Entradas

Gestación comercial: deseos y derechos

(El presente post es una versión reducida, a instancias de los editores, de un artículo publicado por la autora en la revista El Notario del Siglo XXI, que puede leerse aquí)

La Ley 14/2006 de 26 de mayo sobre Técnicas de Reproducción Humana Asistida prohíbe, en su artículo 10, la gestación subrogada o comercial. Pese a ello, se estima que anualmente en nuestro país cerca de mil criaturas son adquiridas mediante esta práctica, hasta el momento, sin demasiada dificultad (como así lo corrobora la existencia de mediáticos y conocidos casos). Sin embargo, la ilegalidad de la práctica en los países de procedencia de las y los clientes, está planteando reiterados conflictos a la hora de inscribir al nacido/a en los registros civiles nacionales. Por ello, algunos países donde la práctica es legal están empezando a exigir que la gestación comercial cuente con el beneplácito de las disposiciones normativas en país de destino, y de ahí la urgencia de su legalización.

En defensa de la legalización se esgrimen argumentos varios: que es la única forma que tienen algunas personas para ser madre o padre y su prohibición vulnera un supuesto derecho a serlo, que es un contrato válido en la medida que opera la libre elección entre las partes, que limitar la decisión de las mujeres sobre su cuerpo es un acto de paternalismo, la teoría del “mal menor”, según la cual dado que es una práctica existente es mejor contemplarla y legalizarla para garantizar ciertos derechos o incluso la posibilidad de su desmercantilización mediante la regulación de la gestación altruista.

En primer lugar, la maternidad o paternidad no es un derecho ni es la única forma que tienen algunas personas de acceder a la paternidad o maternidad (habida cuenta de las miles de criaturas pendientes de ser adoptadas o acogidas). Eso sí, es la única vía posible para seleccionar una, dos o ilimitadas criaturas a la carta: eligiendo sexo, carga genética y con derecho a revocación del acuerdo. Un proceso que se ajusta a las pretensiones del cliente en lo que se niega a los y las menores la tutela institucional de la que gozarían si fuera una adopción internacional.

A su vez, el manido argumento del libre consentimiento precisa que éste sea un acto libre e informado. El ejercicio de dicha libertad requiere que no está mediada por la supervivencia o la subordinación. En un contexto globalizado de feminización de la pobreza y rearme del neoliberalismo patriarcal, el consentimiento está viciado porque no se dan los requisitos exigibles a un contrato libre entre iguales. La supuesta libertad del acuerdo operaría, además y en el mejor de los casos, solo para aceptar el contrato. Suscrito el mismo, la gestante pierde toda capacidad para interrumpir el embarazo, cambiar de opinión y revocar el consentimiento. Pero también exige que sea un acto informado, que se conozcan todas las consecuencias de la decisión. Como ocurre con la falsa premisa de la libertad del acuerdo, la información no es tal porque es imposible que las gestantes conozcan con anterioridad los lazos afectivos que desarrollarán con sus criaturas durante o después del embarazo y, no en vano, este es el principal argumento al que apelan las gestantes arrepentidas.

En tercer lugar, impedir la explotación reproductiva de las mujeres no equivale a limitar su libertad ni a un ejercicio de paternalismo, como se pretende defender. Como no lo es respecto a las trabajadoras y trabajadores prohibir jornadas laborales de 20 horas diarias, o trabajar con grilletes y cadenas. Quizás conviene recordar -como señalaba recientemente la filósofa Amelia Valcárcel- que «mi cuerpo es mío» es un eslogan, no un argumento, que vindica la autonomía de las mujeres respecto a los mandatos patriarcales, pero también respecto al mercado. No equivale a considerar el cuerpo como una propiedad privada que puedo vender apelando al slogan “mi riñón es mío” o “mi cornea es mía”. Nada más lejos del conocido eslogan que defender la explotación a la carta del cuerpo de las mujeres según se precise un rato de sexo, un par de óvulos o un útero.

La cuarta línea argumental es que frente al “mal mayor” que supone su no regulación, adoptar un marco jurídico permitiría garantizar los derechos de criaturas, gestantes y clientela. Conviene advertir que en nuestro país la gestación por sustitución ya está regulada: está prohibida. Como lo está la trata de personas con fines de explotación sexual, el tráfico de órganos, de drogas o de armas y nadie apela a su legalización para garantizar los derechos de las y los consumidores o asegurar la calidad del producto. El mensaje suele ser el contrario: fortalecer su persecución y penalización.

Por último, no debiéramos terminar sin abordar el falso o ingenuo debate que rodea a la gestación altruista. En la medida que las propuestas legislativas que contemplan dicha modalidad prevén una compensación económica por las “molestias” ocasionadas, el altruismo no es tal y cabe pronosticar un escenario similar al de la venta de óvulos (comúnmente denominada “donación”). Nuestras universidades están repletas de carteles que invitan a nuestras jóvenes a sacarse un “dinerillo” para sus estudios hiper-hormonándose y vendiendo sus óvulos, sin que exista un control sanitario público que vele e informe de los riesgos que conlleva para su salud. Quizás conviene  preguntarnos si el altruismo, de ser tal, se aceptaría en la donación de órganos entre donantes vivos sin control alguno por parte del sistema de salud pública y sin derecho a que la persona donante se retracte u obligándole, en su caso, a pagar una cuantiosa indemnización por ello.

No es difícil empatizar con aquellas personas que tienen el anhelo de tener hijos/as. Que ante las fotos de pequeñas criaturas sonrosadas que ilustran las páginas webs y los carteles de las empresas comercializadoras de los vientres de alquiler sintamos una espontánea oleada de ternura. Sin embargo, el apresurado debate al que asistimos evita, deliberadamente, contextualizar las condiciones de las posibles gestantes y revisar los requisitos o el procedimiento de un sistema de adopciones internacional no lucrativo en el que -a diferencia de la gestación comercial- prima el interés del menor y no el deseo o la capacidad económica de la clientela.

El debate sobre la legalización de la gestación comercial no se puede abordar solo desde la libertad individual o los deseos de cada cual. Hay responsabilidades estatales indelegables, una de ellas es la tutela de unas y unos menores que no pueden quedar al albur de chequeras, ilusiones o deseos personales. El derecho a la dignidad y a la integridad física y moral de las mujeres o el derecho de los menores a contar con tutela (paterna, materna o estatal) son valores intrínsecos de una democracia, bienes comunes reconocidos en nuestro ordenamiento jurídico. Por el contrario, no existe el derecho a ser padre o madre, por mucho que se desee; como no lo existe respecto a la compra de órganos por mucho que se desee vivir. Legalizar la gestación comercial tiene serias implicaciones éticas, entre otras, permitir que cualquier persona con capacidad económica suficiente pueda adquirir un ser humano, derivar hacia las mujeres más vulnerables las secuelas físicas y psicológicas que comporta un embarazo y establecer una ciudadanía censitaria, según la cual, solo las personas con recursos pueden garantizar que el libre mercado les provea de criaturas a demanda.

Mis amigas feministas

La semana pasada se publicó una entrevista a la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, en una revista de El País que causó cierto revuelo – aunque, ¿qué no causa ya revuelo?- por sus declaraciones sobre el feminismo. La entrevista completa puede verse aquí. Concretamente la comentada frase fue «Tengo amigas que son feministas y van perfectamente arregladas.» Obviamente no voy a entrar en el debate de si las feministas se arreglan o se dejan de arreglar, creo que antes preferiría que me arrancasen las uñas con tenacillas, pero sí me parece interesante la primera parte de la frase. Leyendo la entrevista completa salta a la luz que Cristina Cifuentes evita claramente autodefinirse de esta manera porque, según ella «El problema del feminismo tradicional es que en algunas ocasiones se ha identificado con la defensa de las mujeres, pero a costa de ir en contra de los hombres», y ella no se siente identificada con este movimiento. Sin embargo en varias partes de la entrevista deja claro que cree que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres. Y, ¡oh sorpresa!, resulta que eso es el feminismo.

Abro aquí un breve paréntesis: antes de que se pongan a escribir comentarios altamente apasionados (o en el peor de los casos irrespetuosos) les pediría que leyeran esta definición del término, de una fuente tan aséptica como la RAE. Lo digo porque leí con tristeza los comentario al post publicado por Cruz Leal en enero en este mismo blog, y que puede leerse aquí. Muchos comentarios, que suelen ser muy interesantes, fundados y fundamentados, fueron en gran medida ideológicos y poco enriquecedores, por decirlo suavemente.

Cuando me plantearon escribir este post no pensé ni por un momento volver a hablar del concepto de feminismo. Mi idea era resumirles algunos datos que estoy actualmente analizando para un estudio sobre el papel de la mujer en el entorno digital en Europa. Sin embargo la citada entrevista y una posterior discusión sobre la misma con unos amigos me han hecho ver que desgraciadamente el debate es aún necesario.

Creo que la descalificación del término feminista, y la enorme carga negativa que actualmente conlleva, es un triunfo de los que no creen en la igualdad de derechos y obligaciones entre hombres y mujeres, a los que, si me permiten, llamaré machistas. Y es un triunfo muy importante, porque las palabras importan. Y si yo no puedo definirme como feminista, es decir, como una persona con una ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres, limito mi capacidad para identificarme con esta lucha, una de las luchas más importantes por la igualdad y la libertad a las que probablemente jamás se enfrente la humanidad, ya que afecta a la mitad de ésta. Renunciar a la palabra feminismo, a decir que uno es feminista, implica en cierta medida renunciar a reconocer que existe un problema, que sigue sin haber igualdad. El feminismo se ha identificado con victimismo o revanchismo, en lugar de con una lucha justa en la que todos, hombre y mujeres, debemos estar en el mismo bando, que es precisamente a lo que hace referencia.

Y lamentablemente es una lucha que, aunque pueda parecer lo contrario, no estamos ganando. En los últimos años los indicadores de igualdad en Europa prácticamente no han mejorado. Me refiero a indicadores tales como la brecha salarial, la participación de la mujer en el mercado laboral, el acceso a puestos de liderazgo, la conciliación familiar y profesional o, incluso, el acoso sexual o la violencia de género. Les daré algunos datos para reforzar mi idea de que efectivamente sigue habiendo un problema, que sigue habiendo desigualdad.

Las formas más evidentes de discriminación, aquellas que suponen el ejercicio de la violencia sobre la mujer, continúa aumentando en la Unión Europea. Según datos de Eurostat en el año 2014 los delitos de tipo sexual registrados por la policía en la UE aumentaron un 16,6% respecto al año 2008, concretamente los delitos de violación aumentaron un 36,9% y un 8,1% las agresiones sexuales. Una de cada tres mujeres en la UE ha experimentado violencia física o sexual y el 75% ha experimentado algún tipo de acoso sexual en el entorno laboral (son datos de un estudio de 2014, el último disponible a nivel europeo).

La brecha salarial en la UE era en 2010 de un 16,4% y en el año 2016 del 16,3%. Las mujeres ocupaban en el año 2016 un 23,9% de los puestos de máxima decisión de las grandes empresas cotizadas europeas (presidencia y consejos y administración), y un 14,9% de los puestos de alta dirección. Estos datos sí han mejorado ligeramente en los últimos años si se consideran de forma agregada para toda Europa, gracias al empuje de aquellos países que han implementado medidas legislativas, como Francia, Bélgica, Italia o Alemania, ya que en aquellos países donde no se han implementado medidas de este tipo los datos empeoran, como es el caso de Eslovaquia, Rumanía, Hungría o la República Checa, o mejoran muy tímidamente. La tendencia es, además, más positiva en el ámbito del gobierno corporativo, donde se han puesto en marcha mayor número de políticas, que en la alta dirección.

En el ámbito social y político las cifras no son mucho más optimistas. A nivel europeo actualmente sólo el 29,1% de los miembros de los parlamentos nacionales son mujeres. El porcentaje era del 24,2% en el año 2010. El 10,7% de los jefes de estado y de gobierno europeos son mujeres, eran el 14,3% siete años antes. El 28,5% de los ministros de los distintos gobiernos europeos son hoy mujeres mientras que en 2010 eran el 26,2%. El 18,8% de los líderes de los principales partidos políticos son mujeres y en 2011 eran el 15,6%. En 2016 el 28,2% de los líderes de los principales agentes sociales (sindicatos y patronales) de los países de la Unión Europea eran mujeres.

En el ámbito tecnológico los datos son aún más preocupantes ya que se aprecia un claro retroceso en las cifras de participación de la mujer en el sector. En el año 2005 el 22,2% de los especialistas TIC en Europa eran mujeres; en el año 2015 el porcentaje era del 16%. Todo ello en un contexto en el que la tecnología está transformando radicalmente la sociedad y la economía, en el que los procesos productivos se modifican y las habilidades o conocimientos tecnológicos no sólo serán esenciales para encontrar un trabajo, sino que serán los responsables en gran medida de conformar esta nueva realidad digital. Una transformación digital de la que la mujer debe ser parte activa, y no mera receptora.

Entiendo que el camino que nos ha llevado hasta aquí, hasta el desprestigio del término feminista, es complejo y tiene muchos culpables – incluidas algunas feministas, por supuesto, que sé que están deseando que lo diga-. Sin embargo creo que es el momento de que aquellas personas que creemos en la igualdad y en que aún queda camino por hacer lo recuperemos y le devolvamos el verdadero significado que tiene. Que nuestros representantes públicos, ellos y ellas, digan claramente que son feministas sería un gran primer paso. Todos deberíamos ser la amiga y el amigo feminista. Luego ya que cada uno decida si quiere ir o no arreglado.

Por último aprovecho para divulgar una consulta sobre esta cuestión que está realizando la Comisión Europea y para el que les pido su participación. Es una breve encuesta en la que sobre todo interesa identificar buenas prácticas. Pueden participar en este enlace. Está disponible en inglés, francés y español.

 

¿Es el feminismo un asunto de todos?

Es bien sabido que la historia es un asidero de significación común que siempre se cuenta desde una posición de poder y su interpretación está sujeta a intereses. Sus  narradores se aferran a la idea de la transcendencia porque tienen una elevada idea de sí mismos y de paso se arrogan conducirnos hacia lo que consideran mejor, como un padre salvador que conduce a su prole de pequeños, a los que nunca confesará que desconoce el camino. En sus márgenes se cuentan las biografías pequeñas, ya que estamos tan necesitados de explicar, como de ser explicados para reconocernos. Las mujeres no tenemos historia, nuestras biografías de supervivencia o excelencia están subsumidas en la historia general de los hombres que nos llevan de la mano como menores de edad. Y mientras mantenemos limpio el hogar, ellos dirigen la familia.

Una de las historias más antiguas y más veces contada es la que impone la naturalización de la desigualdad. Una constatación de diferencias biológicas que sirve para legitimar una desigualdad en los derechos. Dicha desigualdad se transmite generacionalmente desde la experiencia íntima de un arrullo, un pequeño gesto que nos prende un pendiente de la oreja, la elección amorosa de un nombre,  un color…  Rituales cotidianos de ocupación del espacio y de la vida nos transmiten la responsabilidad de mantenerla, a ésta, aseada y en orden, sin molestar. Nos recuerda incansablemente que hombres y mujeres tenemos una naturaleza tan distinta como nuestro destino. Las mujeres ya hace mucho que planteamos las dudas sobre una biología tan olvidadiza que necesita del constante refuerzo cultural para realizar su cometido. Y sobre la idea recalcitrante de que la naturaleza ha hecho a los hombres y las mujeres distintos con un sabio objetivo; ellos dotados de virtudes superiores para decidir y dirigir nuestro destino, el de todos; nosotras apenas capacitadas, para hacer la vida a cada rato y construir el mundo afanosamente cada día, desde el ámbito privado.

Pero, los narradores (de la historia) han tejido toda una argumentación de la naturalización de la desigualdad como la mejor justificación de sus privilegios, a los que no quieren renunciar. Sus argumentos son los mismos que imponen a cualquier grupo poblacional desde su lógica dominadora; que han nacido para ocupar un lugar inferior porque no están dotados de su excelencia. Es un discurso tan antiguo que se pierde en el tiempo y con una enorme capacidad de adaptación a cada momento.

Es la lógica del patriarcado, un sistema de dominación que debe su pervivencia a la incorporación sutil como costumbre, cuya prueba argumental irrefutable es que  ha sido así, desde siempre. Son argumentos marcados a fuego por una cultura que legitima la supremacía masculina tomando el sexo como medida de todas las cosas y que han dejado una huella profunda y autocomplaciente con los intereses masculinos en todos los saberes, en ciencias y humanidades. A las mujeres nos ha dejado el silencio, no por falta de hechos importantes, contribuciones a la historia común o palabras para la narración, sino por falta de reconocimiento. Algo que un sistema injusto no puede permitirse sin desacreditarse.

En palabras de la catedrática Yadira Calvo, en su premiada obra La aritmética del patriarcado: “El peso de la autoridad que nos descalifica desde hace por lo menos 2.500 años en Occidente sigue teniendo impacto. Revestidos durante siglos de religión, ciencia, de filosofía, los prejuicios se han sedimentado, pasan por verdades inapelables y contribuyen a determinar nuestros gustos, nuestras actitudes, preferencias, expectativas, posibilidades y oportunidades.

En tanto no desmantelemos el viejo y resistente edificio patriarcal, nos va a ser muy difícil cambiar las cosas.”

Explicar en qué consiste el feminismo a alguien ajeno a su causa y no motivado por la conciencia, requiere una actitud de escucha dispuesta a la aceptación del cuestionamiento de las jerarquías, teniendo en cuenta que la superioridad masculina es la única entre todas que nunca ha sido cuestionada. Y requiere también, la aceptación de un marco explicativo propio desde la cultura occidental sine qua non encuentra la posibilidad de expresarse; ya que es fruto del movimiento ilustrado y por ende sus cuestionamientos parten de la tradición política de la Modernidad y sus ideas de igualdad y democracia. En el feminismo y su ideal humanista para la consecución de la igualdad, el sexo no puede tener consecuencias sobre el individuo y no puede ser un determinante de sus derechos. Parte de un humanismo total que incluye a todos los seres humanos por el simple hecho de serlo.

El feminismo solo es posible a partir del marco de ideas del racionalismo dieciochesco y su mundo de ideas sociales, políticas y morales que siguen organizando nuestras vidas y nos permiten el análisis argumental, la revisión, la autocrítica y crítica de la realidad. Surge para revisar un “olvido”, en mi libre interpretación, y en palabras de Amelia Valcárcel como un hijo no deseado de la Ilustración, aludiendo a la controversia generada por sus planteamientos no esperados.

Encontramos pensamientos cuestionadores del papel de la mujer desde la Baja Edad Media. Pero será a partir de la Déclaration des Droits de le Femme et de la Citoyenne en 1791 redactada por Olympe de Gouges, que corrige el “olvido” de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, lo que nos permite hablar de feminismo ilustrado.  Éste será su primer momento y sus preocupaciones se centran en la emancipación para elegir estado civil y la igualdad para acceder a la educación y la alfabetización. El segundo momento feminista se prolonga hasta bien acabada la Segunda Guerra Mundial, marcando por la acción sufragista y la consecución de los derechos políticos. Sus hitos son muchos, pero me resulta imprescindible destacar un documento declarativo sobre los derechos “humanos” básicos, liderado por una mujer y a cuya insistencia debemos la Declaración Universal de los Derechos Humanos  de 1948 que han regulado el marco ético de nuestra convivencia democrática. Gracias a Anna Eleanor Roosevelt  y su pragmatismo, hemos podido imaginar que hay algo a lo que podemos aspirar como ideal en nuestra común humanidad y a ella debemos que al connotarlos como “humanos” las mujeres no quedáramos de nuevo invisibilizadas.

Siempre nos referimos a los momentos feministas como olas, un simbolismo evocador quizás porque en su vaivén traen logros nuevos y revisiones y aunque alertan de su posible retroceso por momentos, sabemos de lo imparable de su regreso como un ideal de justicia que moviliza el progreso civilizatorio.

La que sería la tercera ola, es el feminismo en la actualidad, el cual conseguidos los derechos anteriores tiene entre sus retos  no solo mantener su vigencia y vigilar su compromiso, sino instalarse con naturalidad en aquellos sistemas que lo posibilitan y contribuir a su fortaleza. Y de todos, es la democracia pese a sus imperfecciones, su mejor aliado. Cualquier totalitarismo o dictadura religiosa o social abrirían la puerta a un retroceso por su marcada tendencia a la derogación de los derechos adquiridos. La libertad de una sociedad se mide en la libertad de la que pueden disponer sus mujeres, en palabras de Montesquieu. Los derechos y la expansión de sus principios serían sus grandes temas, que necesitan ser tejidos con constancia y tenacidad por un entramado de multitud de logros y retos pendientes que den paso a un modelo de humanidad que considere a las mujeres ciudadanas del mundo.

Hasta aquí lo que sería una aproximación a una historia exprés del feminismo equiparable a una mota de polvo sobre una página, porque supongo que lo anterior deja entrever que unos siglos tienen suficiente densidad en acontecimientos, datos y nombres, imposibles de incluir en unas líneas, aun cuando sus protagonistas sean mujeres. Solo puedo invitar a la indagación y disfrute de la extensa bibliografía de cientos de autoras y autores que abordan el tema y aportan luz suficiente para su conocimiento, comprensión y acicate en la difusión de sus ideales.

Ahora bien, a la escucha que demandaba en párrafos anteriores le debo una explicación de bolsillo, de aquellas que te apañan una emergencia. Dado que en un momento, el actual, en el que la mentira luce aparente como quincalla de feria, admirada por su impertinencia sin complejos y la verdad tiene que justificarse con largas peroratas, mención de autores y referencias, cualquiera puede decirse feminista. Incluso puede jugar a redefinir y retorcer conceptualmente los principios de una filosofía política de más de dos siglos de tradición con la tranquilidad que dan la ignorancia y la indiferencia hacia el movimiento más demonizado, ante el cual la misoginia no repara en juntar los principios con los sujetos incluyéndolos por igual en el totum revolutum de sus desprecios.

La acusación habitual más reprobatoria  es sobre el feminismo como contrario al machismo. El machismo es la actitud exigente de relegar a la mujer a una posición de inferioridad con respecto al hombre. Arrojar la acusación sobre el feminismo es no tenerlas todas consigo a la hora de argumentar exigencias. Feminismo y machismo no tienen nada que ver. Pero por supuesto, el feminismo es contrario al machismo y a cualquier “ismo” como actitud o ideología excluyente siempre contrarias a sus principios humanistas.

El feminismo es una filosofía política, una teoría crítica de la sociedad, sistematizada y metódica. Supone adquirir una red conceptual y una nueva mirada sobre los hechos. En palabras de autoras como Gemma Lienas o Célia Amorós es dotarse de unas “gafas violetas” que nos permiten reconocer las contradicciones en los discursos instalados, pero sobre todo plantear otro tipo de interrogantes, cuya importancia radica en que son las buenas preguntas las que nos llevan a la comprensión y el conocimiento.

Es una práctica social plasmada como movimiento militante con pretensiones de incidir en la realidad, es acción y motor de cambio de las relaciones entre las mujeres y los hombres y su impacto afecta a todas las esferas vitales. No es un partido político pero siempre será un movimiento social.

Es una forma de entender y vivir la vida que implica la necesidad de afrontar un proceso personal de cuestionamiento y descubrimiento, dudas, miedos y, necesarias y a veces difíciles coherencias. No se nace feminista y el hecho de ser mujer no lo garantiza. Se es feminsta a partir de la conciencia, como una epifanía que de pronto muestra toda la crudeza de una realidad injusta y negada.

El feminismo es básicamente un motor de cambio social y moral que afecta a toda la sociedad, y sus debates, todos, le competen. Deberíamos reconocer que cada vez que una mujer se enfrenta a la tradición impuesta, sus logros tienen una repercusión moral que incide en las costumbres pero también en la vida civil y política y su tendencia es expansiva porque afecta a la mitad de la población. En comentarios de Amelia Valcárcel sobre la agenda global, “la mayor parte de las cuestiones que producen debates vivos en la esfera global siguen teniendo que ver con lo que se considera adecuado para las mujeres”.

Los retos del feminismo recorren en este momento todas las geografías, en todas ellas las mujeres están en movimiento, las tecnologías y la globalización han sido un aliado del movimiento. Si bien hay que reconocer que en un mundo hipercomunicado las situaciones no son idénticas y la democracia que tanto le favorece, es un bien escaso.

Las urgencias deben plantearse desde lo más básico, que es la conservación de la propia vida. La violencia hacia las mujeres alcanza cifras terribles de feminicidio cuando se suman guerras, esclavitud, tráfico, violaciones, violencia intrafamiliar, violencias rituales (como pueden ser mutilaciones, matrimonios infantiles, exclusión y abandono…) si a ello se le unen las cifras de pobreza y que determinadas convicciones sexistas las releguen a un segundo plano para acceder a la salud, la educación, los bienes y servicios, hacen que la abordabilidad parezca por momentos una tarea gigante e imposible. Las mujeres son un pilar fundamental de las comunidades, a pesar de lo cual prácticas sociales duras, amparadas en la tradición, atentan contra su supervivencia.

Es urgente el debate sobre la cosificación y banalización sobre el uso de sus cuerpos; tanto en la industria de la imagen, como en la del sexo, y ya ahora, en la de la maternidad de alquiler. El cuerpo de las mujeres es en muchos casos el único bien del que disponen para poder sobrellevar la imposición de la pobreza, siendo en las situaciones más extremas un bien que es de pertencia familiar.

Estos debates están imbricados con los modelos culturales y sociales pero sus consecuencias se dejan sentir sobre todo en lo económico, sin autonomía económica la libertad no se aguanta. Abordar el tema del empleo y sus condiciones no en exclusiva salariales, sino organizacionales ( jornadas, cuotas, paridad…son temas recurrentes) el cambio en los modelos de actividad económica, el cuestionamiento de los mercados como entes al margen de la sociedad, las rentas y su distribución, el papel del Estado como empleador o impulsor de políticas, los sectores de actividad de servicios, de atención a las personas y cuidados de proximidad… todos estos debates y otros, que cuestionan los modelos hasta ahora “tradicionales” necesariamente tienen que revisarse bajo los nuevos conceptos de la economía feminista y, no por estar dirigidos en exclusiva a las mujeres, sino porque están destinados a cambiar la concepción del trabajo, de aquello que es y qué no es, en una sociedad abocada al cambio que de verdad, necesita ser incluyente. Y las políticas de género y de formación de liderazgo para las mujeres pasarán a ser algo común para el apoyo de los procesos personales de integración.

Todos estos retos no son en exclusiva del feminismo, son retos que el movimiento plantea a toda la sociedad. Porque estamos en un momento de cambio y de temido retroceso. Frenar la caída es una tarea ingente a la que todos, hombres y mujeres,  estamos invitados. El feminismo abre sus puertas y necesita la implicación de las mujeres, pero también la alianza y la colaboración de los hombres. La historia nos avisa de que no nos quedan muchas revoluciones de las que echar mano y nos informa de que quizás, si otras revoluciones fracasaron fue debido a que no se puede cambiar el mundo sin contar con más de la mitad de sus habitantes, ya que entre las muchas responsabilidades que a las mujeres se les han impuesto está la de  llevar consigo, cual apéndice, a toda la humanidad dependiente. Con esto expreso mi firme convencimiento de que el feminismo es en estos momentos el último ideal universalista, un faro de luz para el camino.

Y a pesar de mi marcado optimismo, quiero ser realista y acabar con el hecho reiterado obstinadamente en cada uno de nuestros días de que el feminismo sea desacreditado con un simple insulto. Pero su explicación y defensa requieren tiempo y voluntad de escucha, tesón y resistencia al agravio, incluso al agravio comparativo. Cuando abrimos nuestras puertas a las alianzas, comprobamos con cansancio que cada vez que un hombre tiene un alumbramiento y descubre el feminismo, se le alaba y jalea el mérito como algo propio. Cuando una mujer hace gala de su feminismo es tildada de radical.

Pero insisto, el feminismo es en estos momentos el último ideal universalista, un faro de luz para el camino.