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La verdad sobre la corrupción: necesitamos vigilancia y códigos éticos

En la obra teatral Huis Clos, de Jean-Paul Sartre, el protagonista descubría al cabo del rato que se encontraba en el infierno, y que «el infierno son los otros». Los políticos de ambos bandos nos quieren convencer de que, en España, la corrupción son, también, los otros. Basta con ver las declaraciones en que se acusa al otro partido de ser poco menos que una organización criminal. De creer a unos, los políticos del PP son todos comisionistas, con un insaciable apetito por los coches y relojes caros. Si damos crédito a los otros, el PSOE (y su sindicato) es lo mismo, pero con inclinación más por el marisco y la prostitución. Cuando ocasionalmente se acumulan las pruebas contra un miembro del partido propio y no basta el «y tú más» se acude a otra teoría, la de la «manzana podrida»: se trata de un caso excepcional, del único fruto  agusanado en una cesta inmaculada de sacrificados servidores de la cosa pública.. 

La realidad demuestra que ambos relatos son falsos.

Es falso que la corrupción esté alineada con una ideología determinada. Los estudios empíricos no encuentran una correlación entre partidos de izquierda o de derecha. Tampoco hay diferencia entre los votantes: un reciente estudio en EEUU muestra que aunque demócratas y republicanos valoran de manera distinta las cualidades del líder, están de acuerdo en considerar la honestidad la más importante. 

También es falso que la corrupción sean casos aislados en los partidos. Por el contrario, lo más frecuente es que sean tramas complejas que incluyen a numerosos miembros del partido con personas cercanas a estos, sobre todo familiares. Es evidente que la podredumbre, igual que en el cesto de las manzanas, se extiende. Lo que desde luego no existe es una cesta de manzanas puras y otra de podridas, como nos quieren hacer ver. 

Lo cierto es que casi todas las personas, y en consecuencia todas las organizaciones,  se pueden corromper. Los estudios de muchos científicos sociales, como Dan Ariely o Daniel Kahneman,  muestran cuales son los mecanismos que favorecen la honestidad. Sugiero a los políticos gastar menos tiempo en acusar a los demás y más en aplicar estas enseñanzas.

La primera es que la vigilancia o supervisión favorece la honestidad. En su libro Thinking fast and slow, Kahneman refiere el siguiente experimento: los miembros del departamento universitario británico habían pagado el café que tomaban en la oficina depositando la cantidad de dinero fijada en un cartel en una «caja de honradez» (una simple hucha sin control humano ni mecánico). Un día se colocó un póster justo encima de la máquina de café, sin ninguna advertencia ni explicación. Durante diez semanas se alternaban imágenes de flores o de ojos que parecían mirar directamente al que se servía el café. Nadie comentó nada pero la recaudación se multiplicó por tres cuando la imagen era de unos ojos. La primera conclusión del experimento es una confirmación de lo que sabíamos.. Ya a principios del XIX decía el filósofo utilitarista Bentham que «cuanto más te observo, mejor te comportas». Lo que aporta el experimento es que basta la sensación inconsciente de sentirme observado para que me porte mejor. La segunda conclusión sorprenderá a los Rosseaunianos: no todo el mundo es bueno. Al contrario, más del 80% de los empleados del departamento no pagaban la cantidad fijada. Estos altos porcentajes se confirman en los experimentos de Ariely y en otros estudios realizados en colegios y universidades de EEUU.

Otro de los experimentos de Ariely consistía en hacer un test en el que se pagaba en función de las respuestas acertadas, siendo los correctores los propios examinandos. En uno de los grupos se leía antes un código de honor, en otro los 10 mandamientos y en un tercero nada. El fraude era generalizado en este último y casi inexistente en los primeros. Finalmente se ha comprobado también el efecto del conflicto de intereses en las decisiones. En una de las pruebas, se revelaba que las personas eran más proclives a recetar tratamientos más caros si eso les beneficiaba económicamente, aunque fueran menos beneficiosos para el paciente.. 

Estas realidades nos pueden resultar más o menos deprimentes, pero como decía Serrat, «nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio». O quizás hay que enfocarlo de otra manera más positiva: los seres humanos somos frágiles moralmente, pero podemos mejorar si establecemos los sistemas adecuados. 

Lo primero que necesitamos, como hemos visto, es que nos vigilen. Por eso son necesarias normas sobre  transparencia y protección de denunciantes de corrupción, y también órganos independientes y especializados de control. Muchas de esas herramientas ya existen. Sin embargo, los políticos de manera sistemática tratan de anularlas o debilitarlas. El informe del Estado de Derecho de la Fundación Hay Derecho, por ejemplo, revela la creciente reticencia -y rebeldía- de las instituciones a dar la información como les obliga la Ley.  Hay además una tendencia negativa en cuanto a órganos de control. Es preocupante la nueva ley del Gobierno PP-Vox de Baleares, que reduce la transparencia y cierra la Agencia Antifraude. En Madrid se ha reformado el Consejo de Transparencia en una línea que parece debilitarlo, como se ha señalado aquí y aquí.   En  Valencia el nuevo Gobierno ha reducido las obligaciones de transparencia (aquí), aunque al menos se mantiene la agencia antifraude, que había sido puesta como ejemplo a nivel europeo. Tampoco el Gobierno nacional parece tener mucho interés en este control: hace más de un año que se aprobó la ley de protección del denunciante de corrupción y el Gobierno sigue sin constituir la Autoridad Independiente de Protección al Denunciante que la ley prevé y la Directiva europea exige (a punto de publicar de esto post ha aparecido un proyecto de Real Decreto sobre el estatuto de esta autoridad, dando un plazo para alegaciones de… siete días hábiles).

Por otra parte, son útiles también instrumentos que nos recuerden nuestras obligaciones morales. Por eso tiene sentido la creación de códigos éticos. Por eso Hay Derecho va a colaborar con España Mejor para la elaboración de un código ético para los políticos españoles, a cuyo cumplimiento trataremos de comprometer a los políticos.

Muy relacionado con el tema anterior está la cuestión de los conflictos de interés. Aunque ya existe una Oficina de conflictos de intereses, el caso reciente de la esposa del Presidente demuestra que o bien no tiene las competencias adecuadas o no funciona.  Es necesario una nueva regulación y una actividad muchos más intensa y rigurosa de este organismo, como ha señalado recientemente Miriam González Durantez en el Financial Times.

Todo esto no solo es importante, sino también urgente. Los estudios citados advierten que la  deshonestidad es contagiosa y crea tolerancia. Es decir, que si las personas de alrededor son corruptas, será más fácil que nosotros caigamos en lo mismo; y que una vez que se cometen pequeños actos deshonestos, se tiende a cometer otros más graves. Atajar la corrupción desde el principio es por tanto la única forma de evitar su generalización. Esperamos –y debemos exigir– que los políticos abandonen los discursos falaces y hagan lo que se demuestra que es eficaz.