Juego político vs. respeto institucional

Las instituciones garantizan la estabilidad de las democracias. Solo si la gran mayoría de la población confía en que las instituciones del Estado son «reflexivas e imparciales» (Pierre Rosanvallon) estarán dispuestos a obedecer las reglas que establezcan el Parlamento y el Gobierno. Para que una sociedad funcione, el poder político tiene que respetar esta neutralidad y profesionalidad de las instituciones. 

Los partidos políticos llevan años en España tratando de destruir esa imparcialidad a través de la ocupación de las instituciones por personas afectas. Como señala Jiménez Asensio en su libro Instituciones rotas, la ocupación guiada por el partidismo y el clientelismo se extiende no sólo a las instituciones representativas y gubernamentales, que es su espacio natural de despliegue, sino a los altos cargos judiciales y fiscales y de organismos independientes de control. Como si eso no fuera suficiente para su desprestigio, asistimos cada vez más a su instrumentalización en la lucha política, que es de lo que hablamos hoy.

En esa carrera descendente a la que no vemos fondo, señalamos dos ejemplos recientes. 

El primero es muy conocido. Se trata del comunicado de la Fiscalía de Madrid sobre las comunicaciones entre el abogado de Alberto Gonzalez (pareja de Ayuso) y el fiscal del caso, que incluía la cronología de las conversaciones e incluso textos entrecomillados. Esto ha provocado la reacción del Consejo General de la Abogacía en defensa del respeto del secreto de las comunicaciones, e incluso una denuncia del Colegio de Abogados de Madrid contra el Ministerio Fiscal por revelación de secretos. Las explicaciones ofrecidas por el fiscal General del Estado, que se ampara en que no se había publicado completa la concreta propuesta de conformidad, parecen más bien confirmar lo incorrecto de publicar parcialmente esas negociaciones. El problema es que no parece un error del Gabinete de prensa de la fiscalía, sino más bien que se utiliza la Fiscalía para la lucha política, en un momento en que interesa que en los medios se hable de la pareja de Ayuso, cuando colea el lamentable caso Koldo. La desafortunada intervención de la Ministra de Hacienda sobre el mismo tema, haciendo referencia a unas noticias que en realidad no se habían publicado aún, parece confirmar esta sospecha de utilización de las instituciones para crear noticias con finalidad política. El daño que esto supone para la confianza en instituciones básicas es enorme. En el caso de la Fiscalía, que tiene encomendada la defensa de la legalidad, la gravedad es extrema.

En el segundo caso, UGT pedía el cese inmediato de un Abogado del Estado por hacer su trabajo, es decir, defender al Estado. Tanto UGT como Yolanda Diaz consideran que es una «interferencia» que el Abogado del Estado, Agente del Reino de España ante el Comité Europeo de Derechos Sociales (órgano del Consejo de Europa), haya pedido la recusación de un miembro del Comité que ha de resolver la reclamación de UGT. Este sindicato considera que la indemnización por despido en España es incompatible con la Carta Social revisada en 2021, por ser automática en su cálculo. Los abogados del Estado pidieron, como se hace ante cualquier órgano judicial o parajudicial que resuelve controversias, que apartasen de conocer este caso a una persona que había mostrado públicamente su posición sobre la materia que se dirime ahora ante el Comité, antes de su nombramiento. El derecho fundamental de defensa consagrado en el artículo 24 de la CE incluye el derecho a un juez imparcial, y por eso la institución de la recusación es algo conocido y habitual. Nada extraño, por lo que la «interferencia» sería más bien las de UGT y la Vicepresidenta acusando a un funcionario por cumplir su función. De hecho, de lo que ha avanzado El País antes de que la resolución se haga pública, la recusacion fue aceptada por el Comité. 

Es perfectamente lícito que UGT defienda que la legislación española no cumple los estándares europeos, y es posible que su reclamación sea aceptada (El País también ha avanzado que así ha sido). Lo que no es lógico es que consideren una interferencia que el Estado utilice los medios ordinarios de defensa. Y lo que es inadmisible es que se pida el cese de un funcionario por hacer su trabajo. Más grave aún es que en la nota de prensa UGT acuse implícitamente al funcionario (con nombre y apellido) de defender intereses políticos porque fue nombrado para ese puesto (que es técnico, no político) por el PP. Parece que queremos volver a épocas pasadas, retratadas magistralmente por Galdós en la novela Miau, cuando todos los funcionarios cambiaban con cada Gobierno. Quizás les parecen pocos los puestos que ahora reparte la partitocracia y quieran extenderlos a funcionarios, con esa concepción patrimonial del poder que también ha denunciado Jiménez Asensio (gran especialista en Galdós, por cierto). 

Probablemente sea todo un juego para los medios. La resolución del Comité es meramente consultiva, es decir que no afecta a la legislación. Si UGT (sindicato del PSOE) y Sumar (su socio de Gobierno) querían cambiar la norma sobre indemnizaciones por despido, deberían pedir que el PSOE y sus socios la modifiquen. Pero en lugar de que cada cual asuma su responsabilidad, mejor echar la culpa al PP, atacando a un funcionario que no ha hecho más que seguir las instrucciones del Gobierno de defender al Estado. 

Este tipo de actuaciones son un paso más en la demolición del Estado de Derecho. Revelan la convicción de que el fin justifica los medios, y en concreto que no importa instrumentalizar a las instituciones ni atacar la profesionalidad e independencia de la administración si sirve para la lucha política. Recordemos que estas instituciones nos protegen a todos, y que si hoy, porque gobiernan «los nuestros», permitimos que se conviertan en meros instrumentos del poder, mañana quedaremos indefensos cuando gobiernen «los otros». 

3 comentarios
  1. O'farrill
    O'farrill Dice:

    “Se sigue invocando el estado de Derecho, expresión que es un oxímoron y una tautología, tanto en el sentido de l’Etat de Droit de origen napoleónico, como en el del Rechtsstaat, una simple ensambladura de palabras, pues todo Estado es Estado de Derecho. Ambas formas terminaron en 1814 cuiando el Derecho empezó a hacerse bestial. El estado de Derechoes una respuesta ingenua a la pregunta del libro de Job (34,17): ¿puede gobernar quien odia el Derecho?” (Dalmacio Negro: “¿Existe todavía el Derecho?.- gaceta.es).
    El profesor y académico viene a cuestionar el mantra “·estado de Derecho” con una razón contundente: todo estado, de cualquier carácter, es un “estado de Derecho”; es decir, se rige por algún tipo de ordenamiento jurídico y social.
    Otra cuestión diferente es que ese ordenamiento sea legítimo (esté amparado por un representación real del soberano en un legislativo ajeno a los intereses de los partidos, surgido de un sistema electoral igualitario, con listas abiertas y revocación de mandato). Parte de ello se contempla en la Constitución: artº 14: “Todos los españoles son iguales ante la ley…. sin discriminación de ningún tipo… etc.” lo que hace inconstitucional el actual sistema electoral con diferencia de valor de voto según circunscripción. Un tema que brindo a HD para profundizar en el mismo.
    Cuando se confunde Estado con gobierno (simple administración del Estado) y el mundo de las instituciones dependen… (¿de quien dependen? pues eso) tenemos una anormalidad de inicio que contamina todo el sistema político, salvo que el rey ejerza sus funciones como cabeza del Estado (artº56 y 62 C.E.) y ponga las cosas en su sitio.
    El Estado es la constitución política y administrativa de una nación realizada por sus ciudadanos (democracia) o impuesta por la política partidaria (de intereses parciales, no generales). No digo nada cuando esa imposición se lleva por delante principios, valores, derechos de una sociedad o una cultura o unas creencias personales, desde posiciones de privilegio de poder para el chantaje de una minoría sobre el resto. O, cuando el despotismo democrático anunciado por Tocqueville en base a supuestas mayorías, arrasa con la diversidad o el pluralismo de la ciudadanía.
    En todo ello las instituciones surgidas de esa organización del Estado, servidas por funcionarios del Estado pero dependientes del gobierno, se colocan en situaciones difíciles por conflicto de lealtades (al Estado del que dependen o al gobierno que les paga, premia y privilegia), donde la “obediencia debida” tiene unos límites constitucionales que, como vemos, nadie parece conocer.
    Si las instituciones como tales o sus cuerpos de funcionarios fueran leales al Estado, muchos desaguisados administrativos, técnicos, jurídicos y políticos, no se darían y no estaríamos en esa deriva que no es de ahora, sino que proviene de hace muchos años y es la decadencia de Occidente (Spengler) con ejecutivos “cesaristas” y antidemocráticos más propios del absolutismo del poder en caulquier forma.
    Un saludo.

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  2. Dan Evans
    Dan Evans Dice:

    Muy acertada la frase final aunque nadie parece entenderla. En general hay una alarmante ausencia de “visión de conjunto” en la sociedad. Cada vez más, También en los votantes.
    Saludos

    Responder

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