Diario de Barcelona: el Concierto catalán

¿Por  qué hay ahora un conflicto importante en Cataluña con la cuestión de la independencia y, en cambio, no lo hay en Euskadi? Pues que existe un conflicto en Cataluña –premisa mayor- creo que no lo pone nadie en duda. Un conflicto que “parece” no tener solución. Y escribo “parece” entre comillas porque creo que sí tiene una salida. Pero esa salida precisa de un gobierno y de unos partidos nacionales fuertes y unidos –por más voces discrepantes que eleven el tono de su voz- y por una Generalitat –Parlament y Govern- que esté dispuesta a transitar por puentes y no por lanzarse a las procelosas aguas de un río muy peligroso y no navegable. Hurguemos en la memoria y trasladémonos al año 2003 que es cuando se alza Maragall y el PSC con la presidencia de la Generalitat, aupado con el apoyo de Esquerra Republicana que entonces lideraba Josep Lluis Carod Rovira.

En ese momento, con los datos que el presidir un gobierno ofrece, Maragall y sus asesores llegan a la conclusión que el sistema de financiación catalán depende, esencialmente, de los vaivenes políticos de los dos grandes partidos nacionales, o sea PP y PSOE. Cuando estos partidos tienen mayoría absoluta y no necesitan a los partidos nacionalistas para gobernar les atornillan con el dinero. Eso lo hace el PP con Aznar y luego con Rajoy hasta la exasperación en 2000 y 2011. Mas cuando obtienen mayorías relativas, el PSOE en 1993, 2004  y  2008 o el PP en 1996, todo va razonablemente bien pues el gobierno del Estado hace concesiones que satisfacen a los nacionalistas catalanes. Y vascos, no lo olvidemos.

Maragall no encontró interlocutor en Aznar. Es cierto también que en 2003 organizaron lo del cordón sanitario para aislar al PP en Cataluña y, de paso, quitarle el gobierno en España, como así ocurrió. Pero hubo mucha cortedad de miras en ese gobierno presidido entonces por Aznar. Con Zapatero, abierta la brecha secesionista, se negoció el nuevo Estatuto que hubo que adaptar a las sucesivas sentencias del TC, resultado de varias demandas de inconstitucionalidad interpuestas, una de ellas por el PP. Artur Mas se hace con la presidencia de la Generalitat en 2010 y la suerte de Zapatero ya está echada. Al ganar Rajoy las elecciones en noviembre de 2011, hizo oídos sordos a lo que con un sistema de financiación adecuado habrían aceptado tantos y tantos catalanes que hasta entonces nunca se les había ocurrido pensar en la independencia, y muchos de ellos se lanzarn a la calle pidiendo “¡independencia!” Pero el problema de Cataluña es, esencialmente, económico.  Para ser más precisos, de financiación. A algunos les parecerá mezquino, pero es así y así hay que resolverlo.

Cuando se discutió la Constitución y el Estatuto pudieron haber elegido los negociadores catalanes el sistema de financiación de “concierto” o parecido. Pero al parecer Pujol, entonces, no estuvo por esa labor. Ya le iba bien el sistema de reivindicación y agravio  permanentes. Y sobre todo, cuando les necesitaban para gobernar España, pues se convertían en “la clau” (la llave), lo cual se demostró con creces en los gobiernos de mayorías relativas del PSOE y del PP. Nadie pone en duda, y menos que nadie las leyes constitucionales, que Cataluña es un territorio “histórico” con “derechos históricos” como establece la Constitución. En el Estatuto catalán de 2006, versión consolidada de acuerdo con los FJ 10 de la STC 31/2010, de 28 de junio; y el FJ 4 de la STC 137/2010, de 16 de diciembre, se refiere, nada menos que al autogobierno de Cataluña que “se fundamenta también en los derecho históricos del pueblo catalán, que el presente Estatuto incorpora y actualiza al amparo del artículo 2, la disposición transitoria segunda y otros preceptos de la Constitución, de los que deriva una posición singular de la Generalitat en relación con el derecho civil, la lengua, la cultura, la proyección de estas en el ámbito educativo, y el sistema institucional en que se organiza la Generalitat”. En redacción más simplificada ya se decía, más o menos lo mismo, en el Estatuto de Sau de 1979.

¿Y con esto se arreglaría el “problema catalán”? Pues me inclino a pensar que si no del todo, bastante, bastante, sí. Siempre habrá irredentos, sentimentalistas o esta versión anarquista siglo XXI que es la CUP. Por motivos diversos, todos respetables, preferirían tener un territorio independiente aunque fuese inviable económicamente y arruinase a sus ciudadanos, que pertenecer a un Estado mediano pero culturalmente poderoso, como es España. Ahora bien, una vez conseguida una financiación aceptable, vendría después el momento de la gran verdad: con una administración gestionada como la que hubo en Cataluña –salvo honrosas excepciones- en estos casi cuarenta años, elefantiásica y despilfarradora, sería imposible salir adelante. En esto, quizás, podríamos aprender, otra vez, de los vascos. Su territorio y habitantes son mucho mas pequeños, es cierto; pero nadie pone en duda la eficacia de su gobierno. Si un día Cataluña tiene un concierto, cupo incluido, con el Estado, para que suene bien ese concierto, habrá que afinar muchísimo los instrumentos. Por ahí va la solución. No por un referéndum que todos sabemos va a ser inviable y que chirría por todas partes pues pretende interpretarse sin instrumentos.

 

Diario de Barcelona: Cataluña y el efecto Urkullu

Iñigo Urkullu ha dado una lección de sensatez y de cómo, en este siglo XXI puede conjugarse el nacionalismo vasco o catalán sin romper España. España, un Estado que, pese al gobierno, funciona bastante bien; incluso sin él. Primero en La Vanguardia, luego en El País y, por último, en El Mundo, Urkullu ha dicho lo mismo que repite una y otra vez en Euskadi y que se resume en esto: “La unilateralidad no es el camino, Europa no lo aceptaría”. Y ha ido más lejos: “Pensar en un Estado vasco independiente es hoy una quimera”. Los socialistas o populares podrían afirmar lo mismo y no sería noticia. Pero que lo afirme el presidente del PNV y Lendakari, sí lo es. Una gran noticia de primera página.

En Cataluña, en cambio, vivimos desde hace unos años instalados en la quimera. No hay argumentos que avalen que con un Estado independiente los catalanes fuésemos más prósperos, más ricos y, en suma, más felices. Por el contrario, nos empobreceríamos en todos los órdenes –económica, social y culturalmente- y, además, quedaríamos fuera del proyecto europeo en un momento en el que prácticamente la totalidad de la legislación aplicable en España, y en Cataluña como es lógico, procede de trasposiciones europeas. En Euskadi, tras la catastrófica gestión de Ibarretxe, el PNV perdió el poder a manos de Patxi López, socialista. Volvió a recuperarlo con Urkullu al cabo de casi cuatro años. Urkullu es un político que no tiene doble lenguaje y que dice lo mismo en Bilbao, Álava, Madrid, Sevilla o Barcelona. Lo mismo que su antecesor en la presidencia del PNV, hoy consejero delegado de Repsol, Josu Jon Imaz. Entre ambos, Urkullu e Imaz han sabido articular un discurso político y económico bueno para el País Vasco y, como consecuencia de ello, bueno para España.

Hace años, cuando el presidente de la Generalitat de Catalunya, Jordi Pujol, dejaba verse por Madrid en foros, almuerzos, entrevistas y conferencias, los políticos y empresarios capitalinos con quienes compartía andanzas, no importaba de que partido fuesen, solían quedarse muy tranquilos. “¡Que hombre más sensato!, ¡ojala tuviésemos un político así en Madrid!, ¡ya podrían aprender los vascos de cómo se hacen las cosas en Cataluña!” –decían los contertulios madrileños. Nadie se paraba a escuchar lo que este mismo Pujol contaba en los pueblos y ciudades de Cataluña que recorría un día sí y otro también, incluidos domingos y festivos, y en donde proclamaba las excelencias de la independencia. Mientras tanto arañaba una competencia detrás de otra aunque quedasen casi siempre los cabos sueltos de cómo se iban a financiar tantos traspasos. Y el famoso 3 %, ese que se atrevió a insinuar Pascual Maragall siendo president de la Generalitat, campaba libremente. Se decía entonces, con la boca chica, pues a nadie le interesaba destapar la olla de la corrupción, que la corrupción que por esos años asolaba al PSOE, era un juego de niños comparada con la que había en Cataluña. Pero nadie quería verlo. Bueno, casi nadie.

Luego vinieron años felices y dorados para España. Y llegado el PP al gobierno, que prometió un programa de regeneración moral e institucional, se selló la alianza con los nacionalistas de CiU. Se trabajaba bien con ellos, al menos por lo que en mi experiencia como diputado puedo certificar. Parecía que, por fin habíamos conjugado bien los verbos españoles y catalanes. Todo se vino al traste con la mayoría absoluta del PP en el año 2000. Ahí comenzaron los desencuentros y la corrupción rampante en los gobiernos autónomos del PP y entre sus filas. España iba para arriba y nadie se ocupaba de las minucias de esta o aquella prebenda. Pero vino el 2007 y cada mes que pasaba cientos de miles de trabajadores –muchos de las clases medias- iban engrosando las filas del paro. La historia es de sobras conocida. Cuando llegó Rajoy al Gobierno, con mayoría absoluta en 2011, los tres principales problemas que tuvo, la corrupción, Cataluña y el económico, el primero lo despachó achacando el problema a “los grandes titulares” (sic) por los pocos casos de corrupción; el otro, Cataluña, colocándose de perfil esperando que el huracán amainase; y el tercer problema, el del rescate, sí supo afrontarlo porque no tenía que hacer nada: sólo seguir las instrucciones que le daba Bruselas.

En Cataluña, en lugar de intentar empujar del carro para que no se despeñe, el independentismo lo ha colocado al borde del precipicio. No se si Puigdemont será un Urkullu. Me temo que no. Ni tampoco se ve ningún Imaz, químico de profesión como Rubalcaba, en el horizonte. Cataluña se ha poblado de Ibarretxes que no saben a dónde van y que utilizan un lenguaje poblado de falsedades. A veces bienintencionadas, pero falsedades al cabo. Tampoco existe ya una burguesía fuerte capaz de alzarse con la dirección de las instituciones y de desmontar tanta mentira. Y en España al frente del gobierno hay un presidente que no hace política. Aun así, ante este desolador panorama, vislumbro un rayo de esperanza al menos por lo que al “problema catalán” se refiere. La Vanguardia, que es el termómetro inconfundible de por dónde sopla el viento en nuestra tierra, ha arrinconado el independentismo a espacios más marginales. Hoy, las grandes portadas la ocupan mensajes como los de Urkullu. Su efecto parece imparable.

Diario de Barcelona: mucha gente pidiendo independencia y el junco encallado

Mientras en el País Vasco –que durante decenios vivió un ambiente irrespirable en sus calles- quienes quieren la independencia no llegan al 30 %, en Cataluña, que durante esos mismo decenios se vendía como “un oasis”, están casi en el 50 %. Y mientras todas las decisiones del gobierno de la Generalitat terminan en los tribunales de justicia, el gobierno de España no es capaz de tomar una sola iniciativa política. Toda su política consiste en decir algo así como: “Esto no va conmigo, que decida el TSJC o el Tribunal Constitucional”. Ahora el gobierno se escuda en que está “en funciones”, mas antes de las elecciones del 20 de diciembre de 2015, que era un gobierno que gobernaba con mayoría absoluta, hacía lo mismo: de correo hacia los tribunales. Rajoy opina que eso de hacer política no sirve para nada. “Cuando el viento sopla a tu favor, todo va bien. Cuando sopla en contra, hay que inclinarse como el junco, aguardando que amaine el temporal”. Esto es lo que piensa de la política el estratega santiagués.

Antes de contarles mi impresión sobre lo que pasó el día de la Diada catalana, les aclaro –sobre todo a lectores suspicaces- que creo que sería un monumental error convocar un referéndum, aunque mayor error es no hacer nada; y que en política lo peor es sucumbir en la indiferencia. Hay cuatro análisis que me interesa destacar sobre este último 11 de septiembre de Cataluña. Tres se han publicado en La Vanguardia y uno en El Confidencial. El primero es el editorial de ese periódico que en Cataluña se lee en todas partes. Se llama “El capital cívico de la Diada”, y destaca sobre todo eso, el civismo en el que cada año se desarrolla, aunque señala algo más: “España no estaría ahora bloqueada si en Madrid no se hubiese caído en el error del quietismo”; ¿porqué?, pues aún con tanta gente solicitando la independencia, la sociedad catalana está dividida, no hay mayoría social en Cataluña. Y concluye el editorial diciendo que si bien “no hay mayoría social en Cataluña para el rupturismo unilateral, tampoco hay mayoría política en España para un Gobierno numantino”.

Los otros tres análisis tienen firma. El primero, del 13 de septiembre, también en La Vanguardia, es de Miquel Roca Junyent. Se refiere a la enorme cantidad de gente que hubo en la manifestación, aunque fuese menor que la del año pasado. Roca insiste en la necesidad de hablar, de tender puentes entre unos y otros, pero su artículo rezuma escepticismo pues él sabe que con los actuales actores políticos va a ser muy difícil dialogar. Va más allá Lluis Foix, que dirigió durante años La Vanguardia, en su análisis que llama “El relato y su hegemonía”. Escribe sobre los nuevos conceptos que han ido afincándose en el relato político catalán. Ahora ya no se habla del derecho a decidir sino directamente de independencia. Y se reclama una república catalana. Se sostiene que eso no costará nada y que en Europa se recibiría esa república con los brazos abiertos. No se atiende ya a lo que dicen los expertos y Foix se remite al editorial de The Economist: “La confianza popular en la opinión de los expertos y en las instituciones arraigadas se ha derrumbado en las democracias occidentales”. Joan Tapia, que también dirigió La Vanguardia antes que Foix, en El Confidencial recuerda la deriva independentista, inexistente hasta hace pocos años, que ha ido creciendo día a día desde la sentencia del TC sobre el Estatut de Catalunya.

El junco ha quedado encallado por la corrupción de su propio partido y el independentismo catalán. Su suerte, que le acompaña desde que se alzó con la presidencia del partido merced al dedazo de Aznar y luego con la presidencia del gobierno como resultado de la incompetencia de Zapatero, parece que ha llegado al final. Antonio Elorza recordaba en El País que ahora lo que está en juego no es un cambio de régimen sino la propia supervivencia de España o sea el Estado mismo. Ante una oposición inexistente, Mariano Rajoy, si fuese un patriota y no un partitócrata, felicitaría que otro miembro de su partido pudiese ser capaz de formar un gobierno capaz de afrontar el problema catalán, por un lado; y, por otro, con la firme decisión de limpiar de escoria el PP. Parece un mal sueño que en el PP, lleno de gente competente y con ideas, no sea nadie capaz de alzarse con una voz bien construida y discrepante del inmovilismo de Rajoy que está llevando a España a la asfixia.

Si nos metamos en unas terceras elecciones, de dudosa constitucionalidad, el descrédito de España irá en aumento. Mientras tanto en Cataluña se navegará como si España ya no existiera, con un gobierno en funciones o con un gobierno presidido por una persona políticamente desacreditada, incapaz de tomar una sola iniciativa política. Y el agujero de la corrupción irá socavando cada vez más al único partido que ha sido capaz de concentrar una mayoría social aceptable. Frente a este panorama, el independentismo cada vez se verá más fortalecido.

 

Diario de Barcelona: aquel 11 de septiembre

 El 11 de septiembre se recuerda por el brutal ataque a las torres gemelas de Nueva York y al Pentágono. También por el golpe de estado de Pinochet en Chile que sacudió al mundo y movilizó a la izquierda. Y en 1714 cayó la ciudad de Barcelona y entraron las tropas borbónicas en la ciudad dando fin a una guerra de sucesión a la corona de España que había comenzado en 1700 a la muerte del Rey Carlos II. Ya es mala suerte esa coincidencia de fechas, diría Chiquito de la Calzada, levantando la pierna, moviendo las manos y dando un giro a su cuerpo para mandarlo en dirección contraria.

Carlos II murió el 1 de Noviembre de 1700 y su testamento, obra del cardenal Portocarrero, abrió la guerra de sucesión a la Corona de España, una de las más poderosas del mundo entonces. Duro casi catorce años hasta la firma del tratado de Utrech en 1713. Felipe V no cumplió el testamento de su antecesor que ordenaba acatar las “leyes, fueros, constituciones y costumbres” de sus reinos. Impuso una nueva planta judicial y modernizó la Corte –que era como se llamaba al Estado de entonces. Como ya hemos recordado en anteriores comentarios, después Cataluña obtuvo grandes ventajas de la nueva situación pues se le abrió todo el mercado peninsular, primero, y luego el de América. Pero la historia se escribe como cada uno quiere; y se conmemoran los acontecimientos según la singular apreciación de quien tiene el poder. Hoy, el 11 de Septiembre se conmemora, desde 1976, la caída de Barcelona, la derrota en suma, y el nacimiento de la “nación catalana”.

Recuerdo muy bien la primera “Diada Nacional de Catalunya”, la de 1976, que se celebró en Sant Boi, donde se encuentran los restos mortales de Rafael de Casanovas, Conseller en Cap –el equivalente a President de la Generalitat- de la ciudad que fue herido en las batallas finales pero que terminó sus días ejerciendo la profesión de abogado reconocido por todos, en 1743 o sea al cabo de veintinueve años. Formé parte de la comisión negociadora para discutir con el Gobernador Civil los términos de la autorización. Desde entonces han pasado, nada menos, que 39 Diadas. Este año conmemoramos la 40. Desde aquel 11 de Septiembre, festivo y generoso, a los últimos, independentistas y separadores, va todo un recorrido de abandonos, políticas a corto plazo, falta de entendimiento, incomprensión de los “hechos nacionales” por parte de los gobiernos centrales, utilización de la lengua como hecho separador, etcétera. Todo lo cual ha convertido a Cataluña en algo que sería casi irreconocible si la miramos con los ojos de entonces.

Ahora, o nos sumergimos en la nostalgia o intentamos llegar a algún punto de encuentro, unos y otros. Eso no será posible mientras el presidente del gobierno sea Rajoy. ¿Por qué? Pues porque ha demostrado a lo largo de sus años de gobierno que carece de una sola idea política. Su única idea política es la anti idea: la resistencia; el haber llegado a un sitio y mantenerse en el a toda costa. Todos los partidos políticos representados en el Congreso de los Diputados, coincidamos o no con ellos, tienen unas determinadas ideas políticas y, en el tema concreto catalán, saben más o menos lo que quieren. El único partido que carece de una idea con respecto a Cataluña es el Partido Popular. Y cuando desde sus filas alguien ha intentado ofrecer unas cuantas líneas de actuación, fue barrido. El último que lo intentó fue Piqué; después vino ya el desierto de ideas en el que está sumido el PP que lo único que ha sabido hacer, al menos en Cataluña, ha sido montar un sistema de espionaje, primero con Sánchez Camacho y luego a través de la oficina antifraude en conexión con el ministerio del Interior para hundir la sanidad catalana. Todo ello muy ejemplar.

Heredé de mi madre una novela histórica que se publicó en 1926 y cuya lectura recomiendo porque el rigor histórico es notable. Nada que ver con Galdós, pero yo no la pude dejar y leí los catorce volúmenes de corrido. Alguno de los personajes está bien caracterizado. Bien escrita, en un estilo florido, al que te acostumbras rápidamente. La serie se llama “Las guerras fratricidas” y el autor es Alfonso Danvila. Ahí puede comprobarse que el llamado “problema catalán” no es de ahora. Y ahora, lo que fue útil en 1978 ahora ya no lo es. En el País Vasco, con el sistema del cupo, prácticamente consiguieron la independencia. En Cataluña, de momento, no se ha sabido negociar un sistema de financiación satisfactorio. De nada sirve soliviantarse, enrojecerse de ira o contestar insultando, como hace algún lector, cuando se formulan afirmaciones como ésta. Guste o disguste, en Cataluña existe un sentimiento generalizado de injusticia que atraviesa transversalmente todos los partidos, incluido el PP. Es demasiada ciudad Barcelona como para considerarla una ciudad de provincias. Y mientras no se enfrenten los problemas con decisión e ideas claras, el encontronazo será mayor. Como decía el lúcido editor, amigo y prematuramente fallecido Jaume Vallcorba todos los actores de este drama parecen caminar “endavant, endavant, sense ideas i sense plan.”

Diario de Barcelona: La partición de España

Mientras en el Congreso de los Diputados, que según la Constitución representa la soberanía nacional, se intenta infructuosamente formar un gobierno que dirija la política –y el presupuesto- de todos los españoles, o sea su bienestar, el Parlament de Catalunya trata de sacar adelante un proceso cuya consecuencia final sea la partición de España. En el Congreso nadie tiene, de momento, la mayoría suficiente para poder formar gobierno. Y en el Parlament, los diputados sí tienen la mayoría suficiente en escaños para iniciar ese dramático –pues estamos hablando de un drama- proceso, pero les falta un buen puñado de votos populares para constituirse en mayoría popular. Los catalanes han preferido mayoritariamente permanecer al lado de España, mas eso es una opinión que puede cambiar, como los votos, en cualquier momento. Y, para acabarlo de complicar, sus representantes opinan lo contrario.

Quienes conocen las leyes y los mecanismos, a veces sutiles, del derecho, tienen las ideas claras. Solamente, según la Constitución, representan la soberanía nacional los diputados del Congreso. Los diputados del Parlament de Catalunya, como los del resto de parlamentos autonómicos, representan los intereses de la Comunidad, región o nacionalidad, según se digan. Mas según el artículo 55.1 del Estatut de Catalunya de 2006, el Parlament de Catalunya representa también –y no es poco- al pueblo catalán. Ese pueblo, representado por su parlamento, se habría pronunciado por la independencia, se argumenta. Seamos claros: por la partición de España.

Pero el Estatut también dice que uno de los principios por los que se rige es el de la lealtad institucional. Y, además, la Constitución es la norma suprema de todos los españoles y es superior en rango al Estatut. Y, en cualquier caso y en el supuesto de conflicto, será el Tribunal Constitucional quien deba decidir lo que es la Constitución y lo que no es.Lo que es ser leal o desleal, en términos constitucionales. Son la única voz autorizada para interpretarla y hacerla cumplir. Bien. Así las cosas, el llamado gráficamente choque de trenes está garantizado. ¿Alguien se imagina a un grupo de policías deteniendo a la presidenta del Parlament de Catalunya? A mi me resulta difícil imaginarlo. Mucho menos una situación como la que provocó la intervención del general Batet –tío abuelo de la diputada socialista MaritxelBatet- en la plaza de Sant Jaume en 1934. ¿Entonces? ¿Qué hacer?

De momento, al margen de unas cuantas palabras, Rajoy no ha hecho nada. En fin, nada, nada, tampoco. Ha habido guerra sucia orquestada desde las cloacas del ministerio del Interior. Guerra sucia que ha hecho aflorar mucha mierda –perdonen la expresión- que estaba como empantanada sin que se acabase de desbordar hasta que lo hizo con el caso Pujol y luego a través de las escuchas en el despacho del ministro del Interior. No ha habido ninguna política. Y sí mas de una sucia acción que ha tintado de sospechas al presidente y a su entorno.

Desde el partido socialista, por otra parte, empujado por el PSC, se predica acerca de las bondades del federalismo; y si ese federalismo es asimétrico, mejor. Y desde el resto de partidos, a excepción del PP y de Ciudadanos, se intenta capear el temporal como buenamente se puede, o sea muy mal. Ciudadanos representa la resistencia y de ahí no se mueven. Los del PP se han aferrado a las viejas banderas, impasibles al ademán, o a entretenerse escuchando al vecindario.

Cuando ustedes, lectores y amigos compatriotas españoles, nos preguntan a los catalanes que también queremos seguir siendo españoles, qué es lo que pasa aquende el Ebro, como si nuestras montañas, ríos, valles y praderas fuesen un Pakistán desgajado de la India, la verdad es que llega un momento que no sabemos que responder porque no tenemos explicación razonable. A lo sumo, les repetimos eso que nos dicen nuestros parientes independentistas: se trata de un sentimiento; y contra los sentimientos es imposible combatir. Estamos, pues, ante un drama sentimental. Ocurre como con el amor. Si nos enamoramos de una persona que a nosotros nos parece la mas hermosa o guapo del mundo, ya nos pueden decir lo que sea, que nos seguirá pareciendo su belleza y hermosura muy superior a la Venus o la de Apolo. Pues eso pasa con Catalunya, así, con “ny” en lugar de “ñ”. Que a una buena parte de catalanes les parece tan hermosa, tan singular, tan llena de mar y de montañas, tan “rica i plena”, que para nada necesita a España.

A finales del siglo XVIII y durante una buena parte del XIX, la intelectualidad catalana se sentía tan a gusto de ser española que incluso decían que no entendían como antes no lo habían visto. Dou –primer presidente de las Cortes en Cádiz-, Finestres o Campmany, lo más granado de la intelectualidad catalana de entonces eso decían. Lógico. Primero, después del cuarto decreto de Nueva Planta, a los catalanes se les abrió, sin fronteras, todo el mercado español; y, poco después, nada menos que la América hispana. Hasta finales del XIX no se deshizo el encanto. Fue la generación llamada del 98, arrastrada tras la pérdida de las colonias, la que empezó a proferir denuestos contra España. Cánovas, un poco antes, el gran Cánovas del Castillo ya había afirmado que se era español porque no se podía ser otra cosa. Y Ortega unos tres decenios más tarde opinaba que no había ni un solo periodo de la historia de España que pudiese ser admirado, ni siquiera el del emperador Carlos V. Y así fue creciendo en Cataluña la desafección hacia España y lo español.

Seguiré contándoles cómo se fue gestando y en el estado en el que se encuentra esta desafección que hoy parece irreversible. Serán ustedes mismos quienes juzguen si dan por buenas las premisas que iremos colocando y discutiendo. Al final del drama, seguro, todos llegaremos a la misma conclusión. ¿Cuál? Pues la de la inevitabilidad del choque de trenes. ¿Resultado?: Una catástrofe. No conozco un solo drama que haya terminado bien. Sólo después del conflicto y de la violencia que conlleva un conflicto, es posible llegar a un acuerdo. Y en Cataluña estamos al borde del conflicto. La única incógnita es conocer qué tipo de violencia se va a generar. Y en esto yo me mantengo optimista y creo que la sangre –literalmente- no llegará al Ebro.

 

Diario de Barcelona: Brexit y Catalexit

El Brexit ha tenido consecuencias en muchos otros lugares además de Gran Bretaña. En Cataluña, por ejemplo. Aquí, como en toda España, se vio primero con sorpresa, luego con estupor y, finalmente, con incertidumbre. La incertidumbre, en cualquier caso, es la tónica general de la política en todo el mundo, muy acusada en los países occidentales, acostumbrados a las certezas. En Catalunya solemos mirar y analizar, para contemplarnos, cualquier proceso secesionista que va apareciendo en nuestro entorno: Quebec, Bélgica, Checoslovaquia, Kósovo y, por último, Escocia. ¿Porqué no hacer un referéndum como ahí?, se preguntaban muchos.

Mas el resultado de la consulta escocesa dio negativo. Un poco más de la mitad de los escoceses no querían abandonar el Reino Unido. Y en un segundo referéndum, el del “Brexit”, salió que querían permanecer en la Unión Europea por abrumadora mayoría, de la cual se habrían salido si hubiese triunfado el sí a la secesión. Entonces aquí, en Cataluña, comenzaron las reflexiones. Quienes habían apostado por la desconexión con el Reino Unido, ahora querían quedarse en Europa para lo cual era condición indispensable que el Reino Unido permaneciese unido. Y, en cambio, los escoceses no podrían permanecer en la Unión Europea sin seguir, previamente, un tortuoso proceso: primero desconexión con el Reino Unido, para lo cual sería imprescindible otro referéndum, y luego petición y trámites para la incorporación a la Unión Europea. Años de camino por delante para volver al mismo sitio del que ahora van a salir. O sea, un pésimo negocio.

¿Es eso lo que queremos los catalanes cuando el parlament de Catalunya avala el plan de ruptura con el Estado, como ha ocurrido esta semana? En las últimas elecciones autonómicas, el 52 % de los catalanes ya se pronunció: no querían eso. Los partidos independentistas –Junts pel Sí y la CUP- sostuvieron que aquellas elecciones había que tomarlas como un plebiscito, pero como el plebiscito no les salió bien, se apuntan ahora a la aritmética parlamentaria. Lo ocurrido en el Reino Unido ha abierto los ojos a muchos catalanes que pensaban, en caso de plantearse un referéndum en España sobre el tema catalán, votar sí a la independencia como voto de castigo. “Todo el mundo”, sostenían, estaba convencido que saldría una negativa a esa desconexión catalana. ¿Porqué no tener valor y plantearlo como había hecho Cameron?  Sin embargo el resultado del “Brexit” puso aquí los pelos de punta. El escenario político ha cambiado completamente y lo que antes era blanco o negro, ahora se ha tornado en una gama de grises. Hoy, por ejemplo, un gobierno en España apuntalado por nacionalistas catalanes y vascos, como en 1993 y 1996, resulta inviable.

Si alguien quiere estar informado sobre lo que piensan los bienpensantes en Catalunya no tiene más que leer La Vanguardia, especialmente alguno de sus editoriales o a sus más emblemáticos colaboradores. El jueves pasado, el director de ese diario, Màrius Carol, comentaba en su columna “El riesgo de los atajos”, el plan de ruptura con España aprobado por el parlament de Catalunya. Concluía: “Catalunya es un país, pero no puede ser un sobresalto. Y ya no hay día sin vértigo”. Es cierto. No hay en el Estado un interlocutor legitimado para ofrecer alternativas políticas en Catalunya. España camina de momento a la deriva, sin gobierno y sin un plan político que sea aceptable o, al menos, comprensible, para Catalunya y los catalanes. En el mundo político capitalino parece que no se dan cuenta de lo que aquí está ocurriendo.

El Catalexit, de facto, ya se ha producido. Y además del sonsonete de que las leyes están para que se cumplan -¡obvio!- quizás habría que ofrecer otro tipo de respuestas; por ejemplo, una política que posibilitase la formación de un gobierno pactado y que llevase aparejado una serie de reformas para hacer más fluidas las relaciones bilaterales entre el gobierno de Catalunya y el del Estado. Carreras, en una columna en El País, solicitaba esa cultura del pacto, de democracia parlamentaria, sin la cual nuestro sistema constitucional va a salir muy mal parado. El independentismo catalán germinó, entre otras razones, porque todos los escritores de la generación del 98 sin excepción se regodeaban con las miserias de España. Para formar parte de un pueblo miserable preferimos ser los holandeses de España, sostenían los intelectuales catalanes. Ahora el problema es otro. Catalunya no puede seguir dependiendo de la arbitrariedad de la CUP. Y España no puede –mejor dicho, no debe- seguir sin gobierno y con casi todas las instituciones paralizadas. Entonces, en los albores del siglo pasado, fue un problema social, económico y cultural el que alejó a los catalanes de España. Hoy el alejamiento es político y de administración de las finanzas: de gobierno. España es un país rico y con enormes posibilidades. Y seguiremos siendo ricos si sabemos permanecer unidos respetando las diferencias. Sin política, en cambio, el “Catalexit” de facto está garantizado. Les recomiendo a los lectores airados de este blog –cuyos comentarios agradezco- para que perciban por sí mismos esto que escribo, que hagan alguna incursión por los pueblos costeros y del interior de Catalunya. Luego hablamos…

Nueva serie. Diario de Barcelona: ¿Todo está en el mismo sitio?

 

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Nuestro colaborador Jorge Trías está de vuelta en Barcelona, su ciudad natal. Nos ha parecido que sería interesante que nos fuera contando con una periodicidad semanal bajo el título «Diario de Barcelona»  como ha sido la vuelta y la situación desde el punto de vista del Estado de Derecho por allí.  Pero inevitablemente la primera pregunta es ¿como se ha llegado a esa situación?

Los editores

Después de una breve y fructífera estancia en el Ministerio de Justicia, me quedé a vivir en Madrid donde monté un despacho profesional. Corría el año 1981, poco después del golpe de estado. Presidía la Generalitat de Catalunya Jordi Pujol, quién  durante ese esperpéntico asalto llamó sobresaltado al Rey y éste  le calmó con un “tranquilo Jordi, tranquilo”.  Tras la corta presidencia de Calvo Sotelo los socialistas arrollaron en las elecciones de 1982 y gobernaron ininterrumpidamente hasta 1996. Su único contrapeso durante varios años fue el gobierno ecléctico de Jordi Pujol, que entonces lideraba Covergencia i Unió, y hacía y estructuraba y desestructuraba la administración catalana a sus anchas. Lo importante, decía el Presidente Pujol, solía repetir el Presidente Pujol, era ir arañando competencias, aunque estas fuesen mínimas y no se tuviese claro cómo costearlas. Y lo repetía hasta la saciedad, como si de una estrategia militar se tratara. Así se llegó a 1996, cuando los populares ganaron las elecciones por minoría y hubo que pactar con CiU del mismo modo que en el gobierno anterior lo había hecho Felipe González en 1993.

Las negociaciones, llevadas directamente por Aznar y Pujol, finalizaron con un acuerdo de gobierno estable con los nacionalistas catalanes al que se sumaron el PNV y Coalición Canaria. No sólo se suprimió la simbólica figura del gobernador civil sino que, incluso, el gobierno del PP se comprometió a transferir competencias que ni siquiera los nacionalistas habían pedido. En CiU estaban tan contentos que no daban crédito al terreno que iban consiguiendo. Y con el PNV se pactó un nuevo concierto económico, concierto que cuando fue aprobado por el Congreso de los Diputados llevó a un exultante Anasagasti a proferir, mientras descendíamos juntos las escaleras del congreso, “¡esto es la h…, Jorge,  es como haber conseguido la independencia”! Y era verdad, los nacionalistas vascos habían obtenido lo que querían: el control del dinero, o sea la independencia. Lo demás era accesorio perteneciendo, como pertenecíamos, a la Comunidad Europea en donde se establecía una política monetaria, exterior y de defensa común.

Es importante, recordar lo que ocurrió con la mayoría absoluta obtenida por el PP en la siguiente legislatura, la guerra de Irak, el triunfo de Zapatero y la negociación del nuevo estatuto de Catalunya. El PP se automarginó y los populares quedaron como apestados de la política en Catalunya. Gente tóxica. Las permanentes apelaciones de este partido al Tribunal Constitucional, en varias ocasiones perfectamente prescindibles, y el enfrentamiento directo entre el gobierno catalán y el español en la legislatura en la que Rajoy obtuvo mayoría absoluta, envenenaron la política española y la catalana. Y esto es lo que permitió al gobierno de Pujol, heredado por Artur Mas, introducir en el imaginario de todos (o al menos de los catalanes) que había dos gobiernos –el español y el catalán-. Los catalanes, sobre todo nacionalistas, entendieron que dos gobiernos representaban dos estados –el estado catalán y el español- y que ambos tenían derecho a  negociar en plano de igualdad. Pero, negociar ¿el qué? Pues el “tránsito hacia la independencia”, clamó Mas, la independencia de Catalunya; y no había nada más que hablar.

El gobierno español, con un presidente propenso a ponerse de perfil, también se puso de perfil. Y los líderes de los partidos comenzaron a imitar a Rajoy o sea a no hacer nada, a quedarse quietos. Y así aguantó toda la legislatura –de 2011 a 2015- hasta que Mas convocó elecciones y las ganó pero con tanta minoría que tuvo que dejar, in extremis, el sillón de President a quien hoy preside la Generalitat, el señor Puigdemont, con el fin de obtener los suficientes apoyos para poder gobernar. Con caras nuevas, antes de iniciarse la campaña electoral se consiguió desbloquear, al menos, el aislamiento entre el gobierno central y el autonómico y se pactaron varios acuerdos, algo que no había sido posible en los cuatro años anteriores.

Ahora se espera que el PP forme gobierno en España, a base de abstenciones ya que de otro modo parece imposible, entre las que probablemente se encuentre la del Partit Demócrata de Catalunya –la nueva Convergencia hija y nieta del pujolismo. Ellos –los antiguos convergentes- no han abandonado el independentismo, al que se sumaron abiertamente hace bien poco; y desde el gobierno que salga se harán concesiones económicas pero no convocarán el desde Catalunya tan demandado referéndum. Las experiencias de Escocia y el Brexit son lo suficientemente recientes que Mariano Rajoy, utilizando sus propias palabras, no se meterá “en ese lío”.

¿Y cómo se ha llegado hasta aquí, a una situación tan inviable –la independencia- y perjudicial económicamente para los catalanes, o sea para nosotros? ¿Son los sentimientos tan fuertes que estaríamos dispuestos a lanzar a nuestros hijos a luchas que les arruinarían la vida y les empobrecerían durante varias generaciones, por lo menos? Una cosa es predicar y otra dar trigo. Una cosa es tergiversar la realidad y lanzar un mantra como ese del robo español, o ese otro de los 16.000 millones o aquel de las balazas fiscales de Alemania, y otra muy distinta aceptar la realidad. Como ha demostrado Josep Borrell los 16.000 no llegan a 2.000 y aquí no hay expolios sino malos negociadores o, lo que es lo mismo, malos políticos; y que en Alemania no existe lo que se pretende desde el independentismo sobre las balanzas fiscales.

Esto es lo que trataré de averiguar ahora que he instalado mi residencia habitual en Barcelona, la ciudad en la que nací y me crié. ¡Es tan poca la distancia entre Madrid y Barcelona!Tengo curiosidad por ver si ejerciendo mi profesión desde aquí, mi perspectiva cambia. O si lo que parece que es distinto, el mar, el Tibidabo, los edificios construidos por mi tío abuelo (el arquitecto EnricSagnier), el magma urbano, a veces modernista, que se desborda entre el Besós y el Llobregat, Montjuico Mont Juïf, enfin, si todo eso y todo lo que contiene, catalanes viejos y nuevos, es realmente ajeno a Madrid. También entender si Barcelona es Catalunya o siCatalunya es otra, la hermana olvidada que ve el independentismo como una forma de imponerse a la hermana que globalmente brilla entre cruceros y turistas.

Esto es lo que iré desgranando semana tras semana.