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La crisis silenciosa de liderazgo en las empresas públicas españolas: cómo la politización las destruye y qué podemos hacer al respecto

Imagine, estimado lector, que es accionista de una gran empresa cuyo Consejo de Administración toma la decisión de nombrar como primer ejecutivo a una persona sin formación ni experiencia alguna para el puesto. Imagine que el Consejo continúa actuando así no una ni dos, sino siete veces seguidas a lo largo de 20 años. Esos siete ejecutivos –muchos de ellos «amiguetes» del presidente del Consejo– ni definen ni ejecutan una estrategia coherente para la compañía que, gradualmente, pierde cuota de mercado frente a sus competidores internacionales. Entre tanto, la empresa –que emplea a nada menos que 50.000 trabajadores– arroja pérdidas multimillonarias en ocho de los últimos diez ejercicios

Pues bien, esa empresa existe, todos los españoles somos accionistas y clientes de ella, y se llama Correos. El Dedómetro 2024 de la Fundación Hay Derecho es concluyente sobre la entidad 100% propiedad del Estado: en los últimos 20 años han sido nombrados siete presidentes –seis por gobiernos del PSOE y uno del PP– con una nota media de mérito y capacidad de 3,7 sobre 10, aunque con una larga trayectoria política previa. Desde 2020, la compañía arroja unas pérdidas acumuladas de 676 millones de euros. 

Los que conocemos el sector sabemos que Correos es un actor de poca relevancia en el mercado global de la logística y el transporte, por comparación con los correos de otros países –Alemania, Francia o Reino Unido son algunos casos de éxito– que han ejecutado ambiciosas estrategias de crecimiento. El caso del operador postal francés, La Poste, es una comparación especialmente odiosa para Correos: con una estrategia de internacionalización sostenida en el tiempo ha conseguido convertirse en un gran operador global de transporte y logística con 240.000 empleados y 34 mil millones de euros de cifra de negocio. En el mismo período de 20 años en el que Correos ha tenido siete presidentes diferentes, La Poste ha tenido dos, con el actual presidente en el cargo desde 2013. Ambos tenían una sólida formación y una larga experiencia en gestión antes de unirse a La Poste. De ninguno de los dos se conoce una afiliación política concreta. 

Los lectores de este blog saben desde hace mucho tiempo que el poder político tiende siempre a sobrepasar los límites. Las empresas públicas españolas, Correos no es un caso aislado, son un buen ejemplo de ello: el Dedómetro 2024 confirma que, con independencia de la preparación de los directivos, estos están más vinculados a los partidos políticos que los nombran, en una tendencia negativa que se observa desde 2017 con una caída del indicador de independencia política por debajo de 5 sobre 10. Estamos ante un problema persistente y estructural. Dejo a los juristas valorar si nombrar altos directivos incompetentes es, además de una irresponsabilidad, otro tipo más de corrupción política. 

En cualquier empresa privada profesional, los altos directivos tienen su foco en servir a sus 

clientes a través de productos de calidad al mejor precio. Si tienen éxito, la compañía crece y los diferentes grupos de interés –clientes, accionistas y empleados– se benefician de ello. Si no tienen éxito, los accionistas buscarán mejores profesionales para conseguir sus objetivos de negocio. Los líderes de cualquier organización son casi siempre la clave de su éxito o su fracaso. Las empresas compiten por atraer y retener a los mejores; así de sencillo. 

El Dedómetro 2024 plantea varias recomendaciones de mejora para las autoridades y las entidades. Hay tres soluciones que están probadas hace mucho tiempo en la empresa privada y que contribuirían en favor de tener empresas públicas menos politizadas que presten servicios de calidad de forma eficiente: 

Primero, es esencial seleccionar a los altos directivos a través de procesos abiertos y competitivos. Uno de los principales problemas en la selección de directivos del sector público es la falta de transparencia y competencia. Estos procesos deberían incluir convocatorias públicas y la participación de comités independientes de evaluación. Los criterios de selección deben ser claros y objetivos, centrados en la experiencia, formación y competencias específicas necesarias para el puesto. 

Lo segundo es alinear la retribución con los resultados. En el sector privado, la retribución de los altos directivos está conectada con los resultados y alineada con los intereses de los accionistas. Esta práctica motiva a los directivos a alcanzar altos niveles de eficiencia y efectividad en su gestión. Para trasladar esta práctica al sector público, es necesario establecer una estructura retributiva que sea competitiva y transparente, con retribuciones adecuadas alineadas con las responsabilidades del puesto y con incentivos basados en el logro de resultados concretos. 

Por último, es clave retener a los mejores directivos a través de proyectos de largo plazo. La alta rotación en los puestos directivos es un problema significativo en el sector público. Para fomentar la estabilidad y la continuidad en la gestión, es esencial retener a los mejores directivos a través de proyectos de largo plazo. Esto puede lograrse ofreciendo contratos de desempeño con objetivos anuales claros y una duración mínima de cinco años, desvinculados de los ciclos electorales. 

La insuficiente profesionalización de los directivos del sector público español es un problema complejo pero no insuperable. Implementar un marco normativo riguroso para crear procesos de selección abiertos y competitivos, alinear la retribución con los resultados y retener a los mejores directivos a través de proyectos de largo plazo es esencial para abordar este problema de raíz. Al garantizar que los directivos del sector público sean seleccionados por su mérito y capacidad, se puede mejorar significativamente la gestión y eficiencia de las entidades públicas, beneficiando así a todos los españoles. Es hora de aprender del sector privado y aplicar estas lecciones para construir un sector público más competente, eficiente y menos politizado.