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Reforma global del Impuesto de Sociedades ¿El fin del fraude?

Es bien sabido que muchas de las multinacionales más grandes eluden de manera sistemática buena parte del impuesto de sociedades. También como lo hacen: crean filiales en países con baja o nula tributación a las cuales se atribuyen una gran parte de los beneficios, porque las demás filiales -las que verdaderamente generan beneficios- les pagan enormes cantidades por derechos de propiedad intelectual, servicios financieros, de bróker y otros, reduciéndose sus beneficios como consecuencia de estos «gastos». En teoría las normas fiscales obligan a que estas transacciones entre empresas del grupo se hagan a precio de mercado, y por tanto no debería ser posible la elusión, pero la realidad es muy distinta. Como demuestra este estudio de Zucman, Wier, Torslov,  el sistema permite a las multinacionales eludir al menos el 40% del impuesto de sociedades. El fraude se revela de manera clarísima cuando se comparan los beneficios supuestamente obtenidos en distintos países con el gasto en personal en los mismos, como se ve en este gráfico. Es evidente que la razón no es que los trabajadores de Puerto Rico sean 10 veces más productivos que los franceses o estadounidenses, entre otras cosas porque las diferencias son semejantes si se comparan los beneficios con ventas.

 

Este artículo del Economist destaca también que el 25% de los beneficios se producen en países de baja tributación mientras que en ellos solo se encuentran el 11% de los activos tangibles y el 5% de los empleados. Estos países, que –curiosamente- ahora el Economist llama “investment hubs” (centro de inversión) en lugar de “tax havens” (paraísos fiscales) no son Estados fuera de control sino protectorados de EE.UU o Reino Unido (Bermudas, Islas Vírgenes, Cayman) o Estados europeos (Luxemburgo, Irlanda, Holanda).

Se trata además de un fenómeno que se ha agravado extraordinariamente en los últimos años, pues viene facilitado por el carácter crecientemente intangible de los servicios que se venden y por la creciente globalización, como se ve en este gráfico del mismo estudio.

Las consecuencias de esta situación son gravísimas. Por una parte, se reducen los ingresos fiscales de los Estados donde realmente están operando esas empresas, concentrando la carga impositiva en PYMES y en los trabajadores. Además, las multinacionales obtienen una ventaja competitiva desleal frente a las empresas medianas -que no tienen tamaño suficiente para rentabilizar las estructuras fiscales transnacionales-, y las más “agresivas” se benefician frente a las más prudentes.

Esta situación es una gigantesca estafa, en la que se benefician unos pocos Estados que parasitan los ingresos fiscales de la mayoría, y los accionistas de las grandes multinacionales frente a los que obtienen sus rentas a través del trabajo, como denuncian desde hace años organizaciones como Tax Justice u Oxfam (y también este blog aquí y aquí) y como también refleja este gráfico..

  Sin embargo, parece que esta vez es diferente porque por fin EE.UU ha decidido actuar, empujado por la necesidad de financiar la recuperación y el plan de infraestructuras que quiere lanzar Biden (como se explicó en este reciente post). La iniciativa estadounidense ha sido seguida por la UE que acaba de presentar una propuesta el 18 de mayo, que adopta las mismas directrices.

¿Cuál es el plan? El primer objetivo es sencillo en teoría: acordar a nivel internacional un tipo mínimo de Impuesto de Sociedades. La globalización ha provocado una progresiva reducción de tipos en los países desarrollados (ver gráfico), que como hemos visto no ha llevado a una competencia fiscal real sino una distribución estratégica (y fraudulenta) de los beneficios en los lugares de menor tributación.

 

La propuesta de Biden es un tipo mínimo del 21%, lo que evidentemente reduciría los incentivos para desplazar artificialmente los beneficios. En el mismo sentido se ha manifestado la Comisión en su reciente propuesta, añadiendo con acierto que también se debe armonizar el cálculo de la base imponible.

 

            El segundo instrumento propuesto es más complejo porque supone una total modificación del sistema del Impuesto de Sociedades. Se trataría de que las multinacionales declararan sus beneficios a nivel global y que estos se imputaran y gravaran en los distintos Estados en función de las ventas en los mismos u otros factores que revelen una actividad real. Este sistema, denominado en inglés «formulary apportionment»  ya se utiliza para distribuir ese Impuesto entre las distintas regiones de Suiza, Canadá o EE.UU. Es evidente que el establecimiento de las fórmulas de reparto y la determinación de las empresas a las que se aplicaría (Biden ha hablado de las 100 mayores multinacionales) requerirá una negociación compleja. También puede suponer un problema que EE.UU condiciona este sistema a que no se establezcan impuestos digitales que muchos Estados (y la propia UE) están preparando. Esto último sin embargo, no debería ser un obstáculo insalvable pues una vez aprobado un sistema de redistribución de beneficios eficaz, el impuesto digital dejaría de estar justificado.

            La propuesta europea plantea otras reformas que se aplicarían inmediatamente a la espera de las reformas a nivel global. Una es la publicación por las empresas del tipo efectivo del Impuesto de Sociedades que pagan a nivel global, lo que aumentaría la presión de la opinión pública sobre las que menos contribuyen y supondría por tanto un desincentivo de las estructuras fiscales más agresivas. Otra sería impedir la utilización de “shell companies” (sociedades cáscara), es decir sociedades sin actividad real con la única finalidad de evasión fiscal, aunque a mi juicio esas medidas anti fraude ya se han demostrado inútiles. Más interés tiene una tercera medida –no estrictamente anti fraude- que persigue evitar el incentivo a endeudarse que supone que los intereses sean deducibles mientras que la remuneración del capital no lo es. Esta es una solución que se planteó a raíz del sobre endeudamiento en la crisis de 2018 (ver este estudio, que obtuvo el Premio Jaime Fernández Araoz en 2013).

 

            Es una oportunidad histórica: por una parte porque al fin se reconoce que la globalización ha roto las costuras del Impuesto de Sociedades: es como si aplicáramos normas de circulación hechas para coches de caballos a multinacionales que vuelan a velocidades supersónicas. Además, porque en este momento es necesario mejorar la recaudación fiscal, y no es posible hacerlo aumentando más la presión sobre el trabajo y el consumo mientras que sociedades y grandes accionistas pagan mucho menos. Esperemos que la voluntad política se mantenga, pues las reformas planteadas llevarían a una tributación más justa y a una competencia real entre las empresas, en beneficio de todos.

 

 

La revolución fiscal de Biden: una inexplicable no-noticia

Tengo sobredosis de Ayusismo, de Sanchismo, y de muchas nimiedades elegidas por los medios como supuestas “noticias”.  Parece que lo “noticiable” tiene que ser algo con caducidad a los tres días, y que necesariamente incluya una pelea, lo mas agria posible, entre dos a más contendientes. Mientras tanto se está gestando la mayor revolución fiscal de los últimos cincuenta años a nivel mundial, por supuesto sin contar, que sepamos, con España. Y sin que se le de una cobertura mediática ni la centésima parte de la que se le otorga a Rocio Carrasco.

El revolucionario, como no puede ser de otra manera, se llama Joe Biden. Sus propuestas son varias. En primer lugar, propone aumentar la carga fiscal sobre ingresos derivados del ahorro e inversión a un nivel que se acerque a la fiscalidad vigente para el producto del trabajo. En segundo lugar, y no menos importante, propone acordar con los demás países un tipo mínimo de impuesto de sociedades. Y, para que los Apple y Google de este mundo no puedan dar beneficios únicamente en paraísos fiscales y así minimizar sus impuestos, tendrían que pagar en cada país según el nivel de ingresos conseguidos en ese país. Así que asistimos a una vuelta decidida al multilateralismo, y una revolución en un sistema que en EEUU, según Saez y Zucman (2019), agregando todos los impuestos pagados, es básicamente un “flat tax”, todos desde el más pobre hasta el más rico pagando alrededor de un 28% en impuestos.  Hasta Warren Buffet ha declarado que no hay derecho que él pague menos impuestos que su secretaria.

Sabemos que los lectores de este blog tienen, afortunadamente, opiniones diversas sobre el tamaño óptimo del estado, su estructura, y la fiscalidad que lo debe soportar. Yo desde luego discrepo con Saez y Zucman en la importancia que dan a maximizar los ingresos fiscales. El foco debe ponerse más bien en asignar funciones a lo público solo cuando se hará mejor que en lo privado, en el “para qué” del gasto y en la eficiencia del gasto. Pero argumentaría que nos deberíamos alegrar de las propuestas de Biden, con independencia de nuestra visión personal.

Comencemos con la equiparación de salario y capital. La OCDE en 2010 evaluó cuatro tipos de impuesto, y concluyó que el impuesto de sociedades era el mas perjudicial para el crecimiento económico. Pero, en contra, cuando las personas jurídicas pagan pocos impuestos, hay un gran incentivo para convertir salarios en ingresos empresariales; lo cual ocurre cada vez con mayor frecuencia en los private equity, hedge funds, bufetes de abogados, consultores… El flat-tax efectivo citado arriba se produce porque el rico dirige todos sus ganancias hacía beneficios empresariales en detrimento del salario, porque fiscalmente es mucho más interesante.

¿Y el tipo mínimo de impuesto de sociedades? Hemos asistido durante décadas a una carrera entre países por rebajar este impuesto, nominalmente para atraer nuevas industrias y servicios poco sensibles a la ubicación geográfica. No deja de ser un elemento más en las decisiones de los multinacionales cuando se trata de una planta industrial o una actividad de servicios que se va a limitar al país en cuestión; pero un elemento que puede ser crucial cuando la rebaja de tipos es importante, y existen facilidades para reasignar beneficios entre países.  Lo primero es el caso con muchos paraísos fiscales, y el segundo con negocios que se basan en gran medida en intangibles (entre ellas, las tecnológicas).

Pero, ¿qué pasaría si un país se negase a incrementar su tipo hasta el mínimo?  Según el plan estadounidense, “Estableciéndose un mínimo global de un 21%, empresas estadounidenses operando en Irlanda – que son muchas – tendrían que pagar un extra de un 8,5% a su gobierno, encima del 12,5% pagado a Dublín”, según puede leerse en el texto  Janet Yellen calls for a global minimum tax on companies. Could it happen? en The Economist.  Un golpe que Dublín podría sobrellevar, pero que sería mortal (afortunadamente) para las Islas Caimán, Bermudas o las Islas Vírgenes Británicas (los tres mayores culpables del abuso fiscal corporativo, según Tax Justice Network). Por cierto, los tres siguientes son Holanda, Suiza y Luxemburgo (ver aquí taxjustice). Un resultado colateral significativo de tal medida sería lograr, al menos en cuanto al impuesto de sociedades, la “armonización fiscal” que lleva acariciando la UE desde tiempo inmemorial.

Finalmente, la medida que obligaría a ciertas empresas a pagar según su facturación en cada país. La OCDE pretende generalizar este método, pero el Plan Biden, tal vez de forma mas práctica para una implementación rápida, lo limita a las 100 mayores multinacionales.  Una vez aceptada el tipo mínimo, les sería indiferente esta medida a las empresas afectadas; pagarían lo mismo, pero en otro lugar.

Todo lo expuesto no debería ser indiferente para España y los españoles. Podría cobrar impuestos a las grandes tecnológicas en España según el negocio que hacen en España. Las empresas españolas dejarían de buscar artificios para dejar ganancias fuera de España.  Se frenaría el crecimiento de desigualdad a nivel mundial. Los alemanes y franceses salieron rápidamente en apoyo de Biden. José Ángel Gurría, Secretario General de la OCDE, habla de una oportunidad que sólo surge una vez en la vida ( An overhaul of the global tax system can wait no longer, por Angel Gurria en The Guardian). Increíblemente, debido al mucho trabajo ya realizado, sería factible llegar a acuerdos en cuestión de meses.

No esperamos encendidas defensas de estas medidas de los consultores que alumbran estructuras fiscales, pero ¿dónde están las declaraciones de los políticos españoles, de todo color, en el mismo sentido que los alemanes y franceses? ¿Y las provenientes de los sindicatos?  ¿Y la cobertura mediática?  ¿O es que los $ 427.000 millones perdidos anualmente en paraísos fiscales no tienen entidad suficiente?

Imagen de Eric Haynes con licencia de Creative Commons.

Asalto al capitolio: el precio de mirar hacia otro lado.

La reunión de equipo del día 6 de enero se presentaba en Washington D.C. con carácter rutinario. Alguien mencionó las protestas que en ese momento estaban teniendo lugar, pero a esas alturas del partido, después de 4 años, ya estamos acostumbrados a las manifestaciones y a los ruidos. De hecho, el inicio de la legislatura de Trump lo hizo con una de las manifestaciones más multitudinarias que se han visto en la historia de EE.UU.: la marcha de las mujeres, “The Women’s March”, que reunió a 470,000 personas en Washington DC y a casi 5 millones en todo USA el 21 de enero de 2017.

Esta marcha fue la respuesta de muchas personas a un presidente que había sido elegido a pesar de un vídeo en un autobús donde hacía comentarios inaceptables sobre una mujer. Este hecho se había justificado como “locker room talk” (comentario de vestuario de chicos). A pesar de esto, Trump ganó las elecciones.

Después vino la manifestación a favor de la Ciencia (March for Science, 22 April 2017), las manifestaciones del movimiento “Black Lives Matter”, que tuvieron especial relevancia con la muerte de George Floyd… y, así, multitud de ellas a lo largo de 4 años; por eso nadie se sorprendió cuando otra manifestación, esta vez convocada por el mismo Trump, tenía lugar.

Pero el acto público del 6 de enero de 2021 iba a ser diferente. A mitad de la reunión, seguridad mandó desalojar el edificio por el repentino toque de queda impuesto por la alcaldesa de Washington D.C. debido a la invasión del capitolio por los manifestantes. Nadie entendía nada. No se pueden imaginar lo difícil que normalmente es llegar hasta dentro del Congreso. Hay varias líneas de seguridad, detectores de metal, y una red de pasillos un tanto laberinticos difíciles de descifrar si uno no ha estado antes o ha estudiado algún mapa.

¿Cómo habíamos podido llegar a este punto?

Durante estos últimos cuatro años, la violencia y la intensidad de estos actos públicos ha ido aumentando. Las manifestaciones del movimiento “Black Lives Matter” el año pasado fueron también aprovechadas por grupo vandálicos que comenzaron a saquear la cuidad, llevando al ejercito a las calles e imponiéndose en la capital el toque de queda a las seis de la tarde durante varios días. Algo no visto en un largo periodo de tiempo. Este fin de semana, la policía detuvo en Washington a un hombre con 500 balas, y varias armas. La ciudad se ha blindado totalmente con 25,000 soldados, aproximadamente un 1 soldado por cada 24 habitantes si tenemos en cuenta la población de Washington DC. Parece que todo puede ir a peor. ¿Cómo ha sucedido esto?

El tipo de lenguaje agresivo utilizado por Trump en su campaña ha sido una tónica en su mandato y uno de los grandes problemas que su legislatura nos ha dejado. Trump, ha convertido en “socialmente aceptable” el machismo, el racismo y tantas otras cosas en las que Estados Unidos ha involucionado en lugar de evolucionar, como en la aceptación de la ciencia. A día de hoy, una gran parte de los seguidores de Trump siguen pensando que el COVID 19 no existe, a pesar de que aproximadamente 4000 estadounidenses mueren cada día debido a él.

Lo triste de esta historia es que todos somos cómplices de alguna manera de una división que ya existía en el país, pero que Trump ha acelerado a pasos agigantados. En primer lugar, el resto del partido republicano, que excepto en muy contadas ocasiones, como quizás la más “reciente versión” del senador Mitt Romney, decidió que era mejor mirar hacia otro lado y dejar que “Trump jugara” con tal de que su partido siguiera en el poder. según los republicanos, “Trump era controlable”, aunque parece que nadie lo ha sabido hacer. En segundo lugar, los periódicos, medios de comunicación y redes sociales, que fijaron sus ojos en el personaje y no lo soltaron hasta cuando quizás ya era demasiado tarde (Twitter y Facebook bloquearon a Trump tan solo después de las declaraciones del día 6 de enero). En tercer lugar, la sociedad en su conjunto, que hemos mirado hacia otro lado y aceptado cosas que en otro momento no hubiéramos dejado pasar.

Desde mi humilde opinión, las personas que asaltaron el capitolio el día 6 no son terroristas, como se ha dicho; son fieles creyentes en el “trumpismo” y en un líder que, aunque finalmente les está mandando a casa, ha seguido diciendo que les han robado las elecciones hasta el último minuto, y no ha llegado a reconocer directamente su derrota, sino que el “colegio electoral ha reconocido que Biden gano”. Como mínimo esta actitud es irresponsable. Pero un grupo así, tan convencido, no aparece de la nada sino que es creado por años de practicar la “política del odio”.

Trump, puede gustar o no, pero es una persona inteligente, que ha sabido encontrar su hueco en las medias verdades y llegar a las clases más desencantadas de la América profunda con un discurso simplista y muchas veces provocador. Tenía respuestas a corto plazo para una clase que se sentía olvidada y, curiosamente, ha sabido conectar con la gente de menos recursos y de los estados más remotos sin tener nada en común con ellos, pues proviene de una familia adinerada de Nueva York.

Los “Proud Boys”, el “Tea Party”, y toda la América más conservadora han sido la base en la que Trump supo apoyarse para llegar al poder. Toda esta gente descontenta con el sistema y reaccionaria ya existía; lo que Trump ha hecho ha sido aprovecharse del descontento y acelerar el proceso de división del país. Durante mucho tiempo, nadie en USA ha hecho nada al respecto. Las ideologías, incluso si están basadas en falsedades, no se construyen de un día para otro. Pero, llegados a este punto: ¿cómo se desmontan? Este es uno de los principales problemas a los que se enfrenta EE. UU. en este momento.

Trump polariza y rompe. Lo ha hecho en política internacional con Oriente Medio, donde ha roto los grandes consensos que existían en torno al mundo árabe y el tema palestino-israelí, aunque lo haya intentado vender de otra manera. Y en España lo hemos vivido en primera persona cuando, siendo ya presidente saliente, en diciembre pasado, reconoció la soberanía de Marruecos sobre el Sahara Occidental a cambio de que este país árabe reconociera a Jerusalén como capital de Israel. Un movimiento agresivo para España y que rompe aún mas los consensos árabes. Esta vista cortoplacista y agresiva, que puede funcionar para los negocios, no suele hacerlo en política.

Trump ha dividido, incluso más si cabía, a la presa americana, entre la que puede diferenciar un equipo de detractores de Trump y otro de seguidores. Sin embargo, los hechos han perdido el lugar que les corresponde por serlo, con las graves consecuencias que ello supone. El perfil que han dado de Trump algunos medios es tan sumamente negativo que, en ocasiones, llegaba a ser inverosímil. Y lo mismo ocurría con los medios seguidores de Trump: imposible que alguien fuera tan perfecto. De esta manera, y con un discurso populista por parte del presidente, lleno de medias verdades -como la relación “especial” de la OMS y China-, los hechos han sido sustituidos por opiniones y la realidad objetiva ha dejado de existir.

“Aprendamos en cabeza ajena”, como dice el sabio refranero español. Los populismos pasan factura si no se paran y, ante todo, la democracia debe ser protegida. Centrémonos en la gente, en sus necesidades, en los parados. Usemos el dinero europeo para crear un modelo económico cuya estructura sea menos vulnerable y dependiente de un solo sector. Soltemos lastre de lo que no vale y renazcamos sólidos y fuertes, pero siempre aportando soluciones y diciendo la verdad; repito, diciendo la verdad. Porque una mentira repetida muchas veces (una mentira como “nos han robado las elecciones”) tiene el peligro de convertirse en verdad para algunos.

En USA, el trumpismo sin ninguna duda sobrevirá a Trump. El partido republicano de EE. UU. se enfrenta en estos momentos a una especie de “guerra civil” entre los partidarios y detractores de Trump.

A estas alturas, el impeachment (proceso de destitución), es un acto simbólico más que otra cosa, y se resolverá cuando Joe Biden sea ya presidente. El debate tendrá lugar al mismo tiempo que la discusión sobre un paquete de medidas de estímulo de USD 1.3 trillones (americanos), algo que Biden necesita aprobar urgentemente para frenar el impacto del COVID en USA. De salir adelante el impeachment, Trump no podría volver a presentarse como candidato, pero resulta improbable que Trump esté pensando en estos momentos a 4 años vista. Quizás sean las posibles aspiraciones políticas de su hijo mayor o de su hija las que se vieran más afectadas.

En cualquier caso, la libertad de voto que el jefe de los republicanos ha dado a sus compañeros de partido en este tema es señal inequívoca de la polarización que el partido vive, donde republicanos muy conservadores como la hija de Dick Cheney votaron a favor del “proceso de destitución”, mientras otros, como la senadora de Colorado, votaron en contra. Resulta curioso que dicha senadora estuviera entre quienes pareciera haber facilitado un tour del Congreso en fechas recientes a parte de las personas que asaltaron el mismo. Un ejemplo más de la división del país. La presidenta del Congreso, Nancy Pelosi, ha abierto una investigación al respecto.

Sin embargo, mientras todo esto sucede, esta misma semana Trump, y su Secretario de Estado, Mike Pompeo, lejos de verse como un ejecutivo en salida, continuaban tomando decisiones de política internacional (sobre Yemen por ejemplo) con consecuencias muy importantes y que les dan puntos frente a su base de seguidores en unas futuras elecciones. Parece olvidarse que gobernar es un servicio público a todo el pueblo, no solo a los tuyos, y que en ningún caso es un acto personal.

Hoy, 20 de enero, Biden se convertirá en el presidente de Estados Unidos, de todos los Estados Unidos de América. Tendrá ante sí grandes retos; y, probablemente, el primero de ellos sea lograr unir a las dos Américas, tan sumamente polarizadas que ni si quiera pueden ponerse de acuerdo en los hechos. Pues no discurre ya el debate sobre opiniones, sino sobre hechos; hablamos de personas que están viendo diferentes realidades. Esperemos que un mandato sea suficiente para arreglarlo. Curiosamente, Biden va a tener que hacer suyo el slogan de Trump “Make America great again (Haz América grande de nuevo)”, porque lo que el presidente saliente deja es una América más caótica y confundida que nunca.

¡Buena suerte, presidente Biden!