Villa
    Manuel Villa Dice:

    La cuestión de fondo es la defensa de la verdad. El perseguir la verdad es previo a la ideología y si lo que se desea aparecer como verdad es lo que conviene al partido, aunque se sabe que es mentira, pues los militante de los partidos son personas formadas y con conocimientos para discernir, se está traicionando a la ciudadanía. A lo que parece, existe ciudadanía que ansía el ser traicionada pues los que le mienten son los «nuestros», y los «nuestros» pueden mentir todo lo que se les antoje. Aunque roben, como en los ERE, allá iran los pagados del partido con las pancartas a manifestar que están siendo perseguidos injustamente. El mentiroso que tenemos por Presidente del Gobierno se descolgó con un: «Están pagando justos por pecadores». Puede que lleve mucho tiempo pero al final la verdad vencerá porque un régimen permanente de mentiras, en el que estamos, no puede permanecer pues es esencia de la condición humana el perseguir la verdad. De otro modo, ¿Qué se les va a trasladar a las generaciones futuras? En el testamento: Hijo te dejo en heredad unas grandes mentiras que te van a servir para ser un hombre íntegro.

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  3. Daniel Iborra
    Daniel Iborra Dice:

    Una ciudadanía con experiencia política , como la de los países de democracia plena , hace años que tiene clara la diferencia entre la financiación del estado del bienestar , mejorando los servicios públicos y las prestaciones sociales y la de un estado clientelar.
    El estado clientelar es el estado del bienestar para unos pocos, la clase política dirigente y sus apoyos y el sector cultural, intelectual y mediático que comparten , con ellos, el banquete de los ingresos públicos.
    El problema para los que están sentados en la mesas de recursos públicos es que cambie el gestor del régimen clientelar y que lo sea por incompetencia y/o corrupción . Entonces además de la pérdida de recursos también tendrán la de credibilidad , por complicidad.
    La manera que un estado clientelar se convierta en un estado del bienestar es que los contribuyentes eliminen a los intermediarios que roban los recursos públicos para su beneficio electoral y/o personal y por ello, los políticos lo saben. Para ello, la independencia, la honestidad y la solvencia del periodismo es clave.
    Antes de su fallecimiento ,el gran economista Gay de Liébana nos dejó esta recomendación , que fue publicada en numerosos medios. . «en España se registran ineficacias presupuestarias que podrían resolverse «si somos capaces de eliminar la gigantesca industria política que se ha generado y que consume cerca de 25.000 millones de euros al año».
    El día que los beneficiarios mediáticos salgan de la mesa del reparto, tendremos una idea más exacta de la corrupción estructural del sistema.

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  4. O'farrill
    O'farrill Dice:

    Siento estar pesimista, pero del edificio constitucional sólo parecen quedar los escombros de un sueño democrático que sería pervertido por los intereses partidistas.
    Y es lógico. Se intentó enmascarar lo que fue un proceso previsto por el anterior régimen, por un mundo nuevo que renegaba de sus antecedentes históricos, incluso de aquellos que habían servido para preparar la Transición.
    UCD fue un partido de aluvión o más bien una coalición de partidos «centristas»(si admitimos la cuestión espacial de «izquierdas» o «derechas» de la época) basado en la socialdemocracia que ya venía de antes (un amigo me decía que Franco había sido socialista sin saberlo). Basta con ver el ordenamiento jurídico del régimen. Por eso, los llamados «azules» no tuvieron ningún problema en continuar manejando el timón. Pero Suárez no se avino a la participación de España en la OTAN y eso le costó el cargo.
    El recambio estaba preparado desde Suresnes en 1974, donde el socialismo histórico quedó desplazado por el «clan de la tortilla» (unos «estadistas» de cuidado) que tenían instrucciones de más allá del Atlántico («hay que ser socialista antes que marxista» u «OTAN SI). Los ligeros materiales del armazón constitucional, se demolieron con la «muerte de Montesquieu», la politización de la Justicia y de todo el entramado institucional de las AA:PP. y las organizaciones civiles. El nacionalismo volvió a reverdecer con su abultada representación política y parlamentaria y sus abultados presupuestos a través del sistema autonómico. Dotar a las autonomías de competencias del Estado en vez de delegar la gestión simplemente, fue el juego de intercambio de Estado por apoyo partidario.
    Como nadie decía nada, se fueron apretando las tuercas y se logró un sistema bipartidista que dominaba al legislativo por la suma de apoyos parlamentarios a cambio de cesiones de Estado. A eso le llamaron «política» cuando no era más que un simple juego de mesa: yo te doy, tú me das…
    Y llegaron los tiempos del «metaverso» y otras lindezas por el estilo (también importadas del otro lado del «charco») a través de una UE obediente y sumisa ante las aberraciones políticas impuestas. Ya no existen «izquierdas» «derechas» ni «centros». Es el tiempo de hacer un mundo nuevo con la complicidad de quienes deben el cargo no a la soberanía de las naciones, sino a poderes e intereses superiores. superiores.
    Nos empeñamos en no verlo y tratamos de aferrarnos a los anacronismos «democracia», «constitución» o Estado de Derecho (todos lo son de una u otra forma), para darnos cuenta que quienes debían defenderlos institucionalmente miran para otro lado y quienes son los órganos más importantes de consulta del Estado, son ninguneados o manipulados (colocando también allí sus peones) por el sistema partidario.
    Política no significa «partidos» que se enfrentan (algunos de cara a la galería) sino partidos que buscan solidez y convivencia sociales que reclama la soberanía nacional («de la que emanan los poderes del Estado»). Política no significa sometimiento de los ciudadanos a poderes o intereses particulares, sino defensa de los cidadanos frente a ellos. Política no significa la rendición incondicional (o con algún estímulo) de las instituciones a los caprichos arbitrarios, a la desinformación, a la manipulacion y a los despropósitos de quien manda, sino poner a quien manda en el sitio que le corresponde.
    Los lamentos por la leche derramada no llevan a ninguna parte. Por desgracia.
    Un cordial saludo.

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  5. Daniel Iborra
    Daniel Iborra Dice:

    La independencia del periodismo es tan importante como la independencia judicial para la consecución de una democracia eficiente al servicio de los ciudadanos que es lo contrario de un régimen clentelar.
    Este tema lo tratamos en nuestro artículo sobre la denuncia selectiva de la corrupción en España.¿Por qué cuando había más corrupción que ahora la gente no lo percibía? pero , también en un artículo que he escrito este mes sobre la semejanza del Gobierno de Sánchez y de Zapatero. En este incluyo la referencia a la manipulación histórica del sector más influyente de los medios para ocultar la incompetencia de ZP , parecida a la de ahora..
    “El relato “oficial de la crisis” (una crisis de origen exterior e imprevisible) no tuvo nada que ver con la realidad. Influyentes medios, para encubrir la responsabilidad de la gestión pública interior, la repartieron a todo el mundo y sirvió para que gestores interiores eludieran su culpa. Todo lo que sucedió, fue denunciado por nuestros principales economistas. …
    Joaquim Muns “Hemos tenido la mala suerte histórica de que la peor crisis en muchas décadas haya coincidido con la peor clase política en muchos años”
    Sala i Martín, en febrero de 2.008 publicó un artículo “LOS MÚSICOS DEL TITANIC” en el que comparaba lo que estaban haciendo, en materia económica, Zapatero y Solbes con los músicos del Titanic.
    Juan Velarde, entre los numerosos artículos denunciando lo que pasaba, recogió la siguiente sentencia de Linde de Castro “La economía española pasaba a enfrentarse a probablemente la peor situación económica central y la peor situación financiera pública en medio siglo”
    Y finalmente, Ramón Tamames, “Zapatero era un iluminado rodeado de ineptos”. El 9 de febrero de 2.009, a su propuesta de hacer unos nuevos Pactos de la Moncloa, le contestó “Mira Ramón, no os enteráis, somos los que estamos mejor y los primeros que vamos a salir de la crisis”.
    .. el sector informativo más influyente consiguió que su relato tuvo tanto éxito que el que condujo aquella catástrofe, Zapatero, todavía es una autoridad en los medios que le apoyaron.
    Pero la falta de crítica ocasionó que el desastre se prolongara hasta la presión exterior, con un coste social enorme, lo que previsiblemente pasará con Sánchez. Entonces saldrán los números y las previsiones de todos.”.
    Una democracia no puede ser eficiente sin un periodismo independiente , honesto y solvente,

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  6. Daniel Iborra
    Daniel Iborra Dice:

    La «gobernanza» de Sánchez es una muestra de la importancia de la propaganda y del control de los medios de comunicación en la política, sobre todo para el mal gestor. A el no le preocupa que su pueblo tenga graves problemas sino que éste le culpabilice de los mismos y la reacción social acabe con su poder, de ahí que se convierta en un hábil distorsionador de la realidad.
    Con el tiempo aprende que no son los datos de su mala gestión lo peligroso sino como se presentan a la opinión pública. Hasta este momento clave ha de lograr, con la ayuda de expertos decoradores, mejorar su imagen y encontrar un culpable interior o exterior a quien responsabilizar de las desgracias internas, dirigiendo a ellos la ira popular. Y, a peor gestión, de más calidad ha de ser la manipulación.

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  7. Manu Oquendo
    Manu Oquendo Dice:

    Como apunta el autor, la cuestión no se circunscribe a España a pesar de que tenemos factores autóctonos que la agravan especialmente.
    Dentro de España hay talento sobrado para exponer la situación pero resulta muy difícil crear una opinión pública que sirva de muro de contención.
    Además de la «corrección política» elevada a la categoría de Gran Inquisidor, es también perfectamente observable que el mundo Académico se esmera en ser amable con el sistema y la Prensa, los Medios todos, son un lodazal «clientelar» –por decirlo amablemente– que difícilmente puede caer más bajo en cuestiones fundamentales. Su descrédito está a la vista de todos.

    La guerra de Ucrania nos muestra perfectamente que esta situación es compartida por toda la UE que, finalmente, exhibe su realidad de vasallos coloniales destinados a pagar el amargo precio de esta condición.
    Vasallos nos llamaba en su obra con acierto el profesor, e influyente hombre de Estado, Brzezinski.
    El colmo de los colmos acabamos de verlo con la destrucción del Nord Stream ante los ojos asustados del principal damnificado que conoce perfectamente lo sucedido de la boca misma de Biden desde febrero de este año. Pero sigue callado, como la Sra. Von der Leyen, mientras vemos que nuestra industria, ya condenada a la no competitividad por unos costes energéticos y fiscales diseñados para destruirnos, se deslocaliza a los EEUU. Y todos callados.

    Hace unos años el profesor Ferrajoli, («Principia Iuris») se convirtió en «emérito» de la Roma III. Lo celebró escribiendo «Poteri Selvaggi» traducida a numerosos idiomas. Se comentó ampliamente en Hay Derecho y me permito traer un breve resumen que explica algunas razones que tampoco se abordan públicamente salvo contadas excepciones que son insuficientes para crear opinión.

    Cita
    La opinión de Ferrajoli nos retrotrae a Guglielmo Ferrero explicando cómo los regímenes pierden legitimidad otorgada y pasan a descansar en la Coacción.
    Según Ferrajoli la quiebra de nuestras democracias se produce por la destrucción de la representación efectiva de la ciudadanía que es el pilar de nuestros sistemas constitucionales. Hoy nos encontramos sin cauces políticos eficaces para corregir cosas como
    1. Creciente déficit democrático que se acentúa a partir de los referéndums contrarios a la Constitución Europea de Francia y Holanda en el 2006.
    2. Instituciones supranacionales de muy indirecta y cuestionable representatividad con poder de dictar instrucciones y leyes a Estados. Ejemplo infame: la retención de correos electrónicos privados
    3. Un chantaje que compromete los sistemas de Igualdad de Oportunidades, Sanidad y Educación dado que los partidos asignan la máxima prioridad a la defensa de sus intereses corporativos.
    4. La renuncia a pedir la implicación voluntaria de la ciudadanía en el servicio público.

    Para este autor, nada extremista, nuestro sistema no funciona como debiera y lo hace con lealtades y criterios que no son los de los ciudadanos.
    Los Incentivos perversos, el Moral Hazard, el contagio de lo inmoral, están al timón.
    Como predijo Tocqueville el poder se ha ido reforzando hasta niveles que nadie hubiera creído posibles en una democracia.

    Hoy es tan descomunal que, como un electroimán de gran potencia, atrae a los agentes en busca de lo que se conoce como Amiguismo para la captura de Rentas de Situación . La tendencia al monopolio no es de naturaleza económica, es un rasgo del sistema político.

    Fin de cita.

    Resumen de Ferrajoli en «Poderes Salvajes» (Trotta)
    Degradación por arriba de la representación efectiva
    1.La idea del jefe de partido como encarnación de la voluntad popular.
    2. Concentración e indiferenciación de poderes en la cúpula del estado.
    3. Patrimonialización del poder en una casta limitada.
    4. La integración de los Partidos en las Instituciones de Control.
    5. El control partidario e institucional de la Información.
    Degradación por la base.
    1. Homologación de los que consienten y denigración del discrepante.
    2. Despolitización masiva, disolución de la opinión pública y primacía de grupos de intereses privados.
    3.Dramática y creciente reducción de la participación política.
    4. Manipulación de la Información y hundimiento de la moral pública.

    Saludos y gracias por el artículo y comentarios.

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